Érase una vez en Rebis. Capítulo 11. Dentro del laberinto

Por Arecibo
Enviado el 17/05/2017, clasificado en Ciencia ficción
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El virus funcionó con la eficacia esperada. El programa ejecutado por Samuel eliminó del dispositivo de Julia cualquier pista que pudiera señalarlo como responsable del envío del archivo sonoro –«Te mando un canto a la esperanza, pero también de lucha contra la opresión», había escrito en el mensaje adjunto–, medida más que necesaria en aquella cueva de lobos que era Rebis; nunca se sería lo suficientemente precavido en la estación. Tras comprobar que el borrado se había realizado de manera satisfactoria, Samuel se reunió con los seis soldados que lo acompañaban, centrando como ellos la atención en el trabajo metódico y cauteloso del androide de carga.

 

*        *        *

 

Unas horas antes

 

Muchas cabezas habían rodado desde aquella mañana. Tanta inversión en seguridad, tanto informático pululando con entera libertad por las oficinas centrales de Industrias Dimaco, para que un hacker se introdujera en el ordenador personal de Sebastián Canela a la primera de cambio. Cuando Samuel entraba en el despacho del presidente, Sebastián despedía a voz en cuello al más joven y descarado de sus informáticos, autollamado Señor Manzana –«Miguelito» para su madre–, que en absoluto amedrentado les dirigió un irrespetuoso «Hasta luego, viejos» a modo de despedida.

–Samuel. Te juro que si no fuera porque se me echarían encima como buitres sobre una vaca muerta, ya le hubiera dado dos bofetones al niñato de las teclas ese...

–Es difícil salvar el mundo bajo la fachada de un empresario respetable, ¿no?

–Y que lo digas, Samuel. Y que lo digas...

»Dime que traes buenas noticias.

–El encuentro ha sido... esclarecedor. César puede ser de gran utilidad.

–Aún debemos someterlo a los nanobots. Si la prueba resulta satisfactoria, organizaré una reunión de urgencia.

–Estupendo, estupendo...

»Ahora acércate; a ver qué piensas de esto.

La incursión del hacker había dejado un mensaje que hablaba de un secreto escondido en la zona más vieja de la estación. «Siempre adelante. No te dejes engañar por el laberinto», terminaba diciendo el intruso, y Samuel, con una certeza que le sorprendió, supo que esa frase iba dirigida a él.

–Me niego a creer que sea una trampa de Nelson –comentó Sebastián desde el otro lado de la bruma de los pensamientos–; sería tan burda como pretender atraer a un ratón con queso.

–Y si así fuera, sería de una simplicidad espeluznante.

»Pero opino que nos están citando –«Que me están citando», se vio tentado a agregar.

–Samuel, tengo dudas...

–Yo no, jefe –contestó el guerrero con inesperada rapidez. Sebastián se le quedó mirando, con una curiosidad no exenta de peligro. «Quizá sepa algo que yo ignore», dejó escapar entre sus labios de sonrisa calculada, ausente el tuteo, que obligó a Samuel a confesar en voz alta la peregrina idea que había anidado en su interior a fin de eliminar suspicacias.

–Jefe, algo me dice que debemos aceptar la invitación... Y que yo he de ser uno de los que vayan.

»Llámalo intuición; no puedo explicártelo mejor.

–¡De acuerdo! –aceptó Sebastián aún con reservas; tenían muchas cosas que hacer pero no podían darse el lujo de dejar un cabo suelto–. Reúne cuanto antes a todos los hombres de los que podamos prescindir.

»Y ten mucho cuidado –terminó diciendo cuando Samuel ya cerraba la puerta del despacho–. Nunca sabemos cuándo la Muerte nos citará en Samarra(*).

 

*        *        *

 

La entrada estaba donde el mensaje decía, oculta bajo un montón de escombros en un almacén precintado tiempo atrás por las brigadas de saneamiento. El androide fue el primero en adentrarse en el pasillo descubierto, iluminado gracias al potente foco que llevaba colgado sobre su pecho de líneas redondeadas, y parapetado tras él avanzó Samuel, el láser de mano afianzado sobre el hombro derecho de la mole metálica. Cerraba la marcha la media docena de soldados con las armas prestas. En esa formación, sin el más mínimo altercado, llegaron al final del pasillo, y un mundo irreal se abrió ante ellos.

Si bien el corredor recorrido no era distinto en dimensión y forma de los que cruzaban la estación de un lado a otro, aquel en que desembocaron parecía pertenecer a un tiempo apenas soñado. Paredes, techo y suelo estaban realizados con bloques de piedra, y de unas arandelas de hierro colgaban teas apagadas. Docenas de puertas se abrían a ambos lados del corredor, tan largo que absorbía con un bostezo la luz del foco, y la superstición arraigada como la mala hierba en el campo cultivado de la mente moderna se alimentó de aquella formidable visión, amedrentando a los soldados que se encogieron en sus uniformes blindados de circuitos electrónicos.

Con curiosidad, Samuel descargó un fino haz de láser en el extremo superior de la antorcha más cercana, provocando una repentina deflagración que le chamuscó el pelo de las cejas y las pestañas. A la nueva luz estudió paredes y suelo, rascando aquí y allá con la punta de su cuchillo, y tras el concienzudo examen se acercó al grupo que se había reunido en torno a la tranquilizadora luz del foco.

–Todo es falso –concluyó con una sonrisa–. La piedra es de porexpán y las antorchas están cargadas de algún tipo de combustible que ha aguantado el paso del tiempo –el olor a pelo quemado, mezclado con el de la sustancia inflamada, persistía en el ambiente, lo que sugería una notable falta de ventilación–. Tened a mano las máscaras de oxígeno.

»¡Quiero dos parejas! Registrad la primera puerta de cada lado; estad de vuelta en diez minutos. El resto se queda conmigo.

Anduvo uno pasos mientras los grupos se desplegaban con eficacia militar, rotas al fin las barreras de la superstición. La sombra que escapaba de sus pies se adentró en el túnel y como ya hiciera Peter Pan una lejana noche en la habitación de los hermanos Darling, Samuel fue tras ella –¿Dónde encontraría una pastilla de jabón?–, hasta que no pudo distinguirla de aquellas que habitaban el lugar desde quién sabía cuándo. «Siempre adelante. No te dejes engañar por el laberinto». Entonces le entraron unas ganas enormes de reír, para sorpresa y nerviosismo de sus hombres. Desde que entrara en el corredor, Samuel creyó distinguir una pared al fondo, tras la cortina de oscuridad; no podía ser de otra forma. Cuarenta años entre las cajas de zapatos que segmentaban Rebis le decían que toda estancia tenía un final. El maestro constructor de aquel rompecabezas conocía el limitado concepto del espacio que tenían los rebisianos, y al posible merodeador se lo había nublado todavía más proporcionándole la escasa y palpitante luz de una antorcha ¿Qué se vería sin el potente foco? Un corredor con cuatro o seis salidas. A ningún habitante de la estación se le ocurriría comprobar «ese muro» que tenía ante sí, y entonces exploraría las habitaciones laterales, siguiendo el camino trazado por una mano invisible...

Siempre adelante. La certeza golpeó a Samuel con la fuerza de un meteoro. Las palabras anónimas eran de advertencia, no de aliento, y avisaban del peligro que dormitaba tras las puertas. Los soldados jamás regresarían. Con la garganta quemada por el amargo sabor de la bilis, Samuel comenzó la marcha del corredor más largo que atravesaba Rebis, siguiendo la curva de la rueda hacia una meta incierta.

B.A.: 2.017

(*) Cuento sobre el destino ideludible.

 


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