EL VERDADERO GÉNESIS 1

Por franciscomiralles
Enviado el 03/06/2018, clasificado en Cuentos
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Allá en  la noche  de los tiempos, en una aldea perdida entre los ríos Tigris y Eufrates iba un joven  y atlético cazador de renos llamado Adán en una solemne procesión acompañando ala diosa de la fecundidad con unos enormes senos que era una emanación de la Madre Tierra, la cual  era fecundada mediante la lluvia por el dios-cielo, y paría al hijo-árbol que daba unos frutos que alimentaban aquella población. Claro que a veces el árbol moría a causa de alguna epidemia pero milagrosamente éste se convertía en semilla y renacía de nuevo, por lo que para aquella gente el tiempo había adquirido una dimensión circular. Lo que Adán no sabía era que al cabo de muchos siglos dicha diosa de la fecundidad sería asumida por el Cristianismo que la convirtiría en la Vírgen María.

El caso era que Adán hacía unos meses que se había fijado en una atractiva mujer de cabello castaño, y ojos del mismo color llamada Eva y la quería tomar por esposa; mas ella que era una chica bastante altiva apenas había reparado en él porque lo consideraba un pobre diablo que vivía a salto de mata y no ofrecía gran seguridad económica. Pues a decir verdad en aquella época, a tenor de la veneración que aquella población sentía por la diosa de la fecundidad, que era una proyección sacralizada del sexo femenino, la costumbre era que en una tribu predominara el matriarcado; así que tanto la educación como los derechos de la herencia de los hijos de la misma dependían únicamente de la madre, o de su familia en detrimento del padre. Pues a éste se le ordenaba a cazar, a procrear, y a callar.

De súbito aquella fiesta se vio bruscamente sacudida por grandes migraciones extranjeras que no se sabía de qué lugar procedían, quizás del sur de Rusia, que a diferencia de los montaraces de aquella zona que eran de piel oscura y de mediana estatura, ellos eran altos , rubios, y de piel blanca; los cuales eran unos agricultores sedentarios y venían con sus familias. A estos extranjeros se les llamaría más tarde indoeuropeos cuya lengua era el ario que sería la raíz del latín y otras lenguas, y se extenderían por medio mundo; infiltrándose asimismo en la Administración Central de aquella aldea.

Adán consciente de que necesitaba mejorar su nivel de vida para fundar su propia tribu se fue a buscar trabajo en la hacienda de un terrateniente indoeuropeo llamado Iván llamada EL JARDÍN DEL EDÉN, en la que había toda suerte de árboles frutales y también había ganado vacuno.

-¿Y por qué quieres cuidar de mi finca cuando tú eres cazador? - le preguntó Iván con prepotencia al solicitante.

- Es que la caza está en crisis, y con lo poco que gano vendiendo las pieles de los renos ninguna mujer me hace caso.

- ¿Ah si? ¡jajaja! - rió con sorna Iván-. Pues en eso la culpa la tenéis los hombres. Con esto de que las féminas son un rflejo de la Madre Tierra las tenéis en un pedestal para que os cuiden y os dejen fornicar. Por tanto os tienen subordinados a vosotros a su voluntad. Por tanto si tú te casas con una mujer mezquina querrá que tú seas igual que ella incluso a través del chantaje emocional. De lo contrario no te dejará vivir en paz. Pero este dominio femenino muy pronto va a cambiar - anunció Iván-. Si la diosa de la fecundidad tiene hijos, ¿quién los engendra? El varón. ¿Y quién pasa los mayores peligros para poder alimentar a la familia? El varón también. El hombre es el falo fecundador; el centro de todo. Y si no fuera por él no habría vida.

Mas el terrateniente sintió una rara conmiseración de aquel sujeto, y decidió contratarlo de guarda en el JARDÍN DEL EDÉN.

Adán bien pronto pudo comprobar el drástico cambio que se operó en las costumbres de sus congéneres, ya que cuando fue al templo a orar a la diosa de la fecundidad, ésta había sido sustituida por la estátua del dios-señor con una espesa barba, y con una severa expresión que intimidaba a las feligresas que solían ir a merendar  en los alrededores de dicho templo puesto que el temor reverencial que estas sentían hacia la divinidad se confundía con el respeto, puesto que él era el responsable de provocar los desastres naturales si se consideraba que estaba enfadado con su pueblo si no le rendía una incondicional pleitesía.

Por otro lado Eva también percibió aquel cambio, y presa de indignación fue a ver a la sacerdotisa de la comunidad llamada Inshart, que era una mujer de mediana edad, con una psicología excepcional para ver si con un ritual mágico podía solucionar aquella mala situación.

-¡Ay hija mía! Hay que aceptar lo inevitable. Si no puedes vencer al enemigo únete a él - le dijo la sacerdotisa en su rústico sillón-. He tenido un desagradable sueño en el que se me ha revelado que esta situación machista durará muchos miles de años.

 

 

 

 

 

 


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