Leticia y Benita. 15

Por benito
Enviado el 07/05/2018, clasificado en Cuentos
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Por la mañana a primera hora, lo primero que hizo Benita fue preparar otra bicicleta vieja que tenía allí, en el estacionamiento de los trastos. Pero esta vez, no solo preparó una bicicleta, sino también una cadena oxidada del nueve para amarrar la bicicleta. Cuando llego al almacén de Enlatal eran las 9:50. Benita estaba encadenando la vieja bicicleta a la farola, cuando oyó decir <<Te quieren pegar Benita, ten cuidado>> había salido de la boca de Carmen, estas palabras. Benita se rió por dentro, sin preguntar siquiera quien podía ser. Agradecía la información, por supuesto, pero también le parecía algo infantil. Benita no estaba acostumbrada a ese tipo de estúpidas cursiladas. Benita se alimentaba y mucho de la ignorancia (esto no le va a gustar mucho a FranciscoMiralles articulista de Relatos.com, que defiende lo contrario en un relato llamado La Era De La Estupidez. Un saludo amigo), por eso cuando escuchó <<Te quieren pegar, ten cuidado>> le entro la risa floja, llevándola al patio del colegio <<No hay mal que por bien no venga>> se decía pensando retrospectivamente, llevándola a la infancia. La mañana había transcurrido sin ningún incidente, es cierto que, había habido miradas mal enconadas y gestos simplones, por parte de algunas trabajadoras, pero por lo demás, la mañana había sido la mar de tranquila.

Aquel sábado habían terminado a las 14:00 horas. Pasaban cinco minutos de las dos de la tarde. Benita desencadenaba la bicicleta, cuando de repente se acerco una muchacha con la cara bien maquillada, de ojos brillosos negro grande, dientes chiquirrininos y encías grandes anchas del color de las venas.

-Te voy a decir una cosita… ¡una cosita!...muy bien dicha, tía. No te vayas a creer que tú aquí, te vas a comer a la gente cruda –Dijo ahogándose, la muchacha de la cara pintorrea.

Benita cuando escuchó y vio las seis primeras palabras salir de la boca de la muchacha, cogió el paquete de Manitou y empezó a liarse un cigarrillo, diciéndose << ¡Ah-fu. Vaya por Dios!>>. Hubo un silencio largo, cuando la de la cara pintada volvió a hablar:

-No escuchas o qué…tía. Estás sorda o te lo haces, tía. Conmigo no ¡Eh! –Enfatizó la muchacha en la última frase.

-¡Explícate! O al menos inténtalo. Porque todavía no me he enterado, lo que te molesta –Dijo Benita encendiendo el cigarrillo y prosiguió –Si usted, me dijera su nombre podríamos tener una conversación, como la gente –Terminó de decir Benita.

Detrás y al lado de la muchacha que hablaba, había seis o siete chavalas, haciéndole compañía. Se oyó una voz que venía de las acompañantes, que decía <<Díselo Vane, díselo>>. Otra voz, de otra de las acompañantes decía <<Déjaselo clarito, clarito, a la fulana>>.

-Aquí las que, reparten el bacalao somos nosotras ¡entiende! –Dijo la muchacha refiriéndose, que allí las que mandaban eran ellas y nadie más.

Benita se partía el culo de risa por dentro y se decía <<Esto no me puede estar pasando a mi ¡qué vergüenza! ¡Jesús!>>. Benita se hizo la ignorante y siguió el juego.

-Ah, sí. Entonces ¿ustedes sois las encargadas de repartir el bacalao que enlatamos en la empresa? Ah-ja. Qué bien, yo me alegro por ustedes –Dijo riéndose por dentro.

Entonces el ambiente se alboroto y aquello se convirtió en un absurdo. Una de ellas decía:

-Ay la pobre que no se ha enterado –Decía una con lastima.

-Wajan wajan –Se reía otra como una chalada.

-A esta criatura le falta un hervor –Decía otra, llevándose la mano derecha a la boca, como asustada.

-Deja a la encartonada de mala cara, que la chiquilla no se entera ¡de la misa la mitad! Déjala Vane, déjala –Decía otra con mala fe y riéndose, refiriéndose a la delgadez de Benita.

-Ja ja, ¡Mira! ¡Mira! parece la hermana delgada de Bridget Jones, la del diario –decía otra, refiriéndose a la protagonista de la película El Diario De Bridget Jones.

Benita disfrutaba como un niño disfruta en la plazoleta con un helado Frigo-pie derritiéndosele en las manos. Benita fumaba como Sharon Stone en instinto básico, disfrutando y contemplando a aquellas muchachas con gestos y desorbitas risas, como si estuviera en el sofá de su casa viendo una serie de humor por televisión.

Entonces aquello pasó a ser una anécdota graciosa (al menos eso le parecía a Benita, una lindísima tontería) en la vida laboral de una trabajadora. Encendió el Mp3, se coloco los auriculares, cogió la bicicleta y se fue en dirección a la casa, pensando en lo que iba a hacer, mañana domingo.


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