Breaking Bad

Por mendezrojo
Enviado el 08/08/2016, clasificado en Cuentos
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Un hombre joven. Unos treinta y algo. Ni muy alto ni muy bajo. Ni gordo ni delgado. Un tipo de lo más normal.
Habla por el móvil con un tono acelerado. Es de esos tipos que producen una desagradable sensación en quien los escucha. Con ese tono de voz que se le mete a uno en la trompa de Falopio causándole desgarros. De los que aun hablando bajito, en el grupo de voces son la voz alfa.
En definitiva un tipo que altera los nervios de los tipos como yo. De los que la naturaleza debería haber impedido nacer.

Pues bien, toda esa descripción para subrayar que ahora mismo hay uno de esos tipos en la acera hablando por el móvil.
Con el silencio sepulcral y de sala de espera que impera en el vestíbulo, la voz del tipo llega a mis oídos de una manera francamente muy desagradable.

Lo observo. Deseo que se marche con su voz a otra parte, que se vaya a tomar por el culo.
Pero el tipo continúa ahí plantado. Escuchándose, gustándose.
Me veo obligado a escuchar una conversación que para nada me interesa. Que me desconcentra de mi lectura y que invade mi espacio.

El tipo gesticula apoyando sus argumentos.

Estoy nervioso. Preguntándome por qué he de aguantar la conversación y el tono asquerosos de voz de ese tipo que no me importa nada. Por qué he de sufrir a causa de un sujeto que no conozco de nada y que no volveré a ver en mi vida.
Decido poner en práctica un truco que casi nunca falla. No es la primera vez que tengo una persona ahí delante pegando voces por el móvil.

El truco es bien sencillo. Me sitúo justo detrás de él tan pegado que solo nos separa el cristal de acceso a éste vestíbulo del que no puedo moverme.
Generalmente la persona en cuestión nota mi presencia. Mira de reojo me fulmina con desagrado pero se va a donde nadie le inoportune. Saben que no pueden decirme nada. Soy el segurata del edificio que está en su sitio y esa persona sabe que es ella misma quien está sobre la moqueta de la parte exterior de esa entrada. Optan por mirarme con desprecio y como ya he dicho se van con su móvil a otros sitios fuera de mi campo visual y sobre todo auditivo.

Hoy el truco no funciona.

El tipo me ha mirado con desprecio, eso sí. Pero ahí sigue plantado hablando como si nada.
Salgo y me sitúo a su lado y siempre dentro de los límites de la entrada exterior al edificio. Me pongo a silbar para molestarle.
El tipo sigue a lo suyo. Ni se ha inmutado. Lo único que he conseguido es que ahora hable más alto.
Me mira de reojo y me dedica una media sonrisa. Y en esa media sonrisa de prepotencia leo su mensaje he visto tu juego y me río en tu cara. Y ahora vas a tener que soportarme hasta que a mí me salga de los cojones, segurata de mierda

Entro y me vuelvo a sentar tras la recepción.

Sigo nervioso y decido tomarlo con filosofía. Ya se irá él solito, no se va a pasar ahí toda la tarde...

No. Imposible seguir leyendo con esa voz taladrando mis cojones.
Dejo la lectura para más tarde. Me pongo con los sudokus.

La voz estridente, gangosa, sigue y sigue. Ríe a carcajadas, grita, se apodera del vestíbulo. Solo esa voz y yo.
La conversación no tiene visos de terminar jamás.

Es injusto.
Me pongo colorado. La rabia empieza a apoderarse de mí.
Que un tipo que está de paso y que nada tiene que ver con el objeto de mi trabajo, de este edificio y al que no volveré a ver tenga el derecho de estar jodiéndome de esta manera...

Lo observo. Él sabe lo mucho que me está jodiendo. Nuestras miradas coinciden varias veces muy fugazmente.
Estoy tan cansado...

Al fin se despide de su interlocutor.

Suspiro aliviado y abro el libro en la página donde lo dejé. Empiezo a leer. Pero me percato de que el tipo no ha guardado el móvil. Y sigue ahí plantado.

¡Horror! Vuelve a teclear.

¡¡Hola como estas!!

Es un grito que me hace saltar de la silla. Está literalmente gritándole al móvil. Grita con exagerada alegría. Carcajadas exageradas estridentes.
¿Se puede ser más imbécil? Pienso

Intento de nuevo el truco de situarme detrás pegado a él. No se inmuta y se viene más arriba.

Decido usar las mismas armas.

Abro la puerta de entrada y me sitúo de nuevo junto a él. Prácticamente hombro con hombro.
Saco mi teléfono y finjo marcar.

Me pongo a chillar con más alegría que la de él. Con carcajadas de sicópata. El escándalo es enorme.
Él no se inmuta. Pero mi corazón no puede bombear ya más rápido.

Los transeúntes que pasan delante miran con cara de asco y desprecio. Solo a mí. No a él.
Yo soy el uniformado por tanto el despreciable.

Me entra la sensación de ridículo. La situación me abochorna.

El tipo sigue a lo suyo ensanchando más la sonrisa.
Los nervios me dificultan la respiración. Guardo el móvil. Y me dispongo a entrar cansado de la situación surrealista.

Le echo un último vistazo.
Descubro que ya no disimula y me está mirando con descaro y sonriendo triunfal. Una sonrisa llena de dientes. Una sonrisa del idiota que se sale con la suya.


Todo sucede muy rápido.
En un rápido movimiento le quito el móvil.
Antes de que su sonrisa sea consciente y desparezca de su rostro le incrusto el móvil dentro. Siento sus dientes clavados en mi mano. El móvil queda entre la tráquea y la lengua.

Escucho gente gritar. Una especie de niebla me impide ver y sentir. Siento un cráneo crujir bajo mis suelas de zapato tosco de uniforme. Salto y salto sobre ese cráneo que se resquebraja. Unos huesos rajan mi calcetín y se me hunden en el tobillo. Mis manos apoyadas en la pared para poder saltar a placer sobre esa masa de huesos, sangre y masa gris...

Voces. Muchas voces. La voz del tipo que al empezar a saltar sobre su cabeza es la que mes se sentía ya ha cesado de gritar hace un rato.

Creo que ahora el que más chilla soy yo. Todos chillamos.

Miro a mis pies ensangrentados.

Creo que ésta noche no veré el último capítulo de Breaking Bad


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