EL VERDADRO GÉNESIS 2

Por franciscomiralles
Enviado el 03/06/2018, clasificado en Cuentos
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-¡Pero esto es una injusticia! Las mujeres debemos de luchar para que los hombres nos vuelvan a tener en cuenta! - protestó Eva.

-Nosotras, directamente no podemos hacer nada. Estos extranjeros lo diminan todo. Pero tampoco hay que desesperar, porque los hombres por mucho que hablen y griten, siguen dependiendo de nosotras. De nuestra sexualidad. Asi que nosotras indirectamente podemos seguir influyendo en sus mentes... pero en la cama. Los machos moverán al mundo, pero nosotras les moveremos a ellos.

Y en efecto, en la mayoría de las tribus el patriarca de las mismas que era quien se comunicaba con el dios-padre de sus antepasados, tenía las concubinas que quería, y decía lo que se tenía que hacer... siempre con el benepácito de su señora.

Mientras tanto Adán que se hallaba empleado en aquella inmensa finca rural en la que apenas daba golpe, empezaba a sentir en su ánimo una negra melancolía. ¿De qué le servía aquel renumerado trabajo si  estaba más solo que la una?

De manera que Iván que se percató de aquella situación, con el objeto de que aquel trabajador recuperara las ganas de vivir y rindiera más en su quehacer, decidió buscarle una pareja femenina, y le presentó a una mujer de rasgos orientales que llevaba la contabilidad del templo llamada Lillith, con la que Adán durante los primeros meses se lo pasó en grande,porque la tal Lillith en la cama al inocente Adán le enseñó muchos juegos eróticos.Sin embargo una vez pasada la novedad de aquella relación, un día en que Adán regresó a su vivienda después de dar tumbos por aquel Paraíso y estaba hambriento, le pidió a su pareja:

- Oye Lillith. Dame el almuerzo que vengo muerto de hambre.

- ¿El almuerzo? Pues no he hecho nada - le respondió ella indiferente.

Adán dio un respingo.

-¡ Pero mujer! ¿Cómo es eso? - le inquirió él molesto.

-¡Mira Adán! ¡A mi no me vengas con exigencias! Tú también tienes que cocinar, que yo trabajo igual  que tú, y tengo mucha responsabilidad en el Templo, y no estoy dispuesta a ser tu sirvienta - le respondió ella en un tono agresivo-. Para que te enteres, el hombre y la mujer son iguales. De manera que es a tí a quien le toca preparar la comida. Y luego friega los platos. ¡Pero que queden bien limpios, eh!

- ¡Pero es que yo no sé cocinar! - exclamó Adán con un frío en el estómago.

-¡Pues aprendes que ya es hora!

-Buenom, pues enséñame tú.

-¿Yo? Ni hablar. Espabílate, que a mí no me ha enseñado nadie. Es bien fácil.

- Y si no me sale bien la comida tú me la tirarás a la cabeza. ¿No?

- ¡Ah, no sé! Tú verás - expresó Lillith con desdén.

Aquello no podía ser, para Adán su pareja era una rebelde, una impertinente que le haría la vida imposible. En consecuencia era preciso ir a quejarse a su jefe Iván a ver si entre los dosencontraban una solución. Y en efecto, esta no tardó en llegar porque Iván se lió con Lillith, puesto que ella admiraba  el relumbrón del amo del idílico Paraíso. Así que una tarde en la que Adán estaba echándose una siesta, cuando éste despertó se encontró en su habitación a su patrón en compañía de la tan deseada Eva que la había hallado de casualidad paseando por la calle.

- Te presento a tu nueva compañera llamada Eva, que la tendrás que proteger porque a partir de ahora seréis como un solo cuerpo - le dijo Iván a su empleado con una sonrisa.

Adán que en el fondo era un pusilánime se sintió cohibido ante aquella chica que se reía sin cesar ya que recordaba que cuando él la abordó ella le había dado calabazas por considerarlo un hombre sin futuro. Mas ahora que Adán trabajaba para aquel rico indoeuropeo su percepción hacia aquel sujeto había cambiado radicalmente y ahora lo miraba con simpatía.

-¡Bueno! ¿La quieres por esposa o qué? - le preguntó Iván a su subordinado.

-¡Sí, sí...! ¡Claro que la quiero! Hace tiempo que voy tras ella - respondió Adán.

Entonces Iván quiso enseñarle a la recién llegada sus posesiones, y los tres fueron paseando tranquilamente a lo largo y a lo ancho de la finca bajo un sol abrasador, que obligaba tanto a Adán como a Eva - tal era el grado de inocencia de los dos- a andar completamente desnudos sin sentir vergüenza alguna; ya que era como si estuviesen en un campo nudista de la época.

De repente Iván se detuvo frente a un viejo manzano llamado "El Árbol del Bien y del Mal" y en un tono solemne advirtió a sus acompañantes:

- Mirad chicos. Podéis comer todos los frutos que os plazca de esta finca, menos de este manzano. ¡A este ni tocarlo, porque sino me vaís a oir! ¿Entendido?

Los dos jóvenes se encogieron de hombros con extrañeza, si  comprender a qué venía aquella prohibición. Desde luego la gente rica tenía unas manías muy raras, pero que no había más remedio que asumir.

 

 

 

 

 

 

 


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