El jardín con flores que se queman

Por Ravelo
Enviado el 19/08/2016, clasificado en Amor / Románticos
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Música, por favor. Y el trompetista se puso a soplar. A mover tres dedos. Un virtuoso. En el local se respiraba cualquier cosa menos aire limpio. Las mujeres olían a pecado. Los hombres a muerto. ¿Sabes de lo que te hablo?

 

Bárbara se fijó en mí. Bárbara te enseñaba todo lo que llevaba encima sin engaño. Me miró con el deseo que expresan las mujeres cuando otro cuerpo está ahí, esperando ser acariciado, devorado, cuando espera ser transportado.

 

Me llamo Matilde. Nací en Madrid, pero me criaron en Santa Cruz de Tenerife. Regreso a la gran ciudad para ver a mi madre. Después de la separación se marchó de la isla y se acomodó en la guarida de la loba. Ella no puede verme. Está convencida de que al apostar por mi padre dejé muy claro que ella no me servía. Mi madre es así, incluso ahora, cuando es vieja y la muerde un cáncer insaciable y feo. Vive sola, se muere de dolor en soledad. Y yo no reacciono. Ella optó por esa vida. Ella optó por esa muerte.

 

La visito para enseñarle que no la temo. Nada más.

 

El músico deja de tocar. Aplausos. Algún silbido de aprobación, qué digo de aprobación, de entusiasmo. El francés sabe lo que hacer con ese instrumento.

 

“Diez minutos de descanso”, comenta un tipo desde un rincón.

 

Bárbara viene hacia mí. Es alta. Por lo menos un metro setenta. Ya está aquí.

 

No sé cuándo sucedió, pero ya nos estamos besando.

 

Con los dedos de la mano derecha acaricia mi cara. Un camarero pone dos copas de algo. Se retira. Vuelve a sonar la trompeta. Volvemos a besarnos. Es un beso definitivo.

 

……………………..

 

No hay mejor lugar para hacer el amor que una plaza a las tres o las cuatro de la madrugada. Un banco cualquiera. Nunca detrás de un arbusto. Jamás en un rincón oscuro. Inaceptable que se diga que hay temor a que nos vean. Siempre hay una plaza pequeña, fea, ridícula; una plaza que lleva años a la espera de que dos amantes se retuerzan de placer.

 

……………………………………….

 

“Tengo sueño”.

 

“Ven a mi casa. No está muy lejos.”

 

“Vale”.

 

…………………………………..

 

El piso de mi madre es grande. Lo suficientemente grande como para vivir en él y enterarme más tarde de que ha muerto a través de un mensaje en el móvil. En ese piso no llegaría a saber que ya está en estado de descomposición. ¡Pero no quiero que muera!

 

....................................................................

 

Bárbara tiene sed y se bebe una botella de agua de medio litro. Muerde una manzana. Mira en la nevera. Muerde una zanahoria. Bebe leche. Me abrazo a ella mientras fisgonea en el interior de la cueva de las mil maravillas. Cierra la puerta y se pega a la nevera. No se vuelve. Me abrazo. Le meto mano porque se deja.

 

……………………

 

No hemos dormido mucho. Tres horas si acaso. Desnudas las dos. Nos miramos.

 

“Abrázame”.

 

La abrazo.

 

................................

 

“Escucha. Tu madre me dijo: es una puta. Nada más que una puta. Siempre lo ha sido. Me enseñó fotos. Me habló muchos días. Semanas, meses. La jodida vieja te odia, chica. Ella jura que tú también la odias. Me llamo Bárbara. Tengo un trabajo un poco raro. Hablo con viejas moribundas y cuando ya no aguantan más, las mato con gracia.”

 

“¿Con gracia?”.

 

“Con educación”

 

“Cuéntame”.

 

...........................................

 

“Tu madre lleva muerta desde ayer. Está sobre la cama. Desangrada. Primero una pastilla. Cayó frita. Y no sufrió, te lo juro. Podía elegir. Pero al final opté por la educación. Sé que nunca te habló de mí. Ese era el acuerdo. Tú vives de noche. Yo la acompañaba durante esas horas. Así te conocí. Así llegué a enamorarme de ti. Así llegué a odiarla. Casi tanto como tú. Porque tú también la odiabas, ¿verdad?”.

 

Me abrazó con más fuerza.

 

…………………………………………………….

 

El trompetista se empeña, pero no. No escucho la música. Bárbara está a mi lado. Me mira. Nunca deja de mirarme.

 

…………………….

 

“Soy diez años mayor que tú. Sí, diez. Nací aquí. Y siempre he vivido aquí. Cuando tú naciste, algo pasó. Tu padre, o sea, el mío, decidió que la hija bastarda no merecía una vida tan buena. La hija del pecado, decía el muy cabrón, solo merecía el olvido, el abandono. Así que Bárbara se quedó en Madrid con una tía. Nunca le faltó de nada a la niña que luego se hizo hembra, y luego media zorra, y luego una mujer del montón con ganas de venganza. Ya está hecho. Y ahora te toca a ti”.

 

“¿Qué?”

 

“Matar al hijoputa. Es demasiado el asco, ¿eh? Ya no puedes mirarme. Ya no puedes abrir los ojos. Quieres huir, pero no te dejo. Mi cuerpo te parece abstracto. ¿Y?”.

 

………………………..

 

Estoy en el aeropuerto. El avión no se estrellará. No sé nada de Bárbara. Regreso a Tenerife.

 

“Sí, papá. Yo también tengo muchas ganas de verte”.  


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