Modificando el pasado y el futuro

Por cclecha
Enviado el 19/10/2016, clasificado en Intriga / suspense
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Cuando una persona llega a mis años siempre hay alguna cosa en nuestra vida que sin duda hubiéramos preferido que transcurriera de otra forma. Ya hace casi cuarenta años, era un joven idealista e irreflexivo de la Resistencia Francesa y además me creía inmortal. Todo ello viene a cuento porque me hizo enfrentarme a una patrulla alemana a tiros, en un albergue a pié de los Alpes Franceses.

     Han pasado mucho muchos años, pero el albergue en que ocurrió todo, todavía existe. Anualmente me gusta ir por lo bello del paraje y porque sobre todo, mi pierna y mi conciencia, soportan las secuelas de mi enfrentamiento con los alemanes.

     Como cada primavera, aparco mi todo terreno en el bucólico prado delante del albergue, en el que este desafía el paso del tiempo. Los abetos se adivinan a escasos metros de la pequeña construcción, marcando los límites de la montaña…la nieve, un poco más allá, empuja a los animales a bajar a por comida.

       Saco mi exigua maleta y mi escopeta de caza y me dirijo cojeando hacia al albergue. En realidad no sé porque llevo mi escopeta de caza…no soy un cazador…jamás he disparado contra ningún animal…pero desde el antiguo encuentro con la patrulla alemana, cuando salgo a andar por la montaña me gusta sentir el acero de cañón y la madera de la culata de la escopeta.

       -Buenos días Mónica- me dirijo hacia la señora más bien llena y alta que regenta la pensión

     -Buenos días, Pierre…vaya a dejar su equipaje a la habitación y baje a tomar el desayuno…se lo estaba preparando.

     Empecé a subir las escaleras, con mi pierna cojeando y protestando inútilmente por el esfuerzo. Al poco entré en la pulida, modesta y ordenada habitación. Como siempre que entraba en el albergue, el olor del aire, la luz imperante y el orden de las cosas, me recordaban la fatídica mañana, hace un montón de años, en la que yo destrocé a la patrulla alemana con mi metralleta y ellos me destrozaron la pierna. Dejé mis cosas encima de cama y bajé abajo.

     Una taza de chocolate caliente con unos bollos acompañándola, me esperaba delante de la ventana desde donde se contemplaba un paisaje magnifico cuya visión no tenía precio. Mónica se había retirado a la cocina y yo me quedaba solo, rodeado por el olor del chocolate, del albergue y sobre todo por mis recuerdos.

       Mientras contemplaba el sublime paisaje, una nube de polvo se iba acercando, estaba provocada por un automóvil que se dirigía por la pista hacia el albergue y que vino a alterarlo todo. El automóvil, aparcó a unos metros de la pensión y las cuatro puertas del coche se abrieron y aparecieron unos uniformes grises embutidos en unas relucientes botas negras.

       Di un respingo al instante…por una fracción de segundo, dudé si la intensidad de mis recuerdos, podía haber construido aquella imagen, pero inmediatamente comprendí que lo que estaba viendo era real. Los soldados alemanes se pusieron lentamente sus cascos, tomaron sus metralletas y se dirigieron hacia el albergue.

       Yo, arrastrando con celeridad mi maltrecha pierna, me dirigí con presteza, escaleras arriba, hacia mi dormitorio, en el que entré como una exhalación…cerré la puerta. Recordé la escena, ahora después de cuarenta años, en que yo, de joven y parapetado detrás de la pequeña barra de bar del albergue, me enfrenté a tiros con mi metralleta a los soldados alemanes. Conseguí matar a tres de los soldados que no habían encontrado donde protegerse, pero un cuarto, volcó una de las mesas redondas del comedor y empezó un tiroteo que me alcanzó con varios impactos en la pierna. Finalmente, él resultó muerto y yo herido de gravedad de varios balazos en la pierna. Los padres de Mónica me trasladaron a las filas de la Resistencia y allí me curaron como pudieron la pierna.

       Mientras los recuerdos se apretujaban por entrar en mi mente, escuché claramente un tiroteo atronador que se estaba desarrollando abajo…cogí, por seguridad mi escopeta y abrí lentamente la puerta de dormitorio. Desde allí, se veía claramente la planta baja.

       Me vi, allí, detrás de la barra de bar, muy joven, con mi melena rubia y mi cazadora de cuero, disparando a todo lo que se moviera…también vi a tres soldados, muertos en un charco de sangre y estirados de cualquier manera en el suelo…también observé al cuarto soldado alemán que parapetado detrás de una de las mesas volcadas del comedor, estaba a punto de descargar su munición sobre mi pierna.

     No lo dudé ni un instante…el retornar al pasado desde un presente real, debía de ser por algo. Todo aquello tenía que tener un significado. Abrí completamente la puerta, salí cerca de la escalera. Desde allí, se contemplaba con nitidez la escena y el soldado alemán que estaba parapetado detrás de la mesa, ofrecía un tiro claro y fácil. Sin pensarlo más le apunté y descargué un par de mis potentes cartuchos. Afortunadamente, cayó con la pesadez de un saco de patatas. Mi pasado en forma de juventud, al oír la detonación, salió de detrás de la barra, sin heridas y mirando hacia donde yo me encontraba…nuestras miradas se encontraron y al joven se le demudó la cara. Hizo una mueca de incomprensión…dudó y salió a toda celeridad del albergue.

       Creo que la misma mueca de incomprensión, adornó mi cara. No sabía qué era lo que tenía que hacer…me volví al dormitorio y dejé medio abierta la puerta para seguir escuchando lo que sucedía abajo, si es que realmente tenía que escuchar algo. Intenté pensar, pero era inútil, en realidad ningún pensamiento racional se podía enfrentar a lo que había pasado.

        Entonces, sucedió algo que a mí me sonó como música celestial. Una cancioncita queda, tarareada por Mónica me llegó claramente a mis oídos. Inmediatamente salí hacia la escalera, no había rastro de la refriega ni de los soldados alemanes, empecé a bajar los peldaños con prontitud. Con las prisas, no me apercibí que mi pierna no sentía ninguna molestia al bajar los peldaños…estaba completamente sana. Las heridas del pasado no existían, no llegaron a suceder. Llegué abajo y respiré aliviado, ningún rastro de soldados alemanes muertos, de sangre ni de mesas volcadas. Parecía como si nada hubiera sucedido, tan solo mi pierna era la prueba de lo contrario. En verdad, Mónica estaba recogiendo mi taza de chocolate vacía, como si tal cosa. Respiré hondo tranquilizado. Volvíamos a estar en un presente acogedor.

 

 

     


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