Ilusión

Por Rober
Enviado el 03/06/2013, clasificado en Reflexiones
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Noches cálidas y plácidas. Chicos contra chicas jugábamos a “tres navíos en el mar” (un escondite colectivo) en los maizales. El mundo era amable.

 

Durante mi niñez y adolescencia pasé todos los veranos, o gran parte de ellos, en el pueblo de mis tíos. El pueblo estaba a quince kilómetros de Bilbao, donde yo vivía; pero para mí era un viaje a un mundo de ilusión, donde me liberaba de la escuela, primero, y del colegio, después; de los deberes, de mis muchas horas en casa, de esa triste monotonía del invierno bilbaíno.

 

Mis padres se quedaban en la ciudad y yo iba al pueblo con mi abuela. Allí estaban mis tíos y mi prima; esperándome con una expectación casi comparable a la mía propia. Ellos sabían que yo en el pueblo era feliz y se sentían partícipes de esa felicidad, que en el fondo, ellos me proporcionaban.

 

Recuerdo los viajes en tren; mi abuela y yo, en el mes de junio. Las sensaciones, casi palpables, de las paradas en las estaciones que no había visto desde el año anterior. Recuerdo mi felicidad, mi nerviosismo, mi ansia por llegar al pueblo.

 

Para mí, el pueblo era sinónimo de libertad, de naturaleza, de despreocupación, de juegos al aire libre, de amigos; esos amigos que reencontraba, que estaban allí cada verano.

 

En los últimos años (dejé de ir a los catorce) el pueblo, siempre indisolublemente unido al verano, era también el marco para el Tour de Francia, la música pop, las primeras lecturas de Enid Blyton o Mark Twain…

 

En setiembre, la ilusión se acababa, me embargaba la tristeza, aparecían las lágrimas. El tren en dirección contraria; las estaciones hostiles volverían a ser luminosas un año después.

 


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