Negro 19

Por SanaLocura
Enviado el 12/08/2017, clasificado en Adultos / eróticos
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Despedirnos había sido una tortura inolvidable. A la madrugada me había despertado mojada, o eso creía hasta que vi la melena de Oski desparramada en mi entrepierna. Nuevamente me lamió y chupó hasta hacerme acabar.
-Sin dulce sos todavía más dulce- me dijo cuándo trepó sobre mi cuerpo hasta encararme, yo totalmente abochornada.- Por Dios amor no te avergüen...
-No me menciones a Dios mientras me lamés el clítoris- dije sin pensar.
-Tenés razón, en el fondo sos más diabla que santita.- Le pinché un brazo con un dedo-¿Te vas a cuidar?
-Vos cuídate, sobretodo ese ojo- dije mirándole el círculo oscuro que estaba adornándole la cara.-Perdón.
-Vení para acá atorranta, disculpate como se debe. –Susurró mientras me tomaba por la cintura.-Quiero más, quiero todo, tengo un arsenal de forros en esta casa: todo por tu culpa. Ya que no te voy a poder matar en la playa, ahora hasta que no ruegues por tu vida no te suelto.- Y no me soltó hasta que nos interrumpió el camión de la mudanza.

Al día siguiente pedí licencia en el laburo. Estaba hecho un monstruo. Lloraba como una idiota en pijamas, la cama cubierta de kleenex usados y Azul abrazándome.
-Dale, pendeja, ya va a volver.
-Lo sé, pero también sé que es la última vez que me lo voy a cogeeeerrrr…- lloré desconsolada.
-¿Qué decís, Mónica?
-¡Que coge divino! No, que me hace el amor divinamente, no como el otro que es un ¡FORRO! Que tiene a una mina que me amenaza de muerte- aullé entre sollozos. Azul me miró con esa sonrisita extraña en los labios.- ¿De qué mierda te reís?
-De vos, estúpida, de que no querés ver lo que te pasa de verdad.- La miré extrañada, con Azul una nunca sabía para donde iba a disparar.- Escuchame Mónica- dijo tomándome las manos- Primero No te sientas culpable porque te gusta coger…
-Pero yo…
-¿Me escuchás? Estuviste leeeeeenta para arrancar y ahora estás hecha una yegua en celo. ¡Perfecto! ¡Disfrutalo! ¡Volteáte a todos los que quieras! Es como querer recuperar el tiempo perdido. No es necesario estar enamorada para cogerte a un tipo. Eso lo decían las monjas, obvio tenía que ser uno solo y encima tu marido,… ¡y vos te lo creíste!
-Yo…
-¡Segundo!- interrumpió.- Vos ya elegiste, acéptalo. ¿Juan se llama? Te tiene agarrada de la ar-go-lla.
-Guaranga.
-¡Negadora! Me venís con que no lo conocés. ¿Qué mierda decís? Lo que tenías que conocer de él, ya lo conocés y bien que te gustó.
-Eso es lujuria.
-Dejate de recitarme el catecismo para principiantes. Te gusta Oscar porque vos lo manejás a él, vos controlás la situación… pero viene el Negro y te controla a vos. Y eso es lo que te molesta. Perder el control. ¡Perdélo de una vez, forra! Alguna vez en tu puta vida no pienses y sentí. Y tercero… Siempre tenés a Neroncito en el banco de suplentes.- Nos reímos a pesar mío.- Bolas, vos…
El teléfono sonó y Azul quiso atender pero no la dejé. La voz del Negro sonó en el contestador.
-Mónica, podes venir a…- Azul manoteó el auricular, mientras yo negaba con la cabeza.
-Hola, si acá está, te la paso.

