Negro 5

Por SanaLocura
Enviado el 17/07/2017, clasificado en Adultos / eróticos
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Me despertó el ruido del teléfono. Dejé que atendiese el contestador.

-Mónica, putita, ¡sabemos que estás ahí! Atendé, perdida, yegua, ¿qué tal la tiene el Negro? – la voz de Elena sonaba graciosa y a coro se escuchaba a Franco y Lucio- Tenemos que ensayar pero primero queremos saber si la tiene grande. ¡Perra, atende! Putaaaaaaa- descolgué el teléfono de la mesita de luz entre risas.

-Manicomio, buenas tardes – respondí.

-Queremos saber todoooooo- gritaron los tres guarros.- Tres años que te conocemos y nunca te llevaste a un chongo, Mónica, ¡por fin!- aullaba Elena más emocionada que yo.

-Todo bien, un caballero. La pasé bien. Y eso es todo. No pienso ventilar mi intimidad ni la del señor Negro- repliqué seria.

-Pero yo te cuento todo con lujos de detalles- contestó Elena refunfuñando.

-Detalles que no te pido.- Franco le quitó el teléfono.

-Monita: ¿cuándo lo ves de nuevo?

-No ya está, no hay un de nuevo.- Ahora Lucio contestaba.

-¿La pasaste bien? Me alegra. No le des pelota a estos dos. Mañana nos juntamos en el ensayo. Te quiero.

-Yo también rubio- respondí mientras de fondo se escuchaban los gritos de los otros dos energúmenos aullando Yeguaaaaaa te amamos.- Yo también los amo.

Prendí un Marlboro y me reí. No había sido un sueño, la llamada de los tres chiflados me habían confirmado que el Negro era de verdad aunque no les iba a decir a esos locos más de lo estrictamente necesario. Ni sospechaban que había sido mi debut, solo creían que era una mujer bastante seria con la que no se jodía, como solía decir Franco. Otra bocanada y me levanté de un salto en busca de la compu para enviar ese mail que si era de vida o muerte. Miré el acolchado color blanco y vi las manchas de sangre de mi desfloración. Suspiré y lo removí para lavarlo. Empecé a caminar y para mi bochorno sentí que no podía juntar las piernas. Me dolían músculos que ni siquiera sabía que existían, la cara la tenía paspada de tanto roce con la barba del Negro y no podía levantar los brazos: abrazarme a él había sido como hacer veinte rutinas de fuerzas de brazos. A pesar de todo me sentí satisfecha. Busqué un café, un cenicero y conecté la pc al modem, escuchando el ruido de los pulsos telefónicos. Luego del pitido característico, abrí mi Hotmail y tipie un mail para Alex, con copia a Marce, Azul y Arian. Asunto: desvirgada y feliz. En el cuerpo solo decía, reunión del aquelarre a partir de las 17hs en casa. Traigan algo de morfi. Monita

Empezaron a llover mails de mis cuatro amigas con cuestionarios, temas y minutas a tratar difíciles de reproducir sin ruborizarse. Las cuatro llegaron juntas, las cinco contando la panza de Marce. Fueron al grano directo. Las dos casadas, Alex y Arian preocupadas por si me hizo sentir bien, si estaba a gusto. Expliqué todo un poco por encima porque me abochornaba, hasta que la batuta la agarró, como me temía, Azul, la divorciada que venía de cogerse a un pibe de 18 años.

-¿Tamaño?

-No sé- contesté.

-¡No sé las pelotas! ¡Te regalamos para tus 30 un consolador! ¿Era más grande o más chica?

-No sé- rabié- nunca usé el consolador.

-Boludaaaaaa era para que lo uses- rio Azul.

-Boludaaaaaaa ¡no quería desvirgarme con un cacho de goma!

-Ahora ya está, chau himen, usalo que es divino, pero… ¿La tenía grande?

-Supongo – dudé mientras le hacía un gesto con las manos.

