Calor

Por LuisaVV
Enviado el 17/05/2018, clasificado en Intriga / suspense
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Relato dedicado a mi buen amigo Edgar A. Poe y su cuento " La esfinge". A la vez intenta ser un humilde homenaje a "La ventana indiscreta" y el gran maestro A. Hitchcokc.
Los que intentamos escribir no podemos huir de las influencias.

Aquel verano se presentaba especialmente virulento. Se alcanzaban temperaturas record desde primeras horas de la mañana. El ambiente era sofocante hasta tal punto, que se podían apreciar los vahos de calor escapando del asfalto a punto de derretirse. Una sensación de pegajosa humedad se adhería a la piel, uniéndose íntimamente con los riachuelos de sudor constante que se escapaban por todos los poros.
Las noches eran aún peores. La temperatura daba un pequeño respiro pero la humedad no. Por tanto, el aire cargado e irrespirable, hacía imposible el descanso nocturno.
La única manera de luchar contra el insomnio provocado era permanecer delante de la ventana, con la esperanza de cazar al vuelo alguna pequeña ráfaga de aire y degustarla con deleite.
Este tipo de condiciones atmosféricas fomentan un duermevela muy especial. Un micro sueño que solo se da, auspiciado por un cansancio extremo. Es tener todas las funciones corporales a tope menos una. El cerebro entra en una especie de stand by que genera una huida de los pensamientos a regiones fuera de lo racional.
Situaciones así producen monstruos, alucinaciones que pueden ser individuales o colectivas dependiendo de la capacidad proselitista del paciente cero, el primer individuo atacado por ella.
En este caso, el paciente cero, era muy sensible a la enfermedad. Operario de una fundición, adolecía de manera especial de agotamiento, debido a las duras condiciones de su oficio.
Llevaba días sin que un sueño reparador de ocho horas lo acompañara. Su estado físico y mental era perfectamente reconocible en el color macilento de su piel y en las sombras oscuras que adornaban unos ojos hinchados y enrojecidos.
El domicilio de nuestro hombre poseía un gran ventanal, un ojo indiscreto que se abría a una pequeña plaza rodeada de otros edificios. Una noche, desesperado, se apostó con una silla ante el, en un intento poco eficaz para luchar contra la canícula.
Hipnotizado, miraba sin ver la placita central, agujero negro del que solo se distinguían las sombras de los escasos árboles rodeados de un sutil velo de niebla. De repente, una sombra captó la atención de sus ojos semicerrados.
Se trataba de un hombre cubierto con algo parecido a una gabardina y que cargaba un bulto a su espalda. Debía ser algo pesado pues, le obligaba a caminar despacio y tremendamente inclinado hacia adelante.
Era difícilmente entendible que alguien tuviera capacidad para realizar ese esfuerzo sin dejarse influir por las condiciones climatológicas extremas.
Muy sorprendido hizo lo que todos cuando nuestro cerebro no puede creer lo que nuestros ojos ven, mirar alrededor por si alguien más había sido testigo de la extraña aparición.
Y sí, justo a la misma altura, en el edificio de enfrente, llego a ver en el momento en que se apagaba una luz, como una sombra se escondía tras la cortina.
Se acerco más al borde del vano abierto y, comprobando que se le viera bien, hizo un gesto al otro testigo.
Comprobó que había sido visto cuando la sombra, apenas distante, se movió rápidamente. Un momento después se encendía la luz del piso vecino. El inesperado resplandor dejó ver a una chica de unos veintitantos años, despeinada y sorprendida, que se había cubierto con una fina bata, de manera precipitada.
- ¿Has visto eso?. Le preguntó él en un tono alto pero comedido.
- Sí, claro. Raro ¿no?. Contestó ella con el mismo volumen.
Inmediatamente los agujeros negros que horadaban las fachadas de los bloques cercanos empezaron, poco a poco, a transformarse en luciérnagas que acabaron inundando de luz el lugar del extraño avistamiento.
Decenas de personas iniciaron una discusión generalizada donde se lanzaron todo tipo de conjeturas sobre la naturaleza de la aparición.
Hubo innumerables opiniones, pero la más generalizada era la que apostaba por algún tipo de sátiro nocturno que, amparado por la oscuridad, transportaba en un saco a la víctima de sus más bajos instintos.
Al final, tan solo consiguieron llegar a un consenso. A la noche siguiente todos permanecerían vigilantes. Si el individuo volvía a aparecer, al encender las luces a la vez, dejarían al individuo sorprendido y expuesto. Entonces caerían sobre él y le detendrían para entregarlo inmediatamente a las autoridades pertinentes.
Sorprendentemente, los acontecimientos se desarrollaron tal y como habían sido programados. El único que no cumplió con el guion fue el sátiro que, bajo el resplandor brillante de decenas de bombillas, quedó reducido a un operario del servicio de limpieza. La sospechosa gabardina se convirtió en un impermeable con el logo de su empresa y el saco donde supuestamente cargaba a su víctima, en una enorme manguera que el sujeto utilizaba para regar las calles.
Al ver esto, la tensión se relajó a través de una carcajada generalizada. El operario de la limpieza siguió su camino con un movimiento incrédulo de cabeza y los vigilantes permanecieron unidos mediante una conversación que se fue extinguiendo poco a poco.
¡Esta bien, esta bien!. ¿Decepcionados por el final?. Mi imaginación también desapareció con la luz de las ventanas pero haré un esfuerzo más. Solo para satisfacer a los más exigentes.
Al día siguiente la ciudad fue atacada por enormes tormentas. Rayos y truenos que presagiaban el fin del mundo. Cielos negros que, al abrirse, dejaban escapar litros y litros de agua.
Cuando todo se hubo calmado, el ambiente se había refrescado mucho, proporcionando así a los insomnes una tregua para poder recuperar el sueño perdido.
La placita volvía a estar en penumbra y, los ojos vigilantes que la habían acompañado, disfrutaban hoy de un descanso reparador.
De repente apareció, como la noche anterior, una sombra vestida con un impermeable y un saco pesado a su espalda. Pero esta vez pasó algo diferente. El prisionero del saco consiguió deshacerse de la mordaza y emitir un grito ahogado de socorro.
El sátiro bajo el bulto, cogió una enorme piedra y le asesto a la carga un tremendo golpe que no solo acalló los gemidos, sino que produjo una gran mancha oscura en la tela.
Al momento volvió a cargarlo a su espalda y desapareció. Todo esto se desarrollo sin testigos, como muchas noches anteriores a esta cuando, el calor, no propiciaba testigos indeseados.


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