El alma desbordada de vacíos

Por albertocubeiro
Enviado el 04/09/2016, clasificado en Poesía
295 visitas

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El alma desbordada de vacíos,
perdida entre las ausencias,
entre las palabras que ya nunca se dirán.

Dando por perdidos los abrazos que ya no llegarán.
El consuelo que nunca se recibió.
Las lágrimas compartidas que no consiguieron encontrarse.

El último sueño,
eterno que siempre llega,
que siempre sorprende.

Y que duele.
Siempre.

Un camino acabado.
Recuerdos.
Vivencias.
Sinsabores.

El vacío.
Golpe último.

Mañanas que nunca nacerán.

Tal cúmulo de emociones juntas que no puedo distinguirlas.
Saturación de recuerdos,
de si lo hubiera sabido,
si hubiéramos tenido la oportunidad,
de si...

Noche última que al final todo lo llenas.

Me he ido un poco contigo.

Final de ti mismo,
que para mi todo lo fuiste,
que todo lo sembraste.

Tanto que decir.
Tanto que he callado.
Y la vida se ríe de uno,
haciendo lo que le da la gana y cuando le da la gana.

Muerte.

Ya me has enseñado los colmillos,
me has marcado el territorio.
Me he agachado ante ti,
sometido,
asustado.

Has golpeado de nuevo a mi incredulidad.
Dejándome sin reaccionar.

Ya no importa lo que yo sienta,
no para ti.
Perdonar,
intentar comprender.

Los dos hemos sembrado inviernos,
soy culpable de repetir tus errores,
y es por eso que puedo perdonar.
Y al hacerlo me perdono un poco a mí mismo.
Pero,
ya que importa.

Nunca podré decirte por vez primera te quiero.
Nunca hubiera sido capaz
Ya ves,
sigo perdido,
dando vueltas y más vueltas sobre mi propio camino de nunca acabar
y siempre empezar.

Así seguiré,
y entre vuelta y vuelta
la vida continuara su ciclo.

Y me acuerdo del poeta
y de lo solos que se quedan los muertos.

Los capítulos acaban sin resolverse los misterios.

Y la tristeza,
cobarde y traidora me pincha las entrañas.
El pasado permanece escondido,
limitándose a estar ahí sin estar presente,
sólo iluminado fugazmente como un destello en la oscuridad.

Asimilar lo natural,
la ley de vida,
que se van los padres antes que los hijos.

Vuestra ausencia
y mi dolor
es la aceptación esa ley de la vida.
Caprichosa vida.

Y la muerte se limita a una fría sala de espera de un hospital.
Su realidad es una fría burocracia.
Y me dejo llevar por mi mano que escribe y escribe
apretando el bolígrafo
sin esperar a que mis sensaciones se organicen como es debido.

Has dejado un vacío que se ha llenado de vacíos.

No es fácil para mí poner un punto y final a mi historia con vosotros.
Porque los recuerdos son caprichosos
y se distorsionan muchas veces,
se disfrazan y nos engañan.

Mucho de vosotros conforma mi yo.

La noche sin sueños os ha mecido en sus brazos.

El niño que fui ha tomado estos días el mando de mi alma.

Sólo ese niño entiende lo que el adulto es incapaz de adivinar
Ese niño al que le sobró protección
y careció de abrazos.
Ese niño perdona,
perdona y agradece.
Valora lo que nunca supo ver

Y ese niño abraza al adulto
y le da el consuelo que solo él puede darle.

Y el adulto llora,
saboreando cada lágrima.
Ese niño que siempre va a estar ahí,
para levantar al adulto perdido.

Y los fríos inviernos acaban los cuadros
para que cuelguen ahí
llenando las paredes de los recuerdos.

El niño no llora,
se le secaron las lágrimas.

El adulto por fin llora,

por los dos.


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