El basural

Por Carlos Caro
Enviado el 09/09/2016, clasificado en Terror
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La gente del lugar no recordaba los orígenes del basural. Escondido de la gran autopista detrás de un murallón, ni siquiera lo asociaban con el nombre del barrio: Ciudad Oculta. El largo tapial encubría las míseras casuchas y a sus paupérrimos ocupantes de la veloz mirada de los turistas. Ellos pasaban sin la menor curiosidad durante el Mundial de Fútbol.

El basural constaba de dos secciones. Por un lado, el volcadero, donde los camiones de limpieza descargaban la materia orgánica de la metrópolis entera. Por el otro, el relleno sanitario en el que, perdida la humedad, ésta se compactaba y era cubierta con tierra para que su putrefacción fuera más limpia.

  Con el tiempo, la simple reproducción humana, el trabajo abundante y la electricidad extendieron el suburbio hasta que  rebasó la prisión de las paredes vergonzantes. Rompió los límites y, con descontrol, se desarrolló en extraños callejones adoquinados, en casas de ladrillos y cemento con televisión satelital revelando los males, eternos, de la sociedad.

Muy de vez en cuando se preguntaban por el enorme y ruinoso hospital sin terminar. Por su tamaño y color, le decían el Elefante Blanco y lo veían como testimonio de alguna incomprensible y olvidada preocupación oficial. Quizás por ello, el nombre de Eva reverberaba en la calle.

  Desde allí, trazo y garabateo, con el efímero orgullo del gladiador triunfante. En ese arrabal nací, apretado por el gentío, entre dos habitaciones y la cocina. Parecía huérfano pues mi madre, una ramera perdida, me trasladaba de una a otra de las piezas, según cuál ocupara para su comercio. Recuerdo a cinco o seis padrastros…que desaparecen en un borrón de gritos, cachetadas y alcohol. Cuando aparecía la sangre, mamá reaccionaba, y en su delirio desprovisto de afecto, los traicionaba sin escrúpulos y los obligaba a abandonarnos.

Si bien no podía proteger mi cuerpo, la abuela, con el desespero del pobre y como un desquite a la vida, cuidó mi mente. Con ese tesón sin claudicaciones y esperanzado de las educadoras, me enseñó a escribir.

Me mostró un mundo más allá de mi destino con cada manual, con cada libro que escondía, recelosa, en la caja de su juventud. Me llevó como infiel, cuando el cura no estaba, a leer su limitada y sacrosanta biblioteca y luego reverdeció al anotarme en el templo laico de la mísera escuela. Solo la maestra comprendió sus lágrimas aquel día.

No supe por qué fui su preferido. Quizás a ese padre que no recuerdo, lo quiso tanto como lo amó mi madre. Me echaba, para evitar el contagio de la marginalidad, me mandaba a las bibliotecas y museos de la ciudad y trataba que no me corrompiera. Mas…, con quince años y una vida envilecida a cuestas, volver o no me da igual y suelo lucirme en una esquina del centro.

El tacto de un billete desde el automóvil me despabiló. Un señor de pelo castaño y dientes implantados sonreía mientras estudiaba mi figura. Lo miré con ojos vacuos y la respiración jadeante. Ya he  aprendido a desentrañar esa mirada libidinosa en hombres y mujeres.

No me importó. Fui a su casa y como diablo viejo desaté el infierno. No hubo días ni noches, sólo el lujo de la comida abundante, el del agua caliente en el baño y el de las lecturas hambrientas de los libros de su biblioteca. Su cultura era ecléctica, y en el papel de un Medici, se apasionaba indicándome autores y volúmenes. Como un felino, me estiré en la comodidad de un colchón, absorbí la estática de las sábanas de seda y gocé la suavidad de las almohadas de pluma.

Podría haber durado. Podría haberme acostumbrado a ese hombre; pero su frenesí y fortuna excitó la imaginación y otra vez lo quise todo. Recuerdo la sorpresa con que vio sus vísceras colgar desde el tajo con el que le abrí el vientre y el vidrio en los ojos cuando lo despené al clavarle el cuchillo en el corazón.

Mientras me luzco en una esquina del centro, siento aún el hedor de la corrupción cuando lo enterré en el relleno sanitario y, con la normalidad de mi locura, le hice lugar entre la podredumbre de los huesos de mis amantes.

 

 

Carlos Caro

Paraná, 6 de agosto de 2016

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