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Por Nomi
Enviado el 24/08/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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Hace unos meses rompí mi relación con mi prometida. Empezamos a salir con 15 años y después de casi de 13 años juntos por algún motivo empezamos a discutir, todo nos molestaba del otro. Por suerte, si se puede expresar así, no habíamos empezado a organizar la boda. Lo único en lo que había invertido era el anillo.

Decidí que lo mejor era marcharme de aquella casa. No tenía sentido seguir discutiendo por un apartamento enano, repleto de recuerdos. Así que hablé con mi hermana pequeña, me dejaría invadir su sofá durante el tiempo que hiciera falta para que me recuperara. Después de cuatro o cinco meses viviendo en casa de mi hermana, deprimido, perdido en el trabajo, en la búsqueda de piso, relacionándome lo justo y necesario, ella decidió que era hora de salir de la cueva.

- Ian, necesitas despejarte. Llevas revolcándote en tu propio dolor meses. Y no tienes 15 putos años. Vale, estuvisteis casi media vida juntos. Pero ambos sabemos que esta no es la forma de superarlo.

- ¡Qué salgas! ¡Por el amor de Dios! ¡Qué salgas! No te pido que busques de nuevo el amor, o que te acuestes con toda mujer que esté dispuesta a meterte en su cama. – Mi hermana me recuerda tanto a mi madre… - Esta noche las chicas y yo salimos a tomar unas copas. Vendrán los novios de algunas. Nos lo pasaremos bien.

No fui capaz de seguir dándole largas. Ni yo tenía argumentos para convencerla, ni ella intenciones de dejarse convencer. Pero tampoco iba a quedarse ahí. Escogió lo que iba a ponerme, y por supuesto que en eso tampoco me iba a dejar opinar.

Llegamos al bar 2 horas después de la “charla”. Casi todas sus amig@s ya estaban allí, pero sólo fui capaz de fijarme en una. Sofía. Parecía recién salida de un catalogo de los años cincuenta. Llevaba el pelo negro recogido en un moño perfectamente despeinado, un pañuelo rojo atado alrededor de la cabeza con los labios pintados a juego, una camisa a cuadros metida por los shorts que le llegaban hasta casi debajo del pecho junto con unos tacones negros que le hacían unas piernas infinitas. Era preciosa. No se lo iba a decir a mi hermana, pero le estaré agradecido eternamente por haberme obligado a acompañarla aquella noche.

Eran gente muy maja, me acogieron enseguida, y aunque imagino que sabrían que me había pasado, nadie hizo preguntas innecesarias. Algunos bebimos más de la cuenta y Sofía acabó durmiendo con mi hermana ya que esta estaba preocupada porque no llegará a casa por la tranca que llevaba.


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