A las dos horas estaba yo en el barrio de la Boca. Me pidió que lo espere en una esquina. Me quedé en el auto. Lo vi salir de una fábrica con otro negro altísimo, delgado y buen mozo algo menor que él. Se acercaron y se asomó por la ventanilla y me besó apenas.
-Ël es mi hermano, Lisandro... Mónica.- El pibe me miró con una sonrisa encantadora.
-Hola, un gusto. Juan, yo voy para casa, vos tranqui.
-Yo también voy para casa- acotó.
-Pero…-respondí sin entender nada.
-¿Que te pasó en la cara? ¿Estuviste llorando?- no le contesté- Bueno, a la noche estoy en el boliche, si querés venir charlamos.-Me besó la frente y se fue.


No fui no le iba a dar el gusto. A la mañana siguiente tocó el timbre de casa. Yo ya estaba despierta o mejor dicho, nunca dormí. Todos los libros de Marcel Duchamp desparramados sobre la mesa y yo intentando infructuosamente armar el programa de la materia como me había pedido Julio. Le abrí y entró. Estaba con mi camisoncito de seda corto, muerta de calor. Pispió los libros, me miró de arriba abajo, y me atrajo hacia él. Comenzó a besarme despacio y de nuevo ese fuego que no podía controlar.
-¿QC?- jadeé en su boca.
-No- contestó echándose hacia atrás.- Cambiáte, salgamos de acá.
Me tuvo toda la mañana revolviendo las librerías de Avenida Corrientes hasta que encontró una edición de Aguafuertes porteñas de Arlt. Me la regaló con un «leélo te va a gustar». Me comió la boca varias veces y una vez que me tuvo a su merced, me dijo. -
-Hoy laburo en el boliche, si querés venir charlamos.- Me besó la frente y se fue.


No fui. La escena se repitió casi a diario. Al cine, donde me metió mano hasta donde pudo. Me dejó en casa y se fue. A cenar, donde me habló de toda su vida pidiéndome que le preguntase lo que quisiera. Me llevó a casa, me saqueó el cuerpo en el palier. Y se fue. Al Museo de Bellas Artes, donde le tuve que hacer una visita guiada personalizada, intentando que tuviera sus manazas quietas, porque todos me conocían en ese ambiente. Lo invité a entrar a casa. Y entró, ilusionándome de que por fin me lo iba a comer crudo y sin digerirlo. Tomó un vaso de agua y se fue. Cuando fue a la obra de teatro, terminamos la función, fuimos a tomar unos tragos con los chicos. Le dije a Frankie.
-Se hizo tarde, veníte a casa a dormir- esperando su reacción.
-Sí, Franco, acompañala que es tarde, así me quedo tranquilo.- Me besó en la frente, y vi cómo se iba hacia la parada del colectivo.


Un sábado finalmente me llamó.
-Ya que la montaña no va a Mahoma…- empezó desde el otro lado de la línea.
-¿Qué mierda querés Negro?- le contesté en pijamas con dibujitos de Mickey Mouse y pantuflas de conejito. Me había interrumpido en medio de mi análisis del Étant donées de Duchamp.
-Necesito hablar con vos.
-Yo no…
-Mónica escuch…- Le corté hecha una furia. No había pasado ni una hora, el timbre sonó. Me asomé al palier y era él, con un inmenso bolso a cuestas y una sonrisa extraña en la cara.
-¿Qué mierda querés Negro?- repetí. Me miró de arriba abajo y caí en la cuenta de que estaba hecha un desastre. No solo mi atuendo, el pelo enmarañado, la cara hinchada de tanto llorar.
-Muy sexy- dijo entre risas apoyando el bolso en el suelo de la sala
-Pelotudo no te voy a…
-Amor, tenemos que hablar…
-¡No me digas mi amor pedazo de forro!- Hice un ademán de irme pero me retuvo por la cintura.
-Mónica- gimió- por favor escuchame.
-No- contesté tajante. Sentí sus manos callosas tomándome de las mejillas.
-Mónica, me voy, adelantaron el viaje me-voy mañana a la tarde.
Sentí un baldazo de agua fría y me puse a llorar.


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