El hombre que no pudo ser persona

Por Rober
Enviado el 28/05/2013, clasificado en Drama
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Nació del pecado. Era el paradigma de la vergüenza y el deshonor. El mundo no le debía conocer.

 

Su madre tenía trece años cuando él fue concebido. Era la única hija de aquel matrimonio católico, fervoroso de Dios y de todos los santos. Vivían en un pequeño pueblo de la católica Irlanda, en la primera mitad del siglo XX.

 

Tras el ocultísimo parto, el abuelo del niño quiso desprenderse de él. Matarle, tirarle por un barranco, ahogarle y tirarle, entre mantas, a la basura. Pero la madre niña y la abuela se negaron. Podía castigarles el Señor, con más fuerza, por ello.

 

La solución fue el aislamiento absoluto en un pequeño y hermético cobertizo (de menos de dos metros cuadrados y aproximadamente, un metro y medio de altura), construido a tal efecto por el joven abuelo, al fondo del establo.

 

Transcurridos unos seis meses desde su nacimiento, el niño fue trasladado al cobertizo. Le daban la comida, una vez al día, por una pequeña ventana, la cual, el resto del día, permanecía cerrada con una oxidada chapa de metal. Únicamente durante el primer año y medio de vida del niño, su madre o su abuela le ayudaban a comer, siempre con desgana, siempre mostrando desagrado, siempre dándole ordenes, siempre gritándole por cualquier razón. El niño en ningún momento recibió ni una pizca de amor.

 

A partir del momento en que los miembros de la familia juzgaron que, mal o bien, el niño podía valerse por sí mismo, la puerta fue cerrada a cal y canto. Nadie entró nunca al cobertizo a partir de aquel momento; y, él no salió hasta muchos años después.

 

El niño creció oyendo casi exclusivamente el relinchar de los caballos y el mugir de las vacas. Y viendo las cuatro miserables paredes que confinaron su vida.

 

Pasaron uno, dos, cinco, diez, quince años …

 

La madre de la bestia (nombre con el que empezaron a llamarle) se casó con todas la bendiciones eclesiásticas, con un hombre llamado Ian. Y tuvo dos hijos, una niña y un niño, que crecieron rodeados por todo el cariño, amor y comprensión cristianas que sus padres y abuelos les podían dar. Quizá porque la bestia no había recibido nada de ello, la familia se volcó con los nuevos miembros.

 

Ian, el padre de los niños, y los propios niños cuando tuvieron unos pocos años, de vez en cuando, se acercaban a la casa de la bestia. Le miraban, con estupor y espanto, a través del ventanuco. Era ya un hombre hecho y derecho, pero absolutamente salvaje tanto en su aspecto (casi todo el cuerpo cubierto de pelo, larguísimas uñas, greñas y barba; y sucio, horripilantemente sucio) como en su comportamiento.

 

Normalmente, estaba quieto y quizá algo asustado. Observaba a sus observadores. A veces, cuando los niños se metían con él, gritándole, insultándole, tirándole piedras…, (para ellos era un animal, no una persona) la bestia reaccionaba bruscamente, acercándose abruptamente al ventanuco, emitiendo sonidos ininteligibles. Por lo general era totalmente dócil. Obedecía todas las órdenes caprichosas de los niños: ahora siéntate, ahora abre la boca, ahora enséñanos el culo, ahora la pilila. Así aprendió unas pocas palabras.

 

A veces le veían masturbarse, acto que hacia, obviamente, con total naturalidad. Eyaculaba delante de ellos y se quedaba tranquilo, se dormía. Ian se preguntaba qué fantasías sexuales podría tener ese ser. En qué pensaba cuando consumaba el acto sexual solitario. Trataba, sin mucho éxito, de ocultar estos actos a sus hijos.

 

Ian comenzó a sentir una mezcla de sentimientos hacia la bestia; pena, angustia, curiosidad, cariño…

 

Cuando los abuelos murieron y la bestia tenía más de treinta años, Ian decidió sacarle de su sepultura en vida.

 

Le lavaron, le cortaron el pelo, le vistieron. Aprendió más palabras. La bestia se dejaba hacer, obedecía sin objeción alguna todo lo que le mandaban. Era absolutamente dócil, sumiso… No hacía nada por su propia iniciativa, excepto, algunas veces en las que, él solo, huía y se metía en el cobertizo. Parecía que allí se sentía seguro. El mundo era hostil para él.

 

Quisieron enseñarle a comer correctamente, a hablar… pero los avances fueron lentos, desesperanzadores. Él no ponía nada de su parte. Actuaba con total indiferencia; quizá con miedo. Probablemente, solo pensaba en esconderse en el cobertizo.

 

Un día que se quedó solo en la casa, cuando la madre volvió, le encontró tumbado en el cobertizo con un gran cuchillo de cocina atravesado en su pecho. No se movía, no respiraba.

 

La bestia nunca pudo superar la brutal falta de apego sufrida en su niñez (y en casi toda su vida). Así creció y murió, con una absoluta carencia afectiva, incapaz de sentir amor, cariño, empatía… Su vida fue un absurdo sufrimiento que duró treinta y tres años.


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