UN MENDIGO

Por samuelebeniabram
Enviado el 09/08/2016, clasificado en Reflexiones
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Un mendigo

 

Es la historia más extraordinaria que últimamente me ha sucedido. Tan extraordinaria que he decidido escribirla.

Hace aproximadamente unos diez días, sobre las siete de la tarde, me encontraba en uno de esos bares viejos, sucios y mal frecuentados del Raval. Un barrio de Barcelona más bien pobre aunque ahora esté de moda.

Quizá “pobre” no sea la palabra justa; digamos que es un barrio distinto a los demás.

Estaba allí, tranquilo, sentado junto a una mesa, sumergido en la escritura de mi cuento con un té de menta delante, cuando una voz me hizo alzar la mirada.

 

—¿Eres escritor?

 

Levanté la cabeza y vi sentado en la mesa junto a la mía a un hombre vestido como un mendigo, que aguantaba con las manos una taza de café caliente, quizá para calentarse del frío de la mañana. Tengo que reconocer que era un hombre más bien fascinante y también dotado de cierto estilo.

A primera vista parecía un actor de teatro, así de curiosa y misteriosa era su figura.

Vestido con ropa simple y más bien descuidada, sus modos de hacer, hablar, proponerse eran diferentes a los de los demás.

Alto, moreno, con los ojos verdes, la piel aceitunada, la barba un poco larga pero más bien cuidada, sonriéndome con sus dientes blancos esmaltados, me observaba esperando una respuesta. La sensación que me llegó de él fue una sensación única, difícil de explicar, tanto que decidí hacer una pausa e intercambiar cuatro palabras con aquel hombre.

 

—Ojalá, amigo mío, fuera un escritor. Quiero decir…, que ojalá pudiera ganarme la vida escribiendo. Es solo una gran pasión que tengo, la de escribir, y aunque estoy intentando unir la pasión con la profesión, es muy difícil que esto suceda.

—También yo durante un tiempo escribía —me respondió con cierta melancolía.

— ¿Y qué escribías? -Le pregunté curioso

— ¿Te importa si me siento aquí contigo? —Me preguntó inesperadamente, cambiando de conversación—. Solo para intercambiar un par de palabras. La soledad puede ser una tremenda condena o una maravillosa conquista —me dijo esbozando una sonrisa.

— ¿Cómo? —le respondí sorprendido.

— ¿Puedo sentarme contigo y hablar un poco?

—Mira —no sabiendo cómo salir de aquella situación—, tengo que terminar mi cuento, pero si quieres sentarte diez minutos, no cambia nada.

 

No me dejó siquiera terminar de hablar cuando ya se había sentado delante de mí con su café caliente que sorbía poco a poco.

 

—Tú no eres de aquí, ¿verdad? —me preguntó intrigado.

—No, no soy de aquí. Soy italiano, pero desde hace muchos años vivo en Barcelona.

—Ah, italiano, italiano. Conozco tu país, es bonito, muy bonito. Y, dime, ¿sobre qué escribes?

—Un poco de todo. De la vida, del amor, del destino. A veces, como ahora, escribo pensamientos que me recorren la cabeza.

— ¿Sabes, italiano?… —me dijo haciendo una pausa reflexiva—, como te he dicho, durante un tiempo también yo escribía… Escribía como tú, por pasión.

— ¿Y ahora qué haces? —le pregunté intrigado—. ¿Ya no escribes?

— ¿Ahora? ¡Ahora, no! Ahora intento vivir, mejor dicho…, intento sobrevivir.

 

Observando mí mirada, un poco escéptico delante de este tipo de afirmación que no dice nada, continuó:

 

— ¿No me crees? ¿No crees lo que te digo? Mira, pues…no te miento.

 

Extrajo del bolsillo de su abrigo un diario. Más que un diario era un gran cuaderno con la cubierta negra y sucia, que depositó sobre la mesa. Deslizó rápidamente con un dedo las páginas arrugadas.

 

— ¿Ves este diario? Bien… Todo esto es parte de mi vida, lo he escrito yo. No lo abro nunca. No lo enseño a nadie, pero siempre lo llevo conmigo.

 

Intrigado por aquellos folios escritos con letras pequeñísimas y manchadas por el tiempo, le dije:

 

—Perdona, amigo. Si no lo enseñas a nadie, ¿para qué me lo enseñas a mí? ¿Por qué me cuentas estas cosas?

— ¿Sabes, italiano? —me respondió bajando la mirada—. Tenía ganas de hablar con alguien y de compartir lo que tengo en mi corazón. Tenemos que tolerarnos recíprocamente, porque todos somos débiles, incoherentes, estamos sujetos al error, somos humanos. Tú me has parecido la persona adecuada, no sé por qué, pero hay algo que me ha empujado a hacerlo.

­—Bien, gracias —le respondí con una sonrisa—. ¿Y de qué quieres hablar?

 

Bajó de nuevo la mirada, apoyó la mano en la cubierta de su diario, lo abrió, hojeó algunas páginas y tras algunos instantes de reflexión, apretándolo entre las manos, comenzó lentamente a hablar. Un largo monólogo que escuché con atención:

 

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https://elalmapregunta.wordpress.com/2016/08/04/un-mendigo/

 

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