El intruso.

Por Mesonikis
Enviado el 28/09/2016, clasificado en Cuentos
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Carlos se fijó tanto en el niño que acababa de entrar en el patio como este en su cartera roja con dibujos de las Tortugas Guerreras. No podía apartar la mirada de sus pantalones cortos y ceñidos así como de su camisa con cuadros que alguna vez fueron de un rojo y verde vivos. Pero lo que más le llamó la atención a Carlos, más incluso que aquella camisa y aquellos pantalones, fueron su flequillo, que parecía cortado a ras de algún cazo, y, sobre todo, su mirada. Sus ojos grises, acechantes como los de un lobo, les resultaron extrañamente familiares.

Apenas hacía un mes que había llegado al nuevo colegio, pero Carlos ya conocía de sobra no solo a sus compañeros de clase sino a los alumnos de los otros cursos, por lo que podía jurar por su vida que aquel niño de sonrisa maliciosa, mirada profunda y vestido de un modo tan diferente no solo no pertenecía al Colegio Público Poeta Benedicto sino a cualquier otro de la zona.

Ambos niños no dejaron de sonreírse en ningún momento: Carlos, con la franca inocencia de sus seis años; y el otro, en cambio, como un lobillo que acechase el momento de saltar sobre su presa. Y fue en el momento en el que el intruso trató de arrebatarle la cartera cuando aquella tensa espera saltó en mil pedazos. Carlos trató de rehusar el robo improvisando algo así como una patada de kung fú, pero su rival fue más hábil y más rápido derribándole mediante una zancadilla. Una vez lo tuvo en el suelo, lo puso boca abajo y le aprisionó una pierna con la otra en una llave de lucha libre.

Los gritos y los llantos de Carlos atrajeron no solo a los profesores que había en el patio sino a gran parte de sus compañeros de clase. Pero cuando llegaron tan solo lo encontraron a él medio aturdido y a su cartera manchada de barro.

Diez minutos más tarde, desde el interior del despacho del director, donde Carlos era consolado en balde por su profesora, pudo oírse el sonido de un viejo motor: era el Seat 127 de su padre, que ya había sido avisado de lo sucedido.

Durante el regreso a casa, padre e hijo hablaron de sus proyectos para el fin de semana, del estreno de la última película de sus personajes favoritos, que verían con palomitas y refrescos incluídos, de un viaje a la playa donde jugarían al fútbol, de todo menos de aquella experiencia tan desagradable con aquel golfillo.

Sin embargo, ya en casa, y de la manera más sutil, su padre intentó sonsacarle alguna pista sobre la identidad del misterioso niño con el propósito de pedirle explicaciones a su padre. Pero Carlos, sin fuerzas ni ánimo para hablar sobre aquel tema, se limitó a negar con la cabeza a todas las preguntas.

—No te preocupes; ya hablaré con el director para que ese niño sea quien sean no vuelva a molestarte nunca más. Y ahora, hasta que comamos, distráete un poco. Mira, este álbum —dijo el padre cogiéndolo del estante de su despacho— tiene fotos de tus abuelos, de tus tíos, y creo que de mí también, de cuando tenía tu edad.

Carlos obedeció a su padre y comenzó a hojearlo. Pero cuando llegó a la cuarta hoja lo cerró de golpe al tiempo que lo puso sobre la mesa. El niño que unas horas antes le había atacado estaba allí, en una fotografía de blanco y negro con los bordes medio roídos por los pececillos.

—Por cierto —dijo su padre desde la otra habitación — cuando vayamos a la playa te enseñaré una llave de lucha libre que aprendí cuando tenía tu edad.


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