Tierra Ninja (3era Parte)

Por Piranna Lector
Enviado el 31/05/2013, clasificado en Intriga / suspense
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Había llegado una persona muy conocida por el pueblo. El Maestro Maotan fue enviado de parte de los señores feudales que todavía dominan esta región, y no quieren parte con el Shogun; han decidido hacer las cosas “mejor”, o así lo explican hacia la gente, y quieren enviar una respuesta por los daños ocasionados. Fueron varias las casas dañadas, los robos, la desaparición del barco y la muerte del pobre Kutto.

       Todo ese día, el Maestro se encargó de organizar las actividades que su equipo luego llevará a cabo. Desde un patio junto a la gran casa del señor Lynn, dueño de buena parte de la región. Maotan hablaba con sus subordinados acerca de recluir nuevas fuerzas de oposición. Cincuenta elementos ya capacitados lo acompañaban. Sus oficiales fueron por todo el pueblo buscando muchachos y hombres un poco más maduros para integrarlos al ejército de oposición.

       Todos los que fueron reclutados se reunieron en poco más tarde en la gran casa, donde Maotan y su escolta yacían vestidos con sus armaduras de color azul.

       Como a las diez en punto nocturnos, alrededor dedoscientos hombres fueron recibidos por oficiales de Maotan. Conforme iban llegando eran enviados a las filas donde cada nuevo integrante debía permanecer en silencio y con los brazos a los costados.

       Joko y su hermano fueron unos de los últimos en llegar; después de un rato y cuando no llego nadie más, un soldado cerró el portón.

       El lugar estaba lleno de hombres; todos ellos bien formados y en silencio esperando que Maotan saliera a darles la bienvenida. En eso, de adentro de una carpa aparece el casco y el claro rostro joven del Maestro Maotan. Se dirigió al frente de la multitud e inclinó su cabeza como era de costumbre y hablo:

        “Nuestro pueblo sigue siendo lastimado por el invasor. Esta vez se ha pasado de la raya y por lo tanto, les he pedido su ayuda para enfrentarlos. Esta tarde el enemigo fue visto reunido a unos diez kilómetros, hacia el sudeste. Es imperante que tomemos acción, y pronto, que si es necesario invadirlos, pues adelante. Por lo pronto nos urge que se capaciten enseguida. Serán recompensados por sus esfuerzos, sin duda. Y comida no les faltará, ni a sus familias.”

       La multitud estaba unida. El discurso del Maestro había surtido efecto y los nuevos soldados parecían estar de acuerdo con él.

       A cada soldado se le entregaba una espada. Estas habían sido traídas en un cargamento meses antes, y habían sido guardas muy discretamente; hoy eran entregadas a los pueblerinos.

        

5. A la mañana siguiente, muy temprano las actividades de reparación comenzaron. La gente volvía a poner el tejado a sus chozas que habían sido consumidas por el fuego. Los nuevos soldados andaban esparcidos por el pueblo haciendo diversas tareas.

       Joko y su hermano habían sido encomendados una tarea muy delicada. Se les dio órdenes de vigilar al regimiento de invasores rojos (Shogunes) desde un punto, cerca de una colina y con amplia visibilidad. En un caballo los dos hermanos se trasladaban a los diferentes puntos y por horas miraban hacia el panorama, y reportaban a sus superiores acerca de las actividades de aquellos bandidos.

       Un día después por la tarde se reunieron en la gran casa, y a puerta cerrada eran ordenados y puestos a duros entrenamientos. Diversas oleadas de hombres llevaban un cantico y marchaban. Unos más se apartaban y hacían ejercicios para los brazos. Por el lado del portón, un maestro daba instrucciones en el manejo de la espada. Sus gemidos y vociferaciones eran escuchados a lo lejos.

       El pueblo ya contaba con algo de protección. Se habían puesto vallas alrededor y en puntos estratégicos. En la tarde se miraba como un grupo de soldados formaba una larga línea en el exterior de la pared de la gran casa.

       Esa tarde Joko y su hermano se percataron de que los invasores preparaban todo para moverse del lugar donde acampaban. Poco a poco las tienditas de campaña eran levantadas y guardadas. Joko pudo apreciar cuando el jefe de aquel grupo de alrededor dedoscientos,encimado en su caballo, y con su imponente traje hablaba en voz alta con su regimiento.

       Una hora después aquel grupo marchaba hacia el sur. En fila iban todos y los que iban encima de un caballo permanecían detrás o a los costados; el jefe y sus tenientes iban en el medio de aquella multitud.

        _Tu te vas a quedar aquí escondido, mientras yo los sigo,_ Joko le dice a Motto.

        _No! yo quiero ir contigo,_ el menor contestó.

        _No! necesito moverme rápido. Mira corre hacia aquel boscaje y encuentra un buen escondite. Cuando regrese y me mires, sal y subes al caballo rápidamente de un salto.

        _Pero ten mucho cuidado,_ con preocupación, Motto deja ir a su hermano en persecución del Shogun.

       A todo galope el joven Joko estaba determinado en perseguirlos. El viento golpeaba su cara, los árboles permitían que este avanzara sin posibilidad de ser detectado. De pronto los perdió de vista; fue entonces que hizo una maniobra muy inteligente y buscó una colina con mucha vegetación. Al subir al punto más alto, por un momento no ve nada, pero de repente escucho el sonido de las patas de varios caballos. Era un grupo de vigilancia del Shogun, que al parecer daba una vuelta para asegurarse de que no eran seguidos. Joko se agazapó y por un instante tuvo miedo de que si llegaban al escondite de su hermano pudiera ser fatal. Imploraba no lo encontrasen. Pero unos diez minutos después el ruido de aquellos caballos venia de vuelta; fue cuando Joko levanto su cabeza y pudo ver que iban de regreso hacia la multitud.

       El joven rebelde toma su caballo e ingeniosamente busca una brecha; así logro llegar más cerca del la multitud que rápidamente atravesaba el bosque, no muy lejos de la orilla del mar. Así duró siguiéndolos por el tenebroso bosque, por más de dos horas, hasta que finalmente la multitud de guerreros hizo un alto. Joko pudo ver cuando ellos hacían la actividad de merienda. De pronto las fumarolas empezaron a aparecer; después de reconocer el área, fue cuando el joven decide emprender el viaje de regreso.

       Al regresar al escondite, su hermano emite un silbido y sale corriendo, sube al caballo y se alegran de verse, enseguida regresan al pueblo.

 

6.  El Maestro Maotan recibió a los hermanos inmediatamente en su carpa, dentro de la gran casa. El caballo arribó y se detuvo enfrente de los aposentos del Maestro.

        _Señor los vi…ya se movieron,_ Joko informa al superior.

        _¿Qué tan lejos?_ preguntó Maotan.

        _Unos quince kilómetros, al sur, y cerca de la costa.

        _¿Viste cuantos eran?

        _Alrededor de doscientos y unos treinta caballos.

       El Maestro cobro una tez de asombro; su rostro pálido del semblante de un lobo, parecía haber visto un peligro notorio.

       Maotan agradeció a los jovencitos por la información. Dio ordenes a los súbditos que desde hoy en adelante Joko tendrá el puesto de Jefe de Vigilancia, y deberá recibir el entrenamiento apropiado inmediatamente, cual será del cargo de uno de los soldados de más experiencia.


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