Bar Brasil

Por Still Waters
Enviado el 10/01/2018, clasificado en Cuentos
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Angy sirve vinos y cañas la tarde de nochevieja en el Bar Brasil. Siempre sonriente, simpática y amable con su fiel clientela desde que abrió hace diez años en un barrio alejado de gente obrera. De vez en cuando alza su copa de champán, bajando la música grita dirigiéndose a su animada clientela:

- ¡Feliz nochevieja y próspero año nuevo! -repite una y otra vez - Os espero a todos después de las uvas. Yo invito a la primera copa. ¡Feliz Año Nuevo! ¡Fiesta!

Poco a poco se van marchando los parroquianos no sin antes dedicarle besos y bendiciones desde el otro lado de la barra, Angy corresponde con risas, guiños y frases impregnadas de buenos deseos.

Poco más de las nueve y media, Angy ya está sola, baja la persiana, le queda recoger, limpiar y organizar la velada, sabe que en cuanto coman las uvas a las doce en punto, unos minutos después se llenará el bar y debe tener todo preparado.  Champán, mucho hielo, recena, vajilla limpia, confetti y serpentinas, los globos, la música; pone especial cuidado en que no falte de nada, sabe que estando sola cualquier error de previsión le puede arruinar la noche.  Debe conseguir que una vez entren al bar no salgan hasta que o estén completamente borrachos y no puedan beber una copa más o tengan los bolsillos vacíos.  Esta noche es importante hacer caja,  la experiencia le dice que pasada la Navidad la gente no gasta hasta semana santa.

Se sienta un rato en la cocina del Bar, sin música, sin televisión, sin ningún ruido, en paz, cansada.  Trabaja demasiadas horas, pero es imposible contratar a alguien que la ayude, el negocio no da para tanto.  Deposita en la mesa junto a la taza de caldo que será su cena dos portarretratos con las fotos de su marido y su hijo, ambos muertos en su país natal al otro lado del charco.  Al marido lo mató una bala perdida en una refriega entre bandas, la dejó viuda con tres hijos.  Fue su novio desde la infancia, el primer chiquillo se lo hizo con diecisiete, los otros poco después.

A las pocas semanas de enviudar Angy decidió irse lejos, no podía ver cómo su familia pasaba hambre mientras los asesinos de su difunto  campaban a sus anchas.   Llegó a España para buscarse la vida en situación semilegal, es decir, legal si no te pillan.  Enviaba todo lo que podía, cuando podía.

Su hijo mayor, el primero, apenas dieciocho, se enamoró de quien no debía, le quitó la novia a alguien poderoso, se la juró, duró dos semanas.  Lo asesinaron delante de toda la familia con advertencia de silencio incluida.  Ese golpe fue el más duro de su vida, no lo ha superado; avisaron de su muerte una semana después del entierro, "para que no sufriera tanto", le dijeron.

Sujeta el tazón con las dos manos, mientras sorbe el caldo piensa que Antonio y José no se han dignado en pasarse en todo el día.  Antonio y José son sus amigos/amantes.  Antonio es contable, funcionario de Hacienda, hijo de viuda come-santos adinerada, vive con ella subyugado a sus caprichos; si su madre supiese que todos los martes por la tarde comparte lecho con una mujer de color lo desheredaba inmediatamente.  Aún y con ello se las apaña para librarse una tarde por semana; aunque no estaba escrito ni hablado explícitamente, Antonio le lleva todos los asuntos contables y le gestiona cuantos documentos sean necesarios, de vez en cuando también le hace algún regalo, a veces dinero. Angy se ríe para adentro cuando dobla con cuidado la ropa antes de acostarse con ella.

José es diferente, empresario, casado y adinerado, simplemente le gusta la juerga y salir de caza por las noches, Angy lo caló a la primera, se informó y se dejó cazar.  Con José queda cualquier noche excepto los martes claro está.  Un casado es una bendición, no se enamorará de ella y guardará silencio, virtudes fundamentales en estos asuntos.  Tampoco tiene contrato firmado pero se las apaña para sacarle cada mes unos cientos de euros, para el alquiler, una necesidad urgente de algún hijo, pequeños caprichos, averías en el local.  Y José, boca caliente y cartera rápida enseguida le soluciona esas pequeñeces.  A veces se acerca por el Brasil con algún amigo para mostrar su trofeo, Angy lo intuye pero no dice nada.

Con ninguno de los dos sale en público, ni cine, ni calle, ni cenar, ni paseos; o por su madre, o por su esposa; no se lo pueden permitir.  Angy contenta, así aprovecha los fines de semana una vez cerrado el bar para ir a una discoteca latina del centro, allí bebe y baila, allí ella es la cazadora, si ve alguna presa interesante la persigue hasta conseguirla; le gustan especialmente los hombres jóvenes musculados de su color, tiene un lema: "si te entiendes bien bailando te entenderás bien en la cama".  Angy sabe por la forma de bailar si esa pieza es buen semental, no se equivoca nunca.

Esta hormiguita trabajando todas las horas del día sin descanso, siendo muy restrictiva con los gastos, mas lo que saca a sus dos amigos es capaz de enviar todos los meses dinero para su familia.

Sentada, sumergida en sus pensamientos/recuerdos se pregunta <¿Qué hago aquí? ¿Hasta cuándo? No quiero volver, no quiero quedarme aquí>.  No le falta nadie con quien estar pero siempre está sola.

Los petardos y cohetes la devuelven al mundo real. <ya han sido las campanadas, debo recoger y abrir rápidamente, que no se vayan del barrio sin pasar por aquí>

Se pone de nuevo la careta de felicidad, sonrisa tallada a cincel, y va recibiendo con copas de champán a todo el que entra en el Brasil, de nuevo besos, abrazos y felicitaciones, música a tope, whiskey, cubata o gin-tonic, que no falte de nada. Es Navidad.

Still Waters


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