Caminante (2 de 2)

Por George Peterson
Enviado el 19/12/2016, clasificado en Terror
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2

 

Ahora, treinta y dos años después se encontraba en el mismo claro que aquella noche. Solo que había una diferencia.

La enorme roca que colocaron sobre la improvisada tumba estaba partida en dos. Cada uno de los trozos había caído hacia un lado. En el centro, donde antes estaba la piedra, la tierra se veía removida. Como si algo, o alguien, hubiera salido de su interior. Junto a uno de los pedazos de roca, un lobo grisáceo lo miraba con curiosidad.

Asustado, Alfonso comenzó a correr. No sabía adonde se dirigía. Solo sabía que quería alejarse lo más posible de allí. El miedo le confería fuerzas que desconocía poseer.

Agotado, con el corazón golpeando fuertemente en su pecho, Alfonso intentó calmarse. Pero era tarea imposible. El bosque parecía haber cobrado vida propia. Multitud de animales le acosaban. Podía escucharlos. Al menos eso creía. También podía ser todo producto de su agitada imaginación. O quizá fuera algo mucho peor.

De pronto, Alfonso se detuvo en seco. Enfrente, a solo unos metros de distancia, un enorme lobo lo miraba fijamente, gruñendo y enseñando los afilados dientes de forma amenazante. No estaba seguro, pero creía que podía ser el mismo que había visto junto a la roca.

Sin saber cómo actuar ante tal situación, Alfonso dio un paso hacia atrás. Muy despacio, deseando no alterar más al animal. Luego otro, y otro más. Hasta que se topó con un árbol. No quería perder de vista al lobo, pero aun así lo hizo cuando, instintivamente, giró el cuello ligeramente para ver cómo podía escapar.

Cuando volvió a fijarse en el lobo, el animal ya no estaba. Había desaparecido.

En su lugar había una mujer joven, hermosa, completamente desnuda. Una lágrima inundo cada uno de sus ojos. La belleza del rostro de la chica era idéntica a aquella que le hizo perder los papeles tantos años atrás.

Aterrorizado, Alfonso cayó de rodillas, y las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.

—¡Lo siento! —gimoteó—. Perdóname. Perdóname por todo lo que te hicimos. Nunca he dejado de arrepentirme. Lo que te hicimos mis amigos y yo fue horrible. Por mucho que lo he intentado olvidar, el recuerdo siempre vuelve para atormentarme.

La muchacha avanzó hacia él con paso extraño. Aunque movía las piernas, parecía como si sus pies apenas rozaran el suelo. Se detuvo enfrente de Alfonso y colocó una fría mano sobre su cara, limpiando una lágrima con el pulgar. Luego le obligó a alzar la cabeza, a mirarla a los ojos.

El vello púbico de la chica le quedaba frente a la cara. Su pálida piel parecía fresca y suave. Sus grandes pechos desnudos eran deseables. Aunque enormemente inapropiado, Alfonso se sintió excitado.

—No puedo perdonarte —dijo la mujer, con una voz sorprendentemente clara y cristalina—. Ni a ti ni a tus amigos. Vosotros me robasteis la vida que todavía me quedaba por delante, todos mis sueños, deseos y esperanzas. Me violasteis, arrebatasteis la inocencia de mi cuerpo para después arrojarme todavía viva a un inmundo agujero. No es culpa mía que hayas sufrido, yo solo fui el pecado, no el pecador. Pero ahora tendrás una oportunidad de expiar tus penas.

Según iba hablando, la pureza de la voz fue desapareciendo, adquiriendo un tono cada vez menos musical y más ronco. Pero Alfonso apenas la escuchaba ya.

Ante sus ojos, la belleza había desaparecido para dar paso a unos rasgos cadavéricos, con labios amoratados y ojos hundidos e inyectados de sangre. El pelo, que antes ondeaba libremente al viento, se volvió sucio, lacio y apelmazado. La blanquecina piel se oscureció y arrugó, cubierta de costras de sangre y de tierra. La carne se consumió, dejando solo huesos y piel donde antes habían estado sus esbeltos brazos, sus torneadas piernas, sus generosos pechos. La hermosa mujer se había convertido en un ser de pesadilla.

El terror más intenso que había sufrido nunca se había apoderado de Alfonso, que gimoteaba casi de forma obscena mientras un punzante dolor se agarraba a su pecho y se extendía por el brazo izquierdo. Estaba sufriendo un ataque cardiaco.

 —La muerte no siempre es el final —dijo la rasposa voz de la mujer—. Pero tú sufrirás antes de que te lleguen los tormentos del infierno.

Sintiendo que le abandonaban las fuerzas, Alfonso se dejó caer al suelo, poniéndose bocarriba. Cerró los ojos, intentando hacer desaparecer la imagen tan monstruosa que acababa de ver, procurando normalizar la respiración y calmar un poco el pulso acelerado. Pero el monstruoso ser no se lo iba a permitir.

Inclinándose sobre él, colocó las huesudas manos sobre su pecho. El tacto, incluso a través de la ropa, era desagradable. Un frío helador se agarró a su cuerpo, extendiéndose a través de sus venas y arterias, congelando la sangre a su paso.

El consumido cuerpo de la mujer se sentó a horcajadas sobre el del hombre, que no había dejado de llorar lastimosamente. Con sus últimas fuerzas intentó lanzar un grito que desahogase su sufrimiento, pero una mano esquelética le tapó la boca. Entonces su cuerpo comenzó a hundirse en la tierra.

Algo parecido a una sonrisa apareció en la horrible máscara que tenía aquella cosa por rostro.

—Sufrirás —dijo sin mover la boca—. Sufrirás. Sufrirás.

Repetía una y otra vez la palabra, la amenaza, mientras iba siendo engullido por el suelo del bosque. Alfonso sabía que era cierto.

No podía moverse. El dolor de pecho se había extendido prácticamente por todo su cuerpo. El frío sobrenatural envolvía todo su ser. Su cuerpo era devorado lenta e inexorablemente por el bosque. Ni siquiera podía respirar.

Pero lo peor de todo era que frente a sus aterrorizados ojos estaban los de ella. No había rastro alguno de aquella mirada que, tres décadas antes, había encendido su sangre. Ahora solo había odio y rencor, un resentimiento malévolo que se complacía en su agonía.

En pocos segundos los dos cuerpos habían desaparecido, sin dejar rastro alguno, como si nunca hubieran estado allí. Un lobo apareció entre los árboles y se acercó hasta allí, disfrutando de la agradable temperatura que envolvía el bosque. Olisqueó el lugar antes de levantar la pata trasera y vaciar la vejiga. Sintiéndose satisfecho, se alejó de allí trotando alegremente.


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