Se viene a chorros encima de su dama

Por Eva
Enviado el 12/09/2017, clasificado en Adultos / eróticos
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Bajé la mirada y supe que ahí estaba, como un lobo hambriento por mi cuerpo, lleno de sexo para mí. Sus besos desesperados penetraban cada centímetro de mi piel.

Su desespero no me dejaba jugar, habían pasado largas semanas sin oler ese aroma de mi animal salvaje, que pedía con desespero penetrarme. La ropa estorbaba en ese sillón café hasta que la desnudez estremeció nuestros cuerpos, sedientos, locos y aventureros. Sus brazos han sido mi tentación y como no comprenderlo en ese momento cuando los reflejos de mi mirada sentían como me agarraban las nalgas, como sus crudas palmadas hacían más salvajes sus entradas en mi humedad.

Enloquecía cuando veía mi culo, aún más cuando me comía, agarraba mis nalgas, incitaba mis movimientos rápidos y sudorosos mientras buscaba mi mirada encendida para que su voz entrecortada llena de tono gimiente mi hiciera sentir, su dama, su puta.

Conocí el frío de aquel motel, mis manos acariciaban las paredes, mientras él se agarraba de mi cintura para deleitarse con mi cuerpo o quizás para mantenerse en pie ante lo que tenía en mente. Como un torbellino y con la rapidez de su cuerpo, su pene entró y salió hasta perder la cuenta, el sonido de mi culo con el rozar de su pelvis me hacía orgullosa de mi hombre. Aquel que adoraba grabar cada movimiento.

Exhaustos...pero interminables, el dulce aroma de la crema de whisky se esparció por su cuerpo, quería vivirlo, sentirlo, masajeaba su piel, su pene,mi aliento soplaba el fuego, pero estaba preparado para que la lengua de su diosa recorriera sus testículos, su pene. Nadie como ella disfrutaba tanto tener su gran tamaño en su boca, casi ahogada. La amenaza de sus ojos me ponía más inquieta, decidida le pedí sexo con lengua, mis labios estaban abiertos, húmedos y ardientes para el. Mi maestro empieza a explorarme, se funde, se pierde en mi vagina, en medio de mis gemidos lo fotografiaba, parecía perdido en mis profundidades, apretado con mis piernas, me demostraba que su lengua conocía a la perfección mi clítoris...

Respirábamos el aire caliente de esa faena interminable, donde parecíamos testigos. Nuestra imagen en el espejo, a un lado de nuestra cama dejaba ver mi cabello enredado, mis dientes mordiendo mis labios, mi mirada en medio de su elixir... sus manos estrujando mis nalgas rojas, sus ojos perdidos en mi cuerpo, sus palabras soeces... su delicada brusquedad, tan salvaje, tan mía.

La tensión de su pene aumentaba para mí... masturbándonos, viviendo el morbo, sintiendo el calor de esa mañana dominical puso su pene encima de mi vagina y me bañó a gritos, como el más animal. Solo su hembra amaba ver su semen esparcido a chorros.


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