A media hora de la capital

Por AscuasHeladas
Enviado el 02/05/2013, clasificado en Poesía
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Dejo el coche aparcado a la vera de uno de los cerezos que florecen en la época estival, pertrechado para la ocasión con mis abrigos viejos y raídos destinados al uso rural que pese a esto, protegen lo necesario contra las inclemencias invernales. Pongo mi pie derecho sobre estas antiguas tierras, y el simple tacto de la corteza del árbol me transmite una sensación de paz y felicidad, despreocupación.

Con menos de diez inviernos a mi espalda y cubierto por las mismas prendas que habían sido llevadas por muchas generaciones, corría cesta en mano (con la intención de mangar algún fruto que otro) acompañado por familiares y amigos que podían considerarse también de la familia, todos embaucados por el mismo sentimiento de felicidad que nos hacía regresar allí cada verano, cada invierno. Disfrutábamos de la compañía de los lugareños afables. Todos pertenecíamos al mismo pueblo, mira que era coincidencia, y por ello nos sentíamos afortunados y cuidábamos los unos de los otros.

Ahora la historia era distinta, después de haber sentido durante unos minutos el rocío de mis recuerdos posarse en mis párpados, alzo la vista y contemplo el gran caserón. Impone su estructura, pero no tanto como su estado de abandono. El tiempo pasa, sí. Las habitaciones, tiempo atrás llenas de vida, concretamente de seis hermanos con sus respectivas familias, ahora solo sentían el calor de algunos insectos intrusos.

“No puedo permitirlo”-pensé, apenado -“las futuras generaciones también tienen derecho a sentir la libertad en su piel, también tienen derecho a ser felices”.


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