Eucalyptus Amoris

Por ClaraEver
Enviado el 05/10/2016, clasificado en Amor / Románticos
246 visitas

Marcar como favorito

Ahí estaba yo en el punto más alejado y menos concurrido de uno de los jardines públicos de la ciudad. Hacia rato que mi amigo Adrián y yo nos habíamos tumbado bajo la sombra de un gran árbol de eucalipto. Sobre nuestras cabezas, el dorado color del atardecer comenzaba a despuntar en el cielo y en mis brazos podía sentir el suave roce de la hierba entibiada por el sol. Todo estaba en silencio, lo único que perturbaba la paz era el ceseo de nuestra respiración.
Pegue una calada al cigarro que sostenía con la mano izquierda y mientras el humo se deslizaba por mi garganta se lo cedí a Adrián, él lo tomo con timidez sin siquiera voltear a verme. Después de lo que habíamos hecho era lógico que el silencio del ocaso se convirtiera en el mediador entre nosotros.
Adrián dio un último sorbo al pitillo y restregó la colilla contra la corteza del eucalipto, sus manos parecían temblorosas y su piel blanquecina flourecia en esa luz grisácea que aparece al rededor de las seis de la tarde.
Me miro a los ojos y un rastro de culpa le asaltó el rostro, parecía arrepentido de lo que hizo, de lo que hicimos.

Unas horas antes había estado discutiendo con Leo, el mejor amigo de Adrián y mi novio. Últimamente Leo se había comportado como un paranoico y psicótico celoso, empeñado en mantener mi fidelidad a toda costa. La discusión se prolongó por al rededor de una hora, con cada palabra de ofensa que lanzaba contra mi sentía como si un cubito de hielo fuera pasando a lo largo de mi columna vertebral.
En algún momento de la discusión, mi corazón comenzó a latir muy lentamente y mi respiración se volvió más profunda. Me dí la vuelta con las pupilas inundadas en lágrimas y me alejé de ese mounstro que me hacía más desdichada de lo que alguna vez me hizo feliz.

Había avanzado un par de cuadras cuando la pantalla de mi móvil brillo en el fondo de mi bolsillo, al leer el nombre de Adrián en la llamada entrante mi alma dio un suspiro.

Nos reunimos bajo el frondoso eucalipto de un parque cercano, la tarde estaba llegando como una bruma azul que nos envolvía poco a poco. Después de llorar cada insulto y agravio cometido contra mi, después de que el hombro de Adrián quedó húmedo de pesares y reclamos, después de que mi alma quedó vacia e inocua, Adrián tomo mi mano en la suya y entrelazó sus dedos con los míos. Las yemas de sus dedos índice y corazón reposaban sobre mis nudillos y mi pulgar halló un espacio en su hoku.

Con cada exhalación nuestros rostros se acercaban cada vez más, sentía como su aliento estaba aproximándose al mío. Mi corazón golpeaba a mi pecho escandalosamente, como si de un momento a otro fuera salir de su cuenco y explotar en un festival de colores. Finalmente me beso, su saliva y la mía se combinaron en una reacción química natural y satisfactoria. Durante ocho segundos sus dulces labios llenaron a los míos con un elixir magico, una posión exquisita que logró contraer y erradicar cada uno de mis desasosiegos.
Después del primer beso vinieron muchos más, poco apoco esa suave chispa que era causada por la unión de nuestros labios se convirtió en una refulgente llama de pasión que nos enredo el uno con el otro.
Al medida que sus manos se deslizaba por mi espalda y por mi tórax, mi ritmo cardíaco de disparaba hacia el universo y se fundia con la vía láctea.

Cubiertos en caricias nos saturamos de sensaciones durante varios minutos, nuestros más carnales deseos se hicieron manifiestos en una ola de entrega total y sin dilación.

Nuestros cuerpos cansados y satisfechos se apartaron y se tiraron sobre la húmeda hierba. Adrián saco una cajetilla de cigarrillos y un encendedor de la bolsa tracera de su pantalón.
La culpa comenzó a consumir nuestras conciencias tal como nosotros consumimos el tabaco, la Brisa ligera de la tarde se había vuelto cómplice de las impulsivas acciones que mi amigo y yo osamos cometer.
Nos retiramos cuando el sol desapareció por completo detrás de la montaña más lejana. En medio de un silencio culposo y una evasión absurda cada uno tomo el camino hasta su casa. Nadie dijo nada, nadie intercambio siquiera una mirada, al final de cuentas Leo seguía siendo mi novio y Adrián su mejor amigo.


Compartir el relato

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Ellas buscan... MiPlacer.es
TvReceas - Videos de recetas de cocina Haz tu donativo a cortorelatos.com