¿Por qué no me abrazas?

Por Avis
Enviado el 26/06/2013, clasificado en Reflexiones
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¿POR QUÉ NO ME ABRAZAS?

 

 Un hombre viene caminando a través de los matojos y bajo la luz del Mediterráneo. Sostiene en la mano una cuerda. En el otro extremo de la cuerda, una burra resopla sonoramente a causa de la carga de mármol que viene rodando detrás de ella. El hombre es un viejillo enjuto de piel curtida por el salitre y el sol. Viene contento, canturreando desde el puerto en dónde ha hecho el intercambio.

Al rato sus piernas flaquearon, por lo que se viró hacia la bestia y le dijo cariñosamente:

“Ay querida Cibeles. ¿Estás cansada, eh? Vamos a aquel naranjo para descansar a la sombra un poco. No te preocupes que poco falta. Cuando lleguemos te daré una jugosa ración de heno. Qué digo, ¡Dos!”

Al fresco el viejo comió un par de naranjas y se sumió en un corto sueño. Al despertar, retomaron el camino hasta su destino. Recién llegados, acomodó el bloque en el taller y contempló la escultura, aún incompleta:

“Mmmm…La parte superior me va a llevar tiempo. Mucho tiempo. Un regalo que se da por amor no puede ser hecho a la ligera. Mi prueba de amor será famosa, muy famosa. No sé si en esta vida, pero tanto he de invertir en ella que los hombres no habrán conocido jamás una escultura tan cerca de la perfección, esto es, humanamente perfecta”.

Se sentó, sacó sus materiales y comenzó la labor con una expresión decidida y concentrada. Sus manos cincelaban con rapidez, como controladas por los dioses. Las horas pasaron y se encendieron velas en el taller. Después, dos golpecitos en la pared seguidos y luego uno más. El hombre cogió una manta y cubrió el bloque sobre el que había estado trabajando toda la tarde. El otro bloque ya había sido tallado y permanecía cubierto. Bajo el manto, si fuésemos curiosos, veríamos un par de piernas vestidas por una túnica. La pierna izquierda estaba flexionada a la altura de la rodilla. Bajo esta pierna, había el escultor reservado un espacio para gravar su nombre una vez finalizado el trabajo.

Acto seguido, el artista fue hacia la puerta y abrió. Una mujer saludó y sonrió al hombre. Cada detalle de aquel cuerpo estaba forjado a fuego en su cabeza. Conocía cada lunar, cada arruga en cada gesto, cada músculo y cada convexidad y concavidad. Era la modelo de su escultura, también su mujer. Una mujer joven y voluptuosa que, sin embargo, había decidido querer a este artista entrado en años que pasaba gran parte de su vida inmerso en la creación de objetos inanimados.

“¿Ya puedo verla? ¿Ya puedo? Venga, anda. Si soy la modelo cómo es eso que no me tienes aquí contigo como referencia. Sólo con hacerme dibujos y esbozos no será suficiente, ¿no? ¿Cuándo vas a acabar? Tengo ganas de verla, ¿sabes?”, así de inquisitiva la muchacha preguntaba al hombre, quien se limitaba a contemplarla henchido de amor.

“Querida, ya sabes cómo hemos acordado el asunto. Aún queda un poco. En cuanto a lo de ser modelo en el taller, ya te he dicho que conozco tu cuerpo mejor que tú, casi me podría atrever a decir si me permites. ¿O acaso te puedes ver la espalda en su totalidad?”

La muchacha giró el cuello a derecha e izquierda agitadamente, intentando verse la espalda entre sonrisas. Y riendo y besándose tiernamente dejaron el taller para comer antes de acostarse bajo la luna creciente de la isla.

Las semanas pasaban entre risas y abrazos hasta que todo cambió y ella se sintió herida. Su marido se pasaba prácticamente aislado todo el día en el taller, apenas sin comer y beber, absorto en la escultura. Así que ella se dedicaba a ocuparse en otras tareas, hablar con los vecinos y pasear por los alrededores.

Cuando llegaba la noche él estaba exhausto y a duras penas podía prestar atención a la conversación de su mujer. Ella, comprensivamente, adivinaba que la escultura le quitaba energías, pero no podía tolerar que su propio marido la ignorase de tal forma. Una mañana temprano, cuándo el viejo se disponía a entrar en el taller, se armó de valor y le preguntó:

“¿Por qué ya no me abrazas? Me siento herida, Te prometo que he intentado lidiar con la situación pero ha llegado el momento de decírtelo. ¿Por qué no me haces caso? Y sobre todo, ¿Por qué no me abrazas?”

El hombre pareció despertar de un estupor y la abrazó desganadamente. Después se despidió y se encerró con su escultura, dejando que la ira y la venganza prendiesen fuego en el corazón de la mujer.

No pasó mucho tiempo hasta que el viejo concluyó la escultura. Salió del taller y llamó a su mujer con una enorme alegría. Le dijo que ya había acabado pero que iría un momento a comprar unos brazaletes para la escultura antes de enseñársela en todo su esplendor. Y dicho esto empezó a correr por la calle abajo, revigorizado como nunca antes lo había estado.

Sin poder soportarlo más y viendo la oportunidad de estar a solas con la escultura, la mujer entró en el taller, su primera vez en aquel cuarto. Ante ella, una escultura cubierta por una manta enorme. La escultura era, sin duda, magnífica. A su lado, la mujer se sentía casi doblada en altura. Tiró de la manta y dejó al descubierto la causa del enfriamiento entre su marido y ella. Sus ojos ardían encendidos por la envidia y sed de revancha. En un arranque de locura, tomó una larga barra de hierro y amputó a golpes el brazo izquierdo de la estructura, el cual estaba extendido y ligeramente apuntando hacia arriba con la mano también extendida palma abajo. El otro siguió después. La disposición de los brazos era tal que parecía que estuviese manejando un arco pero con las manos extendidas. Luego, designios del azar, vio el nombre del marido inscrito al pie de la escultura. Más golpes en la zona desprendieron el pedazo marmóreo. Cansada por el esfuerzo dejó la barra en el suelo y, mientras aún sonaba el sonido metálico intermitente en el suelo, la mujer huyó al precipicio cercano.

Mientras la mujer se lanzaba a las olas y las rocas, el viejo se arrodillaba ante la escultura llorando y gritándole a la figura marmórea fuera de sí:

 

“¿Por qué no me abrazas? ¡¿POR QUÉ NO ME ABRAZAS?!”

        

 

 

 

 

 

 

P.S. Hoy en día verás la obra en el Museo del Louvre de París. Le dicen La Venus de Milo.


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