EMPIRISMO-cap1:"Volar"

Por AnaLauraBatistela
Enviado el 24/09/2016, clasificado en Varios / otros
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En una noche de insomnio, donde la oscuridad se transforma en nostalgia, miraba al techo desde mi fría cama. Le cuestionaba al cielo y a las nubes de mi pensamiento el eco de los años que vi volar. En el encuentro de uno mismo y del silencio abrumador, el alma llora su pasado.

Y entre el revoltijo de recuerdos, salió triunfador uno polvoriento y fue a hundirse en lo profundo de mi memoria casi tan borroso como un sueño.

 

Estaba yo sentada a la mesa. Mi abuelo ocupaba la cabecera, como siempre había sido. Una servilleta doblada con perfección, su jarrita de acero y el pan negro; coronaban siempre sus mesas. La comida inigualable que desde la mañana se preparaba y que llenaba el aire de aroma familiar. Ese gustito especial, inconfundible, solo propio de las manos marcadas por la experiencia de los años. Ella se levantaba muy temprano, tomaba mates y empezaba su arte en la cocina.

Terminado mi plato, el postre. Ya con más peso ganado en el estómago, el sol furioso sobre los mortales marcaba la hora del descanso.

Como olvidarme de las siestas que odiaba tanto. Cuando era chiquita y  dormir era una obligación. Me acostaba con mi abuela en su cama dura. La infaltable radio vieja en la mesita de luz, que transmitía noticias a volumen moderado. Que lentos se pasaban esos segundos!!! Aburrida jugaba a encontrarle forma a las manchas de humedad en el techo.

Después de la siesta venia la leche y las cartas. Jugábamos con unas piezas de distintas formas y colores que se guardaban en una cajita roja.

Muchas veces, en verano nos poníamos la maya e íbamos a la terraza a jugar con un chorrito de agua que salía del tanque. Para eso subíamos una escalera de madera que estaba en el patio; a la izquierda de nuestro paso había una habitación, cuya puerta siempre estaba cerrada. Moría de intriga por saber que se hallaba detrás, la curiosidad y el misterio me carcomían.

Me acuerdo cuando mi abuelo me sobornaba con chocolates para que sea de unión. Agarraba una barra de chocolate blanco y la envolvía en un papel del mismo color,  con una cinta roja lo rodeaba y me lo regalaba solo si yo decía: “viva unión, unión campeón”.

 

Otro recuerdo se filtró en mi mente, atropellando a todos los anteriores…

Mi manito indefensa se enlazaba a otra mucho más fuerte. Cruzábamos la calle para llegar al palomar. Era su princesita, el mi rey.  Veía fascinada como la multitud de palomas planeaba en círculo, soñaba tener alas, jugaba a ser un pájaro. Juntos las alimentábamos, observábamos como se agrupaban bruscamente. Había una que se dejaba agarrar, tenía el pico chueco y el plumaje gris tirando a negro. Toqué su suave ala y fue como acariciar una nube llorosa. Le pusimos un apodo “la pico doblado”, la volvimos a ver en muchas ocasiones.

 Atrás, los autos seguían su coreografía, para nosotros eran invisibles. A veces el sol se iba antes que nosotros, otras le ganábamos. Eran momentos mágicos, quizá uno de los mejores de esa etapa.

 

Felicidad es el resumen de la palabra infancia (o debería serlo).  Porque si el cielo quedaba cerca, si  las plantas escuchaban, si el futuro no existía, si las peleas se solucionaban, si no había un porqué, si no faltaron abrazos, si nuestras lagrimas eran solo por caprichos, si las amistades eran eternas, si un helado equivalía a mil sonrisas, si nos sorprendíamos de cada sol, si un barquito de papel era un velero que navegaba mar adentro, si queríamos ver una estrella fugaz para poder pedir un deseo, si en vez de comer nos escapábamos para jugar, si el guardapolvo blanco cada día volvía con una mancha nueva, si el pasto no competía con el piso de cemento, si los raspones eran por jugar a una tocada, si el sol era nuestro amigo, si cada herida se curaba diciendo: ”sana, sana colita de rana, si no sana hoy sanará mañana”, si la oscuridad era nuestro mayor miedo, si no conocíamos la palabra mentira, si estar debajo de la lluvia era una aventura y  si el éxito significaba ganar un “piedra, papel o tijera”; éramos felices. En la ingenuidad, en la ternura y en el amor, en lo sencillo y en la imaginación, en el compartir y en las ilusiones; solo la alegría llenaba nuestro frágil corazón de niño, y así tenía que ser.

Hasta que se choca. Se estrella contra la realidad. Entonces el cielo queda a mil eternidades de distancia, las plantas no escuchan y menos las personas, el futuro da miedo, la oscuridad es paz, las peles suman rencores, no hay respuestas sin razón, la soledad abraza, las lágrimas son de dolor, amistades se tachan, el helado engorda, el sol quema, el barquito de papel se hace un bollito y termina en la basura, las estrellas fugaces nunca aparecen, no hay tiempo para jugar, las manchas arruinan la ropa cara, el cemento es mejor, los días son todos iguales, los raspones indican caídas, el dolor no se cura con un versito cantado, la lluvia moja y el éxito es fama o plata. Muchos lo llaman madurar, crecer, doler, enterarse. Yo lo defino como morir.

Lo mismo me pasó (varias veces).


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