Historias de Octubre

Por Rven St.
Enviado el 08/10/2017, clasificado en Terror
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E. amaba octubre, siempre decía que era su mes preferido del año, con sus lluvias, sus hojas de árbol regadas por el suelo, su maldito frio pero por sobre todo las fiestas paganas de la noche de brujas. Tenía cierta obsesión wannabe por el ocultismo, aunque no era algo que investigara de fondo siempre se enaltecía de ser fiel seguidora y amante de las artes oscuras, incluso usaba un absurdo "alabado sea Satanás" cuando algo salía bien en sus actividades.

Era una buena chica pero en octubre se volvía algo fastidiosa; hasta el año pasado, cuando al volver de una fiesta de Halloween, cuando se preparaba para quitarse su entallado disfraz de Harley Quinn, sintió que un par de brazos rodearon su cintura y una especie de látigo serpentino sujeto sus brazos y cubrió su boca, aunque eso no habría sido necesario pues la textura fría y aceitosa de aquello que la sujetaba y su hedor a azufre la invadieron del más horrible sentimiento de pánico que haya sentido jamás, su respiración se agitó de tal manera que no podía emitir sonido alguno a través de la mordaza que se movía lenta sobre sus labios y removía sobre su rostro la plasta de maquillaje que traía sobre su piel.

Un cuerpo se apoyó detrás de la chica sujetándola con mayor firmeza, ella podía sentir su endemoniado falo frotándose sobre sus mayas y su entrepierna, una lengua viperina lamió suavemente el interior de su oído y una voz ronca y fétida como la carne podrida le susurró despacio; -alabado sea mi señor, que escuchó mis blasfemas plegarias y me ha permitido llegar a ti esta noche, yo te he visto tantos años fingiendo devoción por mi señor, sabiendo que lo único que necesitabas era un poco de atención de los otros humanos. A ellos no les interesas un carajo pero a mí me has llenado de un deseo irrefrenable y toda mi atención la tendrás está noche y todas las demás después de poseerte-.

El entallado disfraz se desgarró en pedazos que volaron por la habitación y el demonio sometió a E. de una forma bestial, la secreción que expelía el endemoniado falo para lubricarla ardía como el aceite caliente y la textura de este era áspera como papel de lija. El sufrimiento de E. Parecía no tener fin, había pasado tanto tiempo que las lágrimas en sus ojos se secaron por completo, el dolor que sentía entre las piernas se hacía cada vez más intenso y su cuerpo estaba completamente agotado, sin embargo, el demonio era insaciable y usaba una especie de encantamiento para renovar las fuerzas de su víctima y el intenso dolor que sentía se convertía en el más exquisito y multiorgásmico de los placeres, pero esta pausa ritual duraba solo un minuto, cuando las renovadas energías de la chica estaban listas, volvía el tormento de la posesión, cada vez más intenso que el anterior y las pausas de placer de E. también duraban cada vez menos; un minuto, cincuenta segundos, cuarenta, treinta...

Era un festín de sensaciones para el cuerpo de E. que no entendía lo que pasaba y maldecía a su creador a la vez que lanzaba oraciones hacia él pidiendo ayuda con los vagos recuerdos de su católica educación de la infancia.
Cuando el tenue brillo del alba se filtró por las persianas de la habitación, el demonio colocó a E. sobre la cama para luego convertirse en un denso vapor de azufre y se introdujo por todos los orificios del cuerpo de su doncella para tomar un merecido descanso y renovar fuerzas para la noche siguiente.

La posesión de E. duró por varios meses, la influencia del demonio dentro de su cuerpo le prohibía poder decir una palabra de lo que pasaba y su fuerza no permitía que ella se acercara a una iglesia para pedir ayuda. Sólo a través de algunas pistas que dejó una persona cercana logró descifrarlas y consiguió que un experimentado sacerdote echara al demonio fuera del cuerpo de E.

Cuando el exorcismo terminó, la antes poseída mujer volvió a su rutinaria vida y aunque trataba de olvidar, el recuerdo del demonio la atormentaba cada noche, incluso el roce de las sábanas le producía una sensación de horror por lo que dejó de poner cobijas sobre su cama. Y si bien, no se convirtió en una mujer religiosa después de lo que vivió, octubre dejó de ser su época favorita del año, con sus lluvias, sus hojas de árbol regadas por el suelo, su maldito frio pero por sobre todo las fiestas paganas de la noche de brujas.


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