EN LA PIEL DE EVA (parte 1 de 3)

Por Federico Rivolta
Enviado el 20/03/2017, clasificado en Terror
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Te contaré la historia de mi suicidio. Pero no te sientas mal por ello; mi vida no tenía sentido. Todo lo que hacía lo hacía por mi hermana, y fue por ella que debí morir.

Eva y yo éramos mellizos, y a pesar de ser de distinto sexo parecíamos idénticos. Sucede que yo nací con físico pequeño, y mis manos y mis pies siempre fueron femeninos. La gente me confundía con ella cuando hablaba por teléfono, y hasta las niñas me llamaban amanerado.

Jamás me preocupó ser rechazado por las mujeres, pues nunca me interesaron; mi relación con Eva era todo lo que necesitaba. A veces creo que, en el vientre materno, una parte de mi corazón creció dentro de ella.

Nuestros padres fallecieron en un accidente automovilístico cuando éramos niños, y fuimos entonces a vivir con nuestra tía Marta. Ella era profesora de piano y una amante del teatro, y nos envió a Eva y a mí a estudiar danza, actuación y canto.

En la escuela me sentaba junto a mi hermana, y pasábamos el día como si no existiera nadie más en el mundo. En realidad, ella intentaba hacer amistades, pero yo no toleraba que otros se interpusieran en nuestra relación; deseaba que Eva y yo fuésemos uno.

Por las tardes, nuestra tía nos hacía cantar mientras ella tocaba el piano. En dichas ocasiones, Eva era la artista principal, dejándome a mí la parte de los coros. El talento de mi hermana también fue celebrado desde el principio en la academia, donde protagonizó varias obras mientras yo solo obtenía algunos papeles secundarios. Nadie me dijo el motivo de que yo no fuese elegido para interpretar roles más importantes, pero asumí que fue mi falta de virilidad.

Así, fui forzado a caminar por el sendero oscuro de la vida; amando a mi hermana, pero odiando a una sociedad que no me veía, opacado por la luz de su estrellato.

Pronto decidí abandonar la actuación y dedicarme de lleno a ser el asistente personal de mi hermana. A todos lados donde ella iba, yo la acompañaba. Íbamos juntos a cada clase que tomaba, a la peluquería y hasta a la depiladora. Mientras Eva hacía sus cosas, yo admiraba su gracia, observándola desde un rincón, silencioso como un mimo.

Nuestra relación se intensificó más aún cuando la tía Marta falleció. Era el único familiar cercano que teníamos, y nos quedamos, a los diecinueve años, viviendo solos en su departamento. Por suerte Eva tenía bastante trabajo como actriz en obras de teatro, lo que nos permitió llevar una vida moderada, pero sin carencias.

Muchos comenzaron a considerarla una estrella del teatro independiente; y yo tuve el privilegio de verla desde atrás del telón. Desde allí pude ver sus encantos como nadie lo hizo, desde allí aprendí los diálogos de todos los personajes que interpretó, moviendo los labios a la par de los suyos.

Me hice cargo de su ropa, de la comida y de todos sus caprichos, pero mi tarea más importante era alejarla de las distracciones, es decir: de los hombres. La labor fue imposible; a mi hermana la deseaban todos los jóvenes de la academia, y un día comenzó a salir con un bailarín clásico llamado Víctor.

Eva admiraba sus brazos musculosos y el ancho de sus hombros, y por cada virtud que ella nombraba, yo le encontraba mil defectos. Llegó un punto en el que mi desprecio hacia él fue demasiado obvio y mis críticas perdieron sentido para ella. Mientras tanto, la sonrisa soberbia de Víctor me decía las cosas que haría con mi hermana, cosas que yo no quería ni imaginar.

Debí entonces idear un plan para deshacerme de él antes de que el amorío se volviera serio. Compré un lápiz labial rojo merlot –un color que mi hermana no se atrevía a usar a pesar de mis consejos –, y me pinté con él varias veces para que se viera usado. Cuando fui a limpiarme, vi mi reflejo y comencé a mover los labios haciendo diferentes gestos, quedando aún más convencido de que aquel sería el color ideal para los labios de Eva. Por la tarde, durante una clase de danza a la que asistía Víctor, fui al vestidor a tomar las llaves de su auto y puse el labial bajo el asiento del acompañante; la escena del crimen estaba lista.

 

 

CONTINUA EN LA SEGUNDA PARTE:

http://www.cortorelatos.com/relato/28506/en-la-piel-de-eva-parte-2-de-3/


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