Que no pare de sonar el buen jazz

Por Ravelo
Enviado el 17/08/2016, clasificado en Amor / Románticos
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El jazz no para de sonar. La trompeta se convierte en protagonista. Ahora también los otros instrumentos de viento. 

La batería. En la sala todo el mundo se mueve, o baila, como prefieran. 

Eso sí, el camarero fuma y parece una estatua. 

Una rubia medio desnuda grita, aunque nadie la oye, que no regresará a casa. 

Entonces cesa la música y una negra se pone a cantar sin necesidad de autorización. El pianista también es negro. Ha puesto una pistola a la vista de todos. 

Caminando despacio se aproxima una saxofonista, que sube al escenario y acompaña al pianista. También se suma el batería, pidiendo permiso con la mirada al pianista. La cantante suda, pero su voz ha petrificado a los hijos de puta que ya ni respiran. Parece que ni respiran, joder. 

Otra negra que canta y un enano con un contrabajo. Dos o tres tipos elegantes con los banyos. ¿Por que tantos banyos? Nadie lo sabe. 

Y, claro, el blanco de los cojones con la metralleta que sin preguntar, sin moverse de la puerta de entrada acaba con todo bicho. 

Se manda mudar.

Y tras una cortina roja, al fondo del escenario, otra orquesta que aparece con cantante francés de ojos azules. 

La policía que recopila pruebas, saca fotos. No hace preguntas porque el francés canta de puta madre. La orquesta es numerosa. Hasta hay un mulato con unas maracas. 

El comisario Mancini echa la culpa a los irlandeses. Es gordo. 

Mancini tiene nostalgia del buen jazz. 

En Greenwich Vilage conoció a la que hoy es su mujer.  

Un policía le informa que hay que mandar callar a la orquesta.

Mancini responde: "No, deja por lo menos que el puto jazz siga sonando. Hazme ese favor, chico."    


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