El Pardalót

Por Pegaro
Enviado el 11/01/2018, clasificado en Reflexiones
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En mi último viaje a Valencia, en una de las excursiones que logré hacer para visitar la ciudad, me llevaron, -entre otras visitas-, al Mercado Central.-

Cuando llegamos a la Plaça del Mercat y justamente frente al edificio de la antigua Caja del Mediterráneo, sorprendido por el exceso de gentes  y el bullicio de vendedores y compradores en los innumerables puestos de ventas, así como en los bares y establecimientos  colindantes en los aledaños del Mercado Central,  me vino a la mente en dicho instante, -ante las imágenes que veía-, la triste historia que algunos autores valencianos quedaron en sus relatos, para la posteridad, sobre la leyenda urbana que dicho mercado tenía.- 

La leyenda decía que durante los fríos meses de invierno, llegaban a la ciudad, procedente de las áridas y frías montañas de Teruel padres e hijos, -como corderillos asustados-, que visitaban dicha plaza para proceder a la intención que  dicho viaje les llevaba hasta allí.-

El podre muchacho, arrancado de su monótona actividad de cuidar animales en el monte y ataviado con sus tradicionales trajes de panas deslustrados, rodilleras y piezas descoloridas, en costuras torcidas y deshiladas y el pañuelo anudado a las sienes como una estrecha cinta, era allí conducido a “ hacer suerte “, o por lo menos, con la intención de librar a la familia de una insaciable boca, nunca harta de patatas, legumbres y todo lo producido en sus míseras tierras.- 

Llegaban allí, conducidos por sus falsas creencias de que en la ciudad, corría el dinero libremente por las calles, y con sus míseras vidas en sus casas, la abundancia de hijos a los que tener que alimentar, y la cándida creencia de que en las grandes ciudades estaba la fortuna, llegaban hasta allí, miedosos, encogidos, vergonzosos y como si pidieran limosnas,  a ofrecer a su “chiquet” como siervo o criado, al servicio del comercio, y sobre todo al servicio de la casa del dueño del establecimiento.-

Cuando tenían la suerte de ser aceptado por algún comerciante que lo acogían, para todos los quehaceres de la casa y negocio, el autor de sus días, después de derramar algunas lágrimas de despedida, se volvía a su casa, contento y dichoso, por la liberación del problema que tenia y con la esperanza de que en no mucho tiempo, recibirían en la familia, carta del hijo, que a partir de ese momento, dejaban de tener.-

Si por el contrario, la suerte no era propicia, y después de recorrer todas las tiendas y negocios de la zona no encontraban ninguna que lo aceptase, entonces se producía lo que la inhumana leyenda urbana predicaba.-

Vagaban padre e hijo, por las inmediaciones  del Mercado Central, tristes, abatidos,  estrujados por los empujones y aprieto de los insensibles compradores y venteros, que al contemplarlos, los alejaban de sus negocios, imaginando personas deshonestas.-  Y atraídos por una misteriosa fuerza, daban con sus huesos en los escalones de la  Lonja de la Seda, frente a la fachada de la Parroquia de los Santos Juanes, a contemplar la Torre del reloj, flanqueada por dos Santos Juanes y sobre todo a observar la veleta que corona dicha torre y conocida como la veleta del Pájaro de San Juan o Pardalót.-

Cuando el inocente retoño, incitado por su padre en la contemplación del pájaro, que se meneaba  a causa del viento, y entusiasmado por lo que veía, nunca visto para él, aturdido por el ruido y voces del lugar, no se percataba de que su ancestro, ayudado por la bulla y el ruido, se escurría entre la multitud, abandonando a su vástago en espera de tiempos mejores y con la esperanza de haber puesto a su hijo en el camino de la fortuna.-

El chiquillo, cuando se daba cuenta de la desaparición de su progenitor, llorando y berreando, en busca del padre, corriendo entre las gentes, era observado por los comerciantes de la zona y adivinando lo ocurrido decían: ¡A otro que han engañado!.- Y, por fortuna, nunca faltaba algún generoso y bonachón comerciante,  que acordándose de sus orígenes y tal vez, recordando esta misma escena y situación, acogía al muchacho, bajo su protección,  en su negocio y casa, aunque no estuviera necesitado de sirviente.-

 


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