-Me enamoré del negro, pasámelo, son como veintitrés cm ¿en reposo o…?

La charla fue enroscándose y yo no salía airosa de ninguna pregunta.

-¿Se la chupaste?- inquirió Azul preocupada.

-No- respondí tajante

-¡Qué raro! A todos les gusta - murmuró Marcela embarazada y recién separada y se sonrojó sintiéndose descubierta.

Mis amigas coincidieron en que había hecho bien y que me cuidase, que buscase algún que otro partenaire para poder averiguar mis propios gustos. Tres eran monogámicas y casadas vírgenes. A las cuatro yo las había vestido el día de sus respectivas bodas.

-Lástima- acotó Azul- vos no te casas de blanco… puta- me dijo riéndose.

 

Pasó una semana después de que el Negro se había despedido con un beso en la frente diciéndome cuando quieras tomamos un café a lo que le respondí no tengo tu teléfono.

-Cuando uno quiere algo con esto, esto o esto, - dijo señalando consecutivamente mi cabeza, mi corazón y mi sexo- lo consigue a como dé lugar.- Tenía razón, pero no pensaba mover un dedo. La cosa había estado buena pero debía empezar a explorar otros horizontes.

Ese sábado actuábamos en San Telmo pero antes yo tenía un ensayo con Oscar para el curso de dramaturgia. Oscar era un salteño moreno, de cabellos largos y lacios, un par de años más grande que yo y médico clínico. Vivía con su novia a la que no sabía cómo dejar y usaba al teatro como terapia. Ensayábamos una obra danesa, la cama, con solo dos actores que hacían de una pareja a lo largo del tiempo y por toda escenografía una cama, la mía. Yo en pijama a cuadros, él con su ambo de doctor. Estaba de guardia domiciliaria así que aprovechábamos mientras no lo llamaran de la central. Era el segundo acto y él tenía que besarme apenas, los dos acostados. Me besó y salió del libreto.

-Decime Moni, ¿vos estás viéndote con alguien?- dijo con ese acento simpático.

-No.

-¿Seguro? Porque te estás poniendo más hembra que nunca, eso significa….

-Que decis boludeces. Volvamos al texto estábamos en…- Oscar me miró y solo me empezó a besar. No sabía Dios mío que besaba así. Le respondí con gusto, al fin y al cabo era una mujer sin compromisos.

-¡Doctor! -Le dije divertida mientras intentaba zafarme.

-Sabés que te busco desde hace meses y no me llevas el apunte- dijo aferrándome las muñecas. Sonó su celular y me soltó y habló un minuto.- Tranquila, es una gastro, que espere un rato nomás, a lo sumo se cagará encima-  me dijo riéndose. Me levanté de la cama y lo miré divertida. Su ambo marcaba una erección enorme. Sacudí la cabeza y me fui al comedor. Me siguió recriminándome.

-¿De que te reís? ¡Es tu culpa!

-Yo no hice nada.

-Pero yo si quiero hacerte- dijo acercándose para tomarme la mano y meterla en su pantalón. –Me tenés loco. Decime que sí y mando todo a la mierda.

-¿Todo es tu novia?

-Todo es todo- dijo besándome y desabotonándome el pijama. Pensé hace un mes estaba cruzando el desierto con Moisés y ahora me asedian Sodoma y Gomorra. Lo masturbé apenas y dejé que me tocase, estaba riquisimo aunque no tanto como…

Sentí la llave en la puerta, solo Franco tenía copia.

-¿Franco?- Dije intentando abotonarme la casaca.

-Sí, ¡visitas! ¿Se puede?-  Aulló mientras entraba junto con el Negro que me sonreía de par en par. El Negro me miró la camisa mal abotonada y después a Oscar y su prominente bulto. Se hizo un silencio que me pareció eterno.

-¿Interrumpimos?- dijo riéndose. Oscar lo miró y me miró a mí.

-¿Es él?

-No- respondimos los dos cortantes sin dar más explicaciones.


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