Futuro (Im) Perfecto

Por SanaLocura
Enviado el 17/07/2017, clasificado en Cuentos
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FUTURO IM PERFECTO

Apenas había cruzado la cruz blanca de cal, traspasó el molinete y aguardó a que pasara. Entre tanto pensaba aproximadamente en su futuro próximo bien próximo. «Ahora voy a casa».

                Iría a casa después de doce horas de oficina. «Voy a casa». Iría a casa y subiría los tres peldaños acostumbrados, sacudiéndose los mocasines en el felpudo color morado y pispiando el buzón en busca de la carta que nunca llega.

                Hurgaría en su bolsillo derecho. «Derecho trasero» se dijo, y hallaría la llave con el punto rojo. Abriría la puerta con dos vueltas hacia la izquierda (porque abre al revés de todas las demás). «A lo mejor hoy sí me espera». Entraría y quizás encontraría en la cocina una mujer humeante como el guiso que tal vez le preparase. La besaría. «Sí seguro, si estuviese». Acariciaría al gato de torso lustroso y pelaje aterciopelado que nunca tuvo y éste se encorvaría erizándose como un puercoespín. ¡Ah! Casi lo olvidaba… Regaría las plantas que siempre fueron de plástico duro con alambres que amenazaban con oxidarse día tras día.

                Sí. Aflojaría el nudo de la corbata. «Me produce esta sensación de ahogo infinito» pensó. Se quitaría los zapatos y la ropa dejándolos caer al azar por todo el cuarto con una desprolijidad inusitada, como nunca lo hizo. «Y que caigan donde caigan. Al tun-tun». El que jamás fumó en toda su existencia, prendería un cigarrillo. «Quizás dos». O una pipa. O un porro.

                Se serviría una medida de la botella de brandy siempre reservada para las grandes ocasiones, esa que jamás se atrevió a abrir y luego comería con la mujer que nunca tuvo.

                Cuando se fuese a la cama, probablemente le hiciese el amor-sin saber bien cómo- una vez. «O dos  veces». Se dormirían juntos, abrazados y enseguida, sin tener que hacer saltar las usuales ovejitas por las vallas imaginadas.

                «Ya». Se ducharían juntos por la mañana y juntos desayunarían. «Hummmm…»  Ella se pararía en el porche para marcarlo con un beso que nunca recibió y para verlo irse rumbo a la oficina, en el auto que nunca tuvo, porque jamás supo conducir.

                En el trabajo un día común, de ordinario: dando las órdenes que siempre acataba, cobrando el sueldo que siempre anhelaba. Y a la vuelta tendría que cruzar la cruz del ferrocarril pintada en el asfalto. Como recién nomás.

                Y no sentiría que la corbata lo ahoga ahorcándolo como un enorme brazo estrangulador, ni que hay algo que lo asfixia y le pesa en la nuca. Aguardaría en su auto descapotable frente a la barrera el paso del tren. Y no sentiría este agujero negro en el pecho y estas ganas irrefrenables de no esperar ni un segundo más y seguir caminando…


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