Duérmete niño (1 de 2)

Por George Peterson
Enviado el 11/02/2018, clasificado en Terror
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1

 

Duérmete niño, duérmete ya. Cierra los ojos, deja que el sueño se acerque a ti, te acoja en su cálido abrazo y te transporte al mundo onírico. Ese mundo del que tú eres dueño, fabricado a imagen de tus deseos y esperanzas, repleto de seres a los que amas, en los que confías, de gente que necesitas en tu vida. Un mundo alegre y hermoso, idílico, en el que los cielos azules iluminan las fantasiosas escenas, los rostros felices y los bellos paisajes.

Ves ante ti un futuro prometedor, un porvenir lleno de esperanzas, de oportunidades, de ilusiones. Tienes toda tu vida por delante, un destino lleno de dicha y colmado de prosperidad.

Pero hay algo que no está bien, que comienza a cambiar lo que ves. Negros nubarrones aparecen tras el horizonte, trayendo oscuridad y llevándose la alegría, dejando temor y robando felicidad, tornando los bellos sueños en espantosas pesadillas. El futuro se marchita, las promesas del porvenir suenan a crueles mentiras y tu feliz destino se desdibuja bajó una sucia pátina de sufrimiento y desesperanza.

Sientes que no tienes el control, que nada de lo que sucede depende de ti. Y estás en lo cierto. Ya no eres el amo y señor de ese mundo, ahora soy yo quien manda.

Ya eres mío.         

Intentas despertar, deseando escapar de esa irrealidad repleta de horrores, dejarme atrás y huir a la seguridad del mundo real. Y lo consigues…

…pero no del todo. No, a mí no puedes evitarme.

Despiertas ahogando un grito, empapado en sudor y con el corazón latiendo como si quisiera escapar de tu pecho. Con los ojos abiertos de par en par, eres incapaz de ver. Todo está oscuro, la negrura de tus sueños te ha perseguido hasta el mundo de la vigilia.

Entonces tus recuerdos, las terribles reminiscencias de la pesadilla, comienzan a desvanecerse a medida que tu vista se acostumbra a la oscuridad. Tu pulso se tranquiliza, tu alterada respiración se acompasa a un ritmo más sosegado, tu miedo se diluye en la conocida seguridad de lo que te rodea.

Sin embargo yo estoy allí. Al principio no lo sabes, pero solo es cuestión de tiempo que te des cuenta. Sientes mi presencia, una forma difusa en la penumbra que te acecha, que absorbe el poco valor que te queda, que aguarda el momento en que tu terror sea máximo. La calma que se había ido apoderando de ti después de despertar se ha esfumado, como si nunca hubiera existido. El pavor te envuelve. Puedo sentirlo, puedo verlo y puedo olerlo.

No me conoces, pero sin duda has oído hablar de mí. Nadie me conoce porque nadie me ha visto jamás. Sin embargo todo el mundo sabe de mi existencia.

Yo soy el miedo, la desazón, la angustia. Soy ese sentimiento tan atroz que te paraliza, que te hace sudar a pesar del frío, que te obliga a cerrar los ojos aun cuando sabes que debes permanecer alerta. Soy la sombra en la oscuridad que toma la forma de tus temores, el crujido de suelos y paredes en medio del silencio, la gélida brisa que hace ondear cortinas tras las que se ocultan ventanas cerradas.

Las voces que escuchas cuando estás en soledad son mis susurros en tus oídos, llenos de palabras zafias, carentes de humanidad y cargadas de emociones viles y crueles. El bello se te eriza, la piel se te pone de gallina y un hormigueo recorre tu espalda. Sientes una caricia en la piel, y antes de sobresaltarte lo achacas al roce de la ropa, tal vez de las sábanas con las que te cubres en un vano intento de pasar inadvertido. Pero en tu interior sabes que todo eso no son más que excusas, elucubraciones de tu mente para justificar tu miedo, porque sabes que la caricia ha sido real. Todavía notas el calor del contacto, el áspero cosquilleo que permanece como un recuerdo volátil, la quemazón del veneno que mis manos han dejado sobre tu piel.

Entre lágrimas y mudos sollozos mueves los labios en silencio, rezando tus oraciones a un Dios que no puede protegerte y que siempre ha hecho oídos sordos ante las plegarias que piden ayuda. Dios no escucha tus palabras, pero yo sí. La única contestación que recibes son mis carcajadas, la estridente risa que se burla de tus ridículos medios para protegerte.

Huelo tu miedo, el acre sudor que te envuelve, tus ansias por salir corriendo a un lugar seguro. Pero ambos sabemos que no te moverás. Ni siquiera la imperiosa y extrema urgencia de vaciar la vejiga puede hacer que abandones la falsa e ilusoria seguridad que te proporcionan las mantas. No, prefieres mojar la cama antes que renunciar a tu santuario.

Mis nombres acuden a tu mente con la inútil esperanza de que conocer mi identidad restará verosimilitud a mi presencia: el Coco, el Monstruo del Armario, el Hombre del Saco, la Cosa Bajo la Cama. Sí, soy todos esos, y muchos más, pero ninguno es mi verdadero nombre. Y aunque lo conocieras, tampoco tendrías ningún poder sobre mí.

 

 

 

----CONTINÚA----

 


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