Caminante (1 de 2)

Por George Peterson
Enviado el 19/12/2016, clasificado en Terror
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1

 

Fue por prescripción médica por lo que Alfonso comenzó a salir a andar. Según el doctor, los medicamentos eran parte esencial del tratamiento, pero no le ayudarían a cambiar sus hábitos de vida. El ejercicio físico sí. Y su dañado corazón se lo agradecería.

El primer día comenzó ilusionado. Se había comprado todo el equipamiento de las mejores marcas, y se creía preparado para atravesar de punta a punta el país. Pero media hora después de salir de casa, había regresado de un humor de perros.

—Esto es una tontería —le dijo a su esposa—, una auténtica pérdida de tiempo.

Habían sido treinta minutos de esfuerzo inútil. Por mucho equipamiento que llevara, todo el esfuerzo lo había tenido que realizar él. Estaba muy cansado, las rodillas le dolían y tenía ampollas en los pies.

Pero Lola, la mujer de Alfonso, le convenció para que no arrojara la toalla a las primeras de cambio. Ahora se alegraba de haberla hecho caso.

Tres meses y varios cientos de kilómetros después, Alfonso parecía otra persona. Había pasado de pesar 127 kilos a solamente 89. Se encontraba otra vez joven y fuerte. Incluso su humor, que con el paso de los años se había ido volviendo cada vez más huraño, había cambiado para mejor.

Al principio, las caminatas solo duraban una hora, dos si se sentía animado. Pero cuanto más andaba, mejor se encontraba. Y cuanto mejor se encontraba, más quería andar. Ahora, al menos una vez por semana, casi siempre los domingos, se daba largos paseos con una duración de alrededor de un cinco horas.

Pero hoy se sentía con energías. Alfonso se había planteado el reto de batir su propio record de tiempo. Así, a las ocho de la mañana, salió de su casa estrenando ropa nueva, con los cascos escupiendo su música preferida y cargado con una mochila, en la que llevaba algo de fruta, media tableta de chocolate y dos botellas de agua.

No había decidido qué camino seguir, quería improvisar. Al principio fue por la ruta que recorría habitualmente todos los domingos. Pero cuando pasaron dos horas llegó al primer punto conflictivo. El Parque.

No era un parque en el sentido más común de la palabra. Lo cierto es que se trataba de un bosque que bajaba directamente de las montañas que había al norte de la ciudad. Donde lindaba con la urbe, solo había algunos árboles dispersos entre las zonas de juegos habilitadas. Caminos cuidadosamente adoquinados, zonas ajardinadas, bancos para sentarse y fuentes para refrescarse. Por la noche, la zona estaba iluminada por farolas. Aquí era imposible hablar de bosque.

Pero ese apelativo era cada vez más adecuado conforme uno se iba alejando de la ciudad. Lo primero que desaparecía eran los jardines, las fuentes y las zonas de juego. Un poco más adentro la iluminación nocturna desaparecía, al igual que los bancos. Los caminos dejaban de estar tan cuidados, y si uno los seguía lo suficiente, dejaban de ser caminos para convertirse en senderos.

Alfonso no se sentía cómodo en ese parque. Nunca se lo había confesado a Lola, pero si estaba él solo evitaba en medida de lo posible ir a aquella zona. En sus caminatas, nunca había entrado en el Parque.

—Mientras esté por la zona urbanizada no pasará nada —se dijo a sí mismo intentando convencerse.

Como si aquella zona no guardase ningún secreto para él, Alfonso continuó caminando. Un poco nervioso al principio, pero pronto se olvidó de sus temores y volvió a sus propios pensamientos vacíos, canturreando la música que sonaba en sus auriculares.

Sin darse cuenta, se fue internando cada vez más en el bosque. No tenía la intención de adentrarse tanto, pero cuando fue consciente de donde se encontraba, se dio cuenta de que ya no había ningún camino. Era como si hubiera estando andando en sueños y acabara de despertarse.

A su alrededor, una fina neblina lo envolvía todo. Solo era principios de octubre, por lo que la niebla era altamente inusual. De pronto sintió frío. La temperatura había descendido bruscamente, haciendo que el sudor en que estaba empapado le robara el calor corporal.

Algo no marchaba bien. Eso era evidente. Alfonso sintió un miedo profundo, como si algo volviera de su pasado para atormentarle.

—Pero eso es una tontería —su voz sonó amortiguada entre la espesura del bosque.

Decidió dar la vuelta, pero no estaba muy seguro del camino a seguir. Los senderos se cruzaban unos con otros, haciendo imposible que supiera cual era el que le había llevado hasta allí. Para colmo, la niebla había ido espesándose cada vez más.

Creyendo que caminaba en dirección sur, donde se encontraba la ciudad, avanzó a paso vivo. La temperatura era cada vez más fresca, pero por suerte la niebla parecía que comenzaba a disiparse.

De pronto llegó a una zona que le resultaba vagamente familiar. Hacía más de treinta años que no pisaba el bosque, pero reconoció el lugar. El claro, el árbol caído, la roca.

Ese sitió era la razón por la que no le gustaba el bosque. Allí es donde se hallaba el punto más negro de su vida, su mayor error, el pecado más imperdonable que hubiera cometido nunca.

Tres décadas antes, Alfonso y dos de sus amigos se habían emborrachado. No estaba muy seguro de como la conocieron, pero la chica se unió a ellos en la fiesta. Los recuerdos estaban muy confusos, pero el hermoso rostro de la muchacha estaba completamente nítido en su memoria. Los cuatro estaban en el Parque, bebiendo vino directamente de la botella, sin nadie que les molestara.

La chica era guapa, y con sus miradas hacía hervir la sangre de Alfonso. No recordaba nada más hasta el momento en que se descubrió sobre ella. Solo podía ver sus ojos aterrorizados, pues una mano tapaba su boca, evitando que los gritos escaparan. Estaba completamente desnuda, y él, con los pantalones bajados hasta las rodillas, le agarraba con fuerza un pecho mientras terminaba dentro de ella.

Aunque horrorizado por lo que acababa de hacer, Alfonso estaba sonriente. Luego fue el turno de Suso, y después de que terminase Rodri, él volvió a ponerse en posición. La chica hacía ya rato que estaba inconsciente, pero eso no les detuvo. Ella, en cambio, no volvió a despertar.

Sabiendo que lo que habían hecho estaba mal, llevaron su cuerpo hasta el interior del bosque. Encontraron un pequeño claro y allí la dejaron. Levantaron una enorme roca y, en el hueco que dejó en el suelo, cavaron un profundo agujero. Arrojaron a la chica, completamente desnuda, y lo cubrieron lo mejor que pudieron. Sobre la tumba hicieron una pequeña hoguera donde quemaron las ropas de la muchacha. Luego volvieron a colocar la roca en su sitio, ocultando la tierra recientemente removida.

Nunca habían vuelto a hablar del tema, como si nunca hubiera pasado. No tenía ni idea de cómo lo llevarían sus amigos, pero Alfonso no llegó a perdonarse nunca. En sus sueños, era muy común ver la cara de la chica, con la boca tapada por una mano misteriosa.

 

 

----CONTINÚA----


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