TINDER Y YO

Por Marimonias Quesque
Enviado el 08/09/2016, clasificado en Humor
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Andaba yo no hace mucho de relaxing playa con una amiga, allá por Valencia, y, observando que no paraba de notificar su móvil, sonreír ella y no hacer ni caso de mi verborrea, le pregunté por el asunto.

–Pero, bueno ¿qué trajín te traes con el móvil?

–No, es una cosa que me ha puesto X (confidencial por si acaso). Es para encontrar gente con la que relacionarse y tal. Su prima encontró aquí gente muy maja y han formado un grupo excursionista.

–Ah!

He de comentar que mi amiga tendrá unos cincuenta y tantos (cuántos tantos no tengo ni idea porque no los declara) y anda muy alborotada; algo que me resulta extraño a su edad, pero que achaco a algún tratamiento hormonal  de desafortunados efectos secundarios.

–Es el Tinder. Pones tus datos y, según donde estés, te sale gente que también está apuntada, que es como tú más o menos, y que andan por ahí cerca. Te pones a hablar y ya, si te interesa, pues quedas y tal.

Por increíble que parezca yo no tenía ni idea del tal Tinder, porque he “pasado” toda mi vida de las llamadas redes sociales hasta hace unos meses, que, por motivos de automarketing, no me ha quedado más remedio que utilizarlas. Pero la Tinder ésa ni me sonaba.

–Déjame ver…

–No, bueno… (decide sincerarse), en realidad es un rollo porque sólo te sale gente que va a pillar. En Madrid salen unos tíos que directamente ponen “sólo para follar”. El otro día, de camino a Burgos, me salió uno de Bilbao que parecía otra cosa. Pero, como los dos estábamos de paso, no llegamos a coincidir, Y nada… En Madrid hay uno con el que a lo mejor quedo… ya veré. No está mal. De joven fue torero.

Y me enseña varias fotos de un señor bajito, metiendo tripa descaradamente (para ser más precisos: con la tripa metida en los pulmones a fuerza de inspiración), y con el pelo convenientemente colocado para tapar una avanzada calvicie.

–¡Qué horror! En ésta parece que tiene los dientes como picados. Eso ya es demasiado. Mira, no lo veo. Este hombre es un escombro.

No sé qué tiene Valencia que no paraban de salir hombres por el Tinder, como setas en otoño. Un no parar de notificaciones. Todos deshechos de tienta.

–¡Anda! ¡Mira éste! Está buenísimo y tiene más o menos mi edad: 52

Habemus milagro ¡con 52 años y buenísimo! Efectivamente, un morenazo guapísimo, con la camisa muy bien planchada, colocado con mucho postureo en un butacón de mimbre, muy en plan de posar para un anuncio de colonia masculina, y con la mirada taladrando el infinito. Pero milagro no había porque el de la foto no cumplía ni los 35.

–¡Y sólo está a 1 Km.! Le voy a contestar.

Y se pone muy sonriente a escribir. Le sugiero que no hemos venido a eso y que no ande enredando con el Tinder. Vergüenza ajena grande me estaba entrando.

–No, si sólo es para vacilar y pasar el rato. Tranquila.

No sé qué se dirían, pero, como aquel hombre enmudeció un momento largo, mi amiga se fue a dar un baño. En esto que vuelve a pitar el teléfono y me digo: ésta es la mía.

Miro y había puesto:

–Sube una foto. No tienes foto?

                                                                              –Es que soy muy fea (respondo)

–Jajajaja. No será tanto

                                                                              —Un adefesio. Por eso no pongo foto.

–Jaajaja. Lo importante es el interior.

                                                                              –El interior es peor: soy muy mala persona.

–Jajaja. Me estás vacilando.

–No, para nada. Todo es verdad. De hecho estoy aquí para gestionar varios chanchullos y trapicheos. Negocios muy turbios con la mara salvatrucha. Y tú ¿por qué estás aquí? Por tu aspecto deduzco que eres un pervertido.

–(caras de muñecos llorando de risa) ¿Y tú?

–Yo busco apoyo espiritual y también quiero formar un grupo excursionista para hacer senderismo por el desierto de Gobi.

Aquí veo venir a mi amiga remojada y tiritando. Dejo el móvil y disimulo. Suena la notificación, y dice.

–No sé a cuento de qué me pone caras riendo. ¡Qué tío más raro!

Y siguen un rato de tecleo. Mi amiga me comenta extrañada:

–Me dice que estoy loca y se ríe. No lo entiendo.  Anda por aquí cerca. A 500 metros. Dice que a ver si me encuentra.

Peligro inminente: en la playa debía estar. Ya me lo imaginaba caminando en distintas direcciones con el móvil en plan GPS. Le debía haber picado la curiosidad hablar con una especie de loca bipolar.

–Mira (le digo toda digna y seria), esto es demasiado ridículo. Debe ser un gigolo. De qué si no va a poner que tiene 52 años, cuando no tiene ni 40. Venga, vámonos ya, que estoy helada.

Esto último era verdad. En la playa hacía un frío de ponerse abrigo y bufanda, y andábamos todos en chanclas y sin calcetines. Esas cosas que pasan en la playa, en otoño, cuando los rayos de sol, declinantes en su ocaso, enfrían los cuerpos y las almas (este último párrafo parece que no viene a cuento y queda fatal en el contexto, pero me ha brotado así y así se queda, que no nos vamos a poner ahora coherentes y perfeccionistas. Además que, en el fondo, sí viene a cuento).

De camino al hotel, suena la notificación. Empieza a leer y me hace gestos, gestos raros, entre asombro y pitorreo.

–¿Qué ocurre? –Pregunto.

Me pasa el móvil muy agitada.

El profesional de Tínder había subido varios archivos, que debía tener preparados como argumento definitivo, al estilo de “Cincuenta sombras de Grey”, describiendo unos preliminares de una secuencia presuntamente tórrida, con todo lujo de detalles y profusión de faltas de ortografía. En el último archivo-mensaje terminaba la secuencia rematando con mucho ímpetu. Y finalizaba con una pregunta:

–¿Qué me dices? ¿Te apetece?

–¿Qué pongo? –Me dice mi amiga muy agobiada.

–No contestes nada, que me estás dando la tarde.

En el hotel, aproveché que  fue a ducharse para contestar a la última pregunta:

–Estoy toda “emocionada”. Antes de citarnos tengo que decirte una cosa: me llamo Damián, soy churrero, pero tengo la piel tan suave como pétalos de rosa y el interior de una mujer preciosa. Tengo mucho vicio y pago en metálico. Los billetes huelen a fritanga, pero son de curso legal. Pago lo que me pidas. ¿Qué me dices tú?

Pues no dijo nada. Se ve que no trabajaba churreros, por más que tuvieran mucha belleza interior. O que no le gustaba el olor a churros. ¡Vete a saber!

 


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