Résistance. Capitulo 2

Por LuisaVV
Enviado el 13/01/2018, clasificado en Amor / Románticos
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- Como sabe, mis padres me dejan cursar solo los estudios elementales ya que, después, mi obligación será ayudar a mi madre hasta que encuentre marido. Mi hermano Paul es el que está destinado a realizar una carrera universitaria. Pero, Señorita Madeleine, yo quiero estudiar química, o física, o matemáticas. Quiero ser como Madame Curie.
- Un deseo muy loable, Fabienne, pero ¿como puedo ayudarte yo?. Aunque lo intentara, dudo mucho que pudiera convencer a tus padres.
- Lo sé. Lo que le pido es que me enseñe. En casa están acostumbrados a que yo este todo el día deambulando por ahí. Mientras esté en casa a la hora de las comidas y la de dormir, no me echarán de menos. ¿Usted me daría clases fuera de horario?.
Ella me miró con la ilusión pintada en la cara y la llama de sus ojos negros relució por un momento.
- Estaré encantada. Te ayudaré hasta donde mis conocimientos me permitan. Luego... Cruzaremos ese puente cuando lleguemos. Por ahora nos queda mucho trabajo que hacer.
Así me embarqué en un proyecto que no sabía donde me llevaría pero, y estaba completamente segura de eso, se iba a convertir en el único objetivo alrededor del cual iba a girar mi vida a partir de ese momento.
Durante tres años dediqué todo mi tiempo a estudiar. Absorbí todos los conocimientos que la Señorita Madeleine puso a mi disposición y, luego, todos los que pudimos extraer de libros especializados. Ella, no sé en que momento, dejó de ser mi profesora para convertirse en mi colaboradora, mi amiga.
Una tarde de 1940, Madeleine cerró el libro que yo tenía delante, me miró muy seria y me dijo:
- Fabienne ha llegado el momento de cruzar el puente. Tienes que hablar con tu padre. Aquí ya no hay nada más para ti, tu única oportunidad es matricularte en la Sorbona.
En mi casa habían ocurrido muchas cosas en el último año. Cuando el 1 septiembre de 1939, los nazis invadieron Polonia, en mi pequeño pueblo nos enteramos por la radio y no le dimos demasiada importancia. Era algo que nos quedaba lejos y la vida continuó como si nada. Excepto para una persona.
Mi padre, cansado de que mi hermano Paul dedicara su tiempo y el dinero que le daba a mujeres y vino, le lanzó un ultimátum. Si no se ponía a estudiar como un loco, lo enviaría a la montaña a cuidar de las ovejas y no le permitiría bajar más.
Al verse entre la espada y la pared, de manera espontánea, la llama del patriotismo inflamó su alma. Decidió alistarse en el ejército. Yo no entendí su decisión así que, fui a pedirle explicaciones. Entre en su habitación como una tromba, hecha una fiera. Me planté delante de la cama donde permanecía tumbado y le grité:
- ¿Es qué acaso te has vuelto loco?.
El me miró con su sonrisa socarrona, con aquella calma que hacía que me enojara todavía más y, con voz dulce me pregunto:
- ¿Qué te pasa mi pequeña fierecilla? ¿Por qué estás tan enfadada?.
- ¿Qué se supone que pretendes conseguir alistándote, Paul?.
- ¡No me riñas!. ¿Te imaginas lo guapo que voy a estar con el uniforme?.
Le miré echando chispas por los ojos. El se puso serio por primera vez.
- Me ahogo aquí, mi pequeña. Papá pretende que haga algo que nunca podré pero tampoco quiero quedarme atado a esta granja, a este pueblo para siempre. Necesito ver mundo, conocer a otras personas...
- ¡Conquistar otras mujeres!, le interrumpí.
Él rio y sus carcajadas fuertes, alegres, francas inundaron la habitación desmontando mi enfado.
- Mi amor, yo puedo ser muy tonto pero, puedo ver que tienes un gran futuro por delante. Eres la persona más inteligente y más luchadora del mundo. Tienes que ir en pos de tus sueños sin permitir que nada ni nadie se interponga. Y como a ti, también a mi me corresponde correr tras los míos. Yo estaré siempre orgulloso de ti como lo estoy ahora.
Me abrazó y me besó fuerte, como cuando era pequeña y lloraba en las noches, presa de las pesadillas.
- Te quiero, Paul, le dije, y como permitas que algo te pase, ¡te mato!.
- Tranquila, fierecilla, estoy acostumbrado a sobrevivir.
Fue la última vez que pude sentir el calor del cuerpo de mi querido hermano, ver su preciosa sonrisa despreocupada y luminosa, oír su voz fuerte y varonil.
Tuvimos el terrible honor de ser de las primeras familias en recibir el fatídico telegrama. Ese que, a partir de entonces, recibirían millones como nosotros. En él se nos informaba que Paul había muerto en una incursión en Holanda.

A partir de ahí mis padres perdieron el gusto por la vida. Se movían por la granja como almas en pena, sin hablar. La tristeza se instaló en todos los rincones, de tal manera, que hasta acabó afectando a los animales. En un visto y no visto, mi padre perdió sus rebaños, víctimas de la enfermedad y de la falta de cuidados.
Una noche, a la hora de cenar, con infinita tristeza, me dijeron que habían decidido vender la granja. Mi padre me habló como nunca antes lo había hecho, con una mirada directa y todo el amor de su corazón en la expresión.
- Fabienne, para nosotros la vida a dejado de tener sentido. Mantener la granja sin nadie a quien dejársela, tampoco lo tiene. Sabemos por la Señorita Madeleine que eres una estudiante muy prometedora así que, hemos decidido venderlo todo. Con el dinero que nos den compraremos una casa con un pequeño terreno para huertos. Allí estaremos tranquilos lo que nos quede de vida. Te daremos a ti el resto del dinero para que puedas ir a estudiar a París. Haz que nos sintamos orgullosos de ti.
Yo me había quedado sin palabras. Nunca pensé que mi futuro, de alguna manera, estuviera en el pensamiento de mis padres.
Y así, casi sin darme cuenta, embarcada, como todos, a merced de los embates del destino, recogí mis pocas pertenencias y abandoné el único mundo que hasta entonces había conocido.
Era el verano de 1940 y París acababa de ser declarada "ciudad abierta".


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