Dos En Uno (Parte Uno)

Por EM Rosa
Enviado el 23/02/2012, clasificado en Ciencia ficción
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Era una realidad.

El asteroide chocaría contra el planeta en menos de cinco años extinguiendo toda la vida en el mismo y dejándolo inhabitable por trescientos años.

La junta de naciones vivía en sesión permanente desde que se confirmó el hallazgo seis meses atrás y, por fin, el informe de los estudios científicos había llegado. Era bien escueto:

 

“Solo la utilización de todo el arsenal nuclear del mundo lanzado contra el asteroide podría traer alguna esperanza de detenerlo”.

 

La decepción fue muy grande, ni siquiera traía alguna certeza. Muchos mandatarios opinaban que había que hacerlo, que si alguna esperanza había, se debía intentar. La moción fue aprobada unánimemente y se pidió a cada nación que presentara un inventario de su arsenal nuclear. Dos meses después los inventarios eran presentados y, una vez expuestos en la junta, armó un gran alboroto de indignación. Las potencias mundiales mentían descaradamente seguramente movilizadas por el hecho de no quedar “atómicamente” desguarnecidas. Ni siquiera ante tal calamidad eran capaces de mostrar sensibilidad. Por poco confiables los inventarios fueron desestimados y la moción revocada, de modo que todo volvió a fojas cero. Entonces una nación, una de las diez más poderosas, pidió que se escuchara a Tomas Wad, un científico de fama mundial autor de innumerables libros de ciencia, pilares de todas las universidades del mundo. Wad expuso:

 

“Si no podemos usar el arsenal nuclear mundial, única esperanza a la vista, entonces debemos pensar en como preservar la raza humana. Manejamos la técnica de criohibernación a la perfección por lo tanto podríamos construir naves espaciales que saquen a la gente del planeta y mantenerlos congelados durante tres siglos hasta que el planeta vuelva a ser habitable. Mientras tanto las naves estarían en órbita con el planeta a una distancia prudencial”.

 

Una andanada de comentarios obligó al presidente de la junta a pedir silencio. El mandatario de la mayor potencia mundial pidió la palabra. Inmediatamente le fue concedida:

 

“Doctor Wad: ¿Cómo cree usted que en cinco años podríamos construir la cantidad de naves suficientes como para evacuar a la población mundial?”.

 

Wad se puso de pie y pidió la palabra como manda el protocolo. Le fue concedida:

 

“Insulta usted mi inteligencia y su pregunta muestra una gran cuota de hipocresía. Usted pretende que sea yo el que lo diga y le daré el gusto: Eso es imposible. Cada país deberá hacer una selección cuyo número dependerá de parámetros a determinar. Yo opino que solo se podrá salvar a unas pocos centenares de millones”. Dicho esto Wad se sentó y no volvió a hablar. El mandatario de su país le dio a las palabras del científico la forma de moción y esta se aprobó por unanimidad. Claro, dentro de esa junta se sintetizaba toda la plana mundial industrial, financiera, política, militar, etc. En suma, toda la desgracia del planeta. Por supuesto la repartija de lugares en las naves no fue equitativa teniendo las naciones más poderosas la mayoría de los lugares, pero aún las menos influyentes destinaron sus pocas plazas a las familias de los mandatarios más encumbrados y la gente de su entorno inmediato. La asignación de plazas fue concluida y presentada cuando aún ni siquiera se habían empezado a planificar los trabajos de construcción, los que solo se inicializaron unos tres meses después. Se asignó para la colosal obra un enorme desierto de trescientos kilómetros de largo por quinientos de ancho. Unas veinte millones de personas fueron contratadas para los trabajos pero toda la plana intelectual y la de control

pertenecía al entorno de Wad, unos doscientos científicos, ingenieros y técnicos, quienes a su vez poseían su entorno de confianza. (Sigue en "Dos en Uno Parte Dos - Final")


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