La furgoneta

Por José Ángel Muñoz Moreno
Enviado el 21/05/2013, clasificado en Intriga / suspense
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La furgoneta, esa furgoneta. Negra con franjas blancas en todos los costados y con palabras escritas en rojo en idiomas que no comprendo y que creo que nunca comprenderé. Larga e imponente. Parecía salir de la niebla que reinaba en ciertos lugares. La primera vez que la vi fue en Madrid. ¿La calle? General Martínez Campos. Paseaba distraído escuchando música en el móvil. Hasta que la vi. Me fascinó, nunca había visto una furgoneta igual. No era como tanta otras, era única. Parecía que estaba ahí por alguna razón. Dejé de mirarla y pasé de largo, no pensé que volviera a verla. Me equivocaba. Los siguientes días descubrí aterrorizado que la furgoneta estacionaba cerca de los lugares a los que yo iba y que pasaba todos los días. Del camino a mi casa después de un largo día de estudios, allí estaba. Después de quedar con unos amigos en calles céntricas y no tan conocidas, allí estaba. Empecé a sospechar de ella, la furgoneta no estaba allí por casualidad. Día tras día estudié sus movimientos y la conclusión me aterró, cada día estaba más cerca de mi casa. Decidí averiguar si me vigilaba por toda la ciudad. Salí una tarde, me puse los ariculares y empecé a caminar sin un rumbo fijo, aparentando estar distraído. La furgoneta se encontraba aparcada a escasos metros de donde yo estaba. Seguí caminando, apartándome el lugar. El ruido de un motor encendiéndose, ya está, la furgoneta había empezado a seguirme. Al contrario de los demás coches, iba muy lenta y de una manera sigilosa. Empecé a caminar más rápido y procuré meterme por calles que fueran menos accesibles a los vehículos. Pero continuó siguiéndome, acelerando el ritmo. En una rápida decisión me metí en una tienda de libros. A través del cristal observé si aún seguía allí. No estaba. Había decidido bien antes, las calles por las que caminaba no eran las mejores para aparcar rápidamente. Aliviado, y tras echar un rápido vistazo a algunos libros que me interesaban pero sin comprar nada, salí de la tienda. Me había quitado un peso de encima, esa furgoneta había sido el centro de todos mis pensamientos esos días, comía pensando en sus siniestras palabras, cenaba recordando sus colores llamativos e hipnotizantes y pasaba largos minutos antes de dormir en mi cama analizando por qué me seguía, qué quería de mí. Tras mucho pensar, me di cuenta de algo, nunca había mirado al conductor. No sabía cuál era su identidad ni si le conocía. Decidí pasar del tema. Durante semanas, no volví a verla ni me volví a preocupar de ella. Llegué a olvidarme tanto que incluso me replanteé si la furgoneta no había sido más que imaginaciones mías, nada real, producto de una mente que a veces creaba figuras invisibles que aterrorizaban. Esas semanas la calle volvió a convertirse en la de antes. Ya no miraba con miedo todas las esquinas y carreteras esperando que estuviera ahí. Madrid volvió a ser una ciudad alegre, ya no estaba dominada por nadie. Pero volví a verla. Esta vez acababa de salir de casa para ir a correr. Al principio pasó inadvertida. Mientras corría por las calles madrileñas con la música alta para evitar el ruido del tráfico, no vi que una sombra negra y blanca me llevaba siguiendo unos minutos. Seguí corriendo hasta llegar al centro deportivo del Canal de Isabel II, pero antes de entrar me di cuenta de que me había puesto las zapatillas que no solía utilizar para correr. Me di la vuelta...y la vi. Allí estaba, con los mismos colores de siempre y con los cristales tintados. Incluso el cristal delantero lo estaba, no podía ver a través de él. Nunca descubriría quién se encontraba conduciéndola. Pero eso ahora mismo me daba igual, lo importantes era huir. Creo que nunca he corrido tanto como en ese momento, los edificios de Madrid no parecían más que sombras de colores que se evaporaban y dejaban de existir. Desgraciadamente, las calles estaban más transitadas por algunos viandantes que otros días, por lo que en algunas tuve que hacerme paso mediante empujones. Me miraban con asombro, no entendiendo por qué. Parecían no ver la enorme furgoneta que me seguía a escasos centímetros de la acera. Cambié de dirección, volví sobre mis pasos para intentar despistarla. No funcionó. El vehículo viró bruscamente hacia la derecha, se metió en la acera y volvió a acelerar. Yo salí a la carretera moviendo los brazos pidiendo ayuda, pero parecía que nadie veía la furgoneta asesina. El mundo seguía igual mientras yo estaba viviendo mis últimos momentos con vida si la situación no cambiaba. Paré el tráfico y me metí en un taxi. Insté al conductor a avanzar rápidamente sin importar el lugar, pero apartándose de la furgoneta. Intenté decirle de qué estaba hablando, intenté que me creyera, parecer convincente. Le señalé hacia atrás indicándole qué furgoneta...pero ya no estaba. El taxista había empezado a llamar a la policía, por lo que salí cuanto antes del taxi. No estaba, pero yo sabía que se estaba escondiendo, que no era más que un plan como otras veces. Y así fue, salió de una calle secundaria cuando yo cruzaba. Pude evitar a tiempo el atropello pero sí me lleve un gran empujón y caí al suelo. La pierna derecha no me respondía, me había hecho daño. Con dificultad, apoyé todo el peso del cuerpo en la pierna izquierda y seguí caminando. Pero todo  se había acabado ya. Ya no podía correr, ya no podía huir, ya...no tenía fuerzas para seguir. Caí. El suelo, duro, sólo significaba para mí el sabor de la derrota. El hombre pierde ante la máquina. La vista se nublaba por el cansancio y por los dolores de la pierna. Pronto no sería más que historia, un muerto más que aparecía en unos periódicos que nadie se molestaría en leer. Ya muy debilitado, aún pude observar cómo la gente seguía caminando sin pararse a ayudarme, ni siquiera se dignaban a mirarme. Seguían a lo suyo, mirando los móviles que esclavizan, o riéndose cogidos  de la mano de algún familiar como si contaran anécdotas de un pasado que ya estaba lejos. Los coches que circulaban por la carretera eran cada vez menos, la carretera se estaba quedando desierta. Allí, en medio de ella, se encontraba la furgoneta. En un último empeño en percibir con total nitidez, creí ver que los coches pasaban por ella. La atravesaban y seguían con su recorrido. Pensé que ya estaba delirando y que me faltaba poco para rendirme. Pero parecía verdad. Desde allí, la furgoneta lucía translúcida, difuminada, podía ver el reflejo de los edificios que se encontraban en la otra acera además de las personas que caminaban por ella. El rugido furioso de un motor me hizo volver a la realidad. La furgoneta había vuelto a la acción. Entonces sucedió. El sol ya se había escondido detrás de los edificios de Madrid cuando un monstruo negro y blanco de cuatro ruedas, con palabras escritas en rojo se abalanzó sobre mí.


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