La muñeca Rota (Parte 1)

Por EM Rosa
Enviado el 17/04/2012, clasificado en Ciencia ficción
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Se despertó de golpe, de un tirón, con la sensación de haber dormido mucho, demasiado. Tenía leves recuerdos de un cansancio atroz, devastador, casi terminal. Sentía la boca seca y una sed descomunal, también hambre. Había mojado los pantalones pero afortunadamente había podido soportar las ganas de defecar. Parecía que había dormido días…

Toda esta evaluación apenas si le llevó cinco segundos, luego todos sus sentidos de combatiente veterano se activaron.

Buscó su arma y la encontró a la izquierda, junto a su pierna, se tocó por todo el cuerpo en busca de heridas pero no encontró nada, se calzó el casco y mantuvo la cabeza a reparo. Sin embargo lo único que encontró a su alrededor fueron ruinas y silencio. Mientras vigilaba el entorno, el extraño y poco familiar entorno, trató de hacer memoria, de rebuscar en su mente los antecedentes de su situación.

Pero no encontró nada, no podía recordar como había llegado allí, parecía como si su memoria de corto plazo se hubiera extinguido. Una vez se convenció de la ausencia de peligro se fue poniendo lentamente de pie, manteniendo la espalda encorvada. Así fue deslizándose lentamente por el terreno, avanzando metro a metro, atento a cualquier movimiento, al más mínimo sonido. Pero el silencio y la quietud era lo único que lo rodeaba y eso lo desconcertaba. Había entrado en el ejército a los dieciocho, cuando su país llevaba ya tres años en guerra. Tenía veintiséis y era un auténtico sobreviviente, un experto combatiente y un sobresaliente asesino. El homicidio se había convertido ya en algo habitual, cotidiano y necesario. Había ascendido a capitán recientemente y veía la muerte de los suyos y ajenos como los movimientos necesarios de una partida de algún macabro juego donde solo importaba la consumación del objetivo. Su alma había muerto hacía ya mucho pero, ¿quién podía reprochárselo?. En la época en la que normalmente un joven busca sus primeras experiencias laborales, él estaba matando para sobrevivir. Cuando debió estar enamorado, pensado en hijos y en familia, un hogar, inviernos al calor de los leños, el estaba matando para sobrevivir. Fue así que la guerra se hizo su vida y no sabía que, fuera de ella, ya no tenía futuro ni lugar, que una vez finalizada la contienda sería una baja más, solo que seguiría respirando.

Lo que más lo desorientaba era el silencio. Estaba habituado a los cadáveres, la carne corrupta, las ruinas, los gemidos de los heridos y moribundos, las explosiones de los disparos y las bombas, el hedor de la carne quemada, los gritos, los ruegos pidiendo ayuda… Eso era su elemento, pero esto lo desconcertaba. La demolición producida por la artillería había hecho un estupendo trabajo en el lugar, observaba todo esto mientras se desplazaba por el terreno, y había logrado una nutrida cosecha de bajas. Todos los caídos eran enemigos y eso le arrancó una juvenil y cínica sonrisa del rostro, ese rostro de piel percudida y sucia, arruinada por años de barro y sangre. Su uniforme camuflado estaba hecho jirones y agradeció mentalmente estar en verano o, al menos, que hiciera calor, de lo contrario, con la poca tela en pie seguramente moriría de frío. Sus botines reglamentarios dejaban también mucho que desear y en el izquierdo un pequeño orificio comenzaba ya a formarse. Luego inspeccionaría algún cadáver para lograr mejores prendas.

Pero luego, ahora no era el momento.

Llevaba en el fusil automático medio cargador y uno intacto en el cinturón, lo que era poca cosa dado que, evidentemente, se encontraba en pleno territorio enemigo. No poseía granadas ni elemento de comunicación alguno, el aparato que colgaba del cinto de cuero no era una radio y en rigor siquiera sabía lo que era, ya vería. Corría además el riesgo de caer bajo fuego propio dado que en cualquier momento la artillería de los suyos podía continuar el bombardeo. Claro que si tenían noción de las señales de vida reinantes en el lugar sería absolutamente innecesario, allí no parecía haber nada que respirase, ni una rata, la devastación había sido total.

En ese momento escuchó el ruido.

Fue algo insignificante, casi insonoro, pero para un oído entrenado como el de él fue un estrépito colosal. Apuntar al lugar de origen del sonido y echarse a tierra fue todo uno, un eficiente y elegante movimiento de ballet. Se quedó quieto, inmóvil, inerte, pero tenso y expectante, barriendo milimétricamente la zona en cuestión con la mira del fusil. Nada se movía y el ruido no se volvió a repetir. Se incorporó lentamente ofreciendo el menor blanco posible, sus ojos alocados barriendo los cuatro costados. Avanzó lentamente hacia el lugar en cuestión, la entrada de una vivienda que apenas si mantenía algunas paredes y una mínima parte del techo en precario equilibrio. Ingresó con el arma lista, presto a abrir fuego al menor movimiento.

Pero no sucedió nada.

Siguió avanzando por el interior de la arruinada edificación inspeccionando cada metro cuadrado tratando, de mantener la espalda siempre contra alguna pared. Al abrigo de una parte de techo que aún se mantenía en su lugar encontró una manta rellena con trapos sucios y ensangrentados, una improvisada cama, y algunos restos de comida enlatada claramente pertenecientes al enemigo. Revolvió todo con el cañón del fusil y tocó la cama con el dorso de la mano.

Aún estaba levemente tibia.

Esto, estaba seguro, no pertenecía a un militar, de ser así no estaría vivo. Además un hombre mínimamente entrenado no dejaría dichas evidencias a la libre observación ni dos segundos. Aún así no sabía de que o quien se trataba y debía andarse con cuidado. Salió de la construcción en ruinas con más sigilo y cuidado que cuando ingresó…

Y entonces la vio.

Estaba parada frente a él a menos de dos metros y, desafiando todos sus finos y entrenados sentidos, había logrado acercarse demasiado. Estaba tremendamente sucia y esquelética. Sus profundos ojos oscuros remarcados con tremendas ojeras contrastadas contra la intensa palidez de la piel del rostro. Sus cabellos eran una masa informe que rodeaba su cráneo hacia todas direcciones, sus brazos y piernas en los huesos, sus costillas en bajo relieve. Solo su mirada directa, profunda y sin miedo, poseía vida, radiaba una energía que el resto de su cuerpo no replicaba en absoluto. Llevaba una maltrecha muñeca de trapo colgando de su mano izquierda, con la cabeza colgando alarmantemente de una delgada hilacha.

 


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