Duérmete niño (2 de 2)

Por George Peterson
Enviado el 11/02/2018, clasificado en Terror
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No puedo negar que aterrorizarte sea divertido, pero hacerte pasar miedo no es el motivo de que venga a visitarte. Ha llegado el momento de tomar aquello a por lo que he venido, lo que de verdad necesito de ti, lo que me ha de servir como alimento.

Quiero sorber tu alma, al igual que tú bebes el agua que te calma la sed; necesito aspirar tu esencia, lo mismo que tus pulmones precisan inhalar el aire cargado de oxigeno; anhelo saborear tu vida, tal como tu boca degusta los deliciosos sabores de los alimentos con los que te nutres.

Puede que todavía dudes de que yo sea real, que sigas pensando que no soy más que el desagradable poso de tu reciente pesadilla. Sin embargo esas posibles dudas desaparecen cuando me acerco a ti, el instante en que apoyo mi cuerpo en tu cama, en el momento en que tu colchón se hunde bajo mi peso. Sabes que, si existe una última oportunidad de escapar, es esa. Aun así eres incapaz de moverte.

Las lágrimas que resbalaban de tus ojos se han convertido en auténticos ríos que surcan tus mejillas. Deberían ser calientes, pero la cercanía de mi presencia las vuelve frías como la escarcha. Siento que tiemblas, a pesar de que aprietas con fuerza las mandíbulas para que los dientes no te castañeteen. Giras tu rostro, intentado desesperadamente evitar que mi mirada confluya con la tuya, y me muestras el bello erizado de tu nuca. Todo tu cuerpo, empapado en sudor, despide un calor febril que contrasta con las volutas de vapor que despides con tu aliento.

Me coloco a horcajadas sobre ti y doblo mi cuerpo para acercar mi cara a la tuya. Tienes los ojos cerrados, pero mi voluntad es infinitamente superior y eres incapaz de presentar batalla. Aunque intentas resistirte con todas tu fuerzas no tardas mucho en ceder, y es entonces cuando nuestras miradas se cruzan. Tus pupilas, completamente dilatadas, son dos pozos que conducen de la forma más directa hacia tu interior, a tus miedos más primarios, a tus secretos más ocultos, a tus deseos más depravados.

A ese lugar es al que quiero llegar, el terreno donde podré dar rienda suelta a mis necesidades y en el que daré buena cuenta de ti.

Ahora que me tienes tan cerca ya no puedes reprimirte más. El terror ha alcanzado su punto álgido, y solo entonces los primitivos instintos de supervivencia salen a relucir. Gritas con todas tus fuerzas, y tus alaridos desgarran las paredes de tu garganta. Pataleas y te revuelves, haciendo que las sábanas y mantas se enrollen sobre ti y te aprisionen todavía más. A mí todo eso ya me da igual, ya te tengo en mi poder, sé que no tienes escapatoria.

Centro todo mi poder, toda mi voluntad, en los oscuros pozos que son tus ojos. Como si de agujeros negros se tratase, absorben mi cuerpo, ahora etéreo, y me veo transportado de nuevo a ese mundo con el que soñaste un rato antes. No a la hermosa versión que para ti representa la felicidad, sino a esa otra cubierta de nubarrones negros, a la pervertida visión que trasformó el bonito sueño en una aterradora pesadilla. Aunque todo lo que veo es exactamente igual que lo que ya había visto antes, sé que hay una importante diferencia, una que necesitaba y que he forzado: no estás dormido, este mundo no es soñado.

Ahora formo parte de ti, puedo campar a mis anchas por los recovecos de tu mente, tomar para mí lo que desee, hacer que pienses lo que yo quiera y que actúes de acuerdo a mis designios. Te has convertido en una marioneta, y yo soy quien maneja los hilos.

Y tú, todavía tendido en la cama, no has notado el cambio en tu interior, ni lo notarás nunca. Por fin comienzas a superar el miedo, a respirar con más tranquilidad. Ya no te sientes tan intranquilo, e incluso llegas a dudar de que el terror que te tenía atenazado fuera real. Por la ventana, detrás de las espesas cortinas, se asoman los primero rayos del alba, que te infunden algo de valor para acomodarte mejor entre las sábanas.

Una voz que nace en algún lugar de tu mente resuena en tu cabeza: ‘Duérmete niño, duérmete ya’. Y tú obedeces. Te sientes muy cansado y los ojos te pesan. Los cierras sin temor alguno, ahora ya no hay nada a lo que tener miedo. En menos de un minuto te sumes en un profundo sueño sin sueños. Mañana será otro día, y comenzarás a ver el mundo con otros ojos. Los míos.


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