Tridimensional

Por DaniRubio
Enviado el 25/06/2013, clasificado en Ciencia ficción
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—Desde hace unos días lo veo todo en tres dimensiones.

—De qué me hablas. Todos vemos en tres dimensiones.

—No, no. No es lo mismo. Damos por sentado que vemos en 3D, pero yo soy consciente de ello constantemente. Las cosas se mueven de forma agresiva según el punto de vista. Veo pasar las nubes a toda velocidad entre los edificios mientras conduzco. Las farolas y las señales de tráfico se superponen en diferentes capas. Me mareo cuando la gente pasa por mi lado. Los objetos están en constante movimiento a mí alrededor.

—¿Tienes vértigos? Puede que sea  algún problema de la vista.

—Veo perfectamente. Puede que mejor que nunca. Es algo de aquí —se golpeó la frente con el índice varias veces—. Soy demasiado consciente de la realidad, como si cada vez que mirara lo hiciera por primera vez y alucinara con la sensación. Me da miedo mirar por lo claro que veo.

—Entiendo que no estaremos hablando de drogas…

—No, joder. Te hablo en serio.

—Pues ves al médico.

—Ni siquiera sé si quiero dejar de tener esta sensación. Imagina si… ¿qué haces con los ojos?

—¿Perdona?

—Por qué los mueves así. Es como si tus pupilas se hubieran vuelto locas.

—No me pasa nada Guille, maldita sea. Los ojos se mueven involuntariamente mientras miro.

—¿Ves? A eso me refiero. Ahora ya no puedo dejar de fijarme en como tus ojos lo escrutan todo. Miras mi cara, luego bajas la mirada nervioso. Después fugazmente barres nuestro alrededor, la pared de mi espalda, los cafés, la calle y otra vez mi cara. Mientras cuento las veces que tu mirada repara en mi nariz, siento que tengo que apartarme cuando pasa cerca un coche. Percibo también a la chica rubia que cruza desde la acera de enfrente. Lleva un bolso caro colgado del brazo izquierdo que lleva medio levantado, con la típica mano tonta de pija. Escucha una canción pop que desconozco por sus auriculares. Chaqueta de piel marrón ceñida, vaqueros y botas altas. Le sigue un perro estirando de la correa que sujeta un tipo más preocupado por la rubia que en recoger las cacas de su mascota. Dentro de esta cafetería hay un hombre borracho en la barra con la mirada fija en la máquina tragaperras. Dos mujeres de mediana edad hablan sobre el monitor del gimnasio al que van juntas. Al fondo del todo almuerzan un grupo de albañiles que hablan de política sin ningún criterio ni análisis lógico. La camarera está triste, trabaja con movimientos mecánicos y no le sonríe a nadie. Oigo una ambulancia a varias manzanas, una canción de Bowie sonando en alguna radio. A una madre riñendo a su hija que llora porque no le ha comprado una camisa que…

—¡Oye, oye! Para. Me estas asustando.

—Fran, soy hiperconsciente de todo lo que me rodea. No lo puedo evitar. Se enfatiza a cada segundo que pasa. Llevo la cuenta de los latidos de mi corazón. También de las veces que ha subido y bajado la nuez de tu cuello. No entiendo porque uno de los albañiles tiene que aporrear durante tanto tiempo y de forma tan sonora la cucharilla para remover un poco el café.

—No sé qué decirte… desde luego a este paso te veo en un manicomio.

—A veces pienso que…

Dejó de hablar de golpe, se levantó y fue a toda prisa hasta la puerta del local donde se topó con un desconocido. Sin mediar palabra empezaron a forcejear. Le quitó algo de las manos e intercambiaron algunas voces. Finalmente el extraño salió corriendo. Guille tiró al suelo lo que le había arrebatado. Una pistola. Los albañiles se pusieron de pie asustados. Fran observaba la escena incrédulo mientras se acercaba a su amigo, que se le miraba asustado. La camarera cogió su móvil para avisar a la policía.

—Pero… pero… ¿qué coño ha pasado? —Preguntó Fran—.

—No lo sé, es decir…

Pero sin terminar de hablar salió a la calle y echó a correr a toda prisa. El otro le siguió. Al principio intentó pararle, pero fue imposible. Era como intentar detener a una locomotora.

—¿¡Quién era ese hombre!? —le gritó mientras corrían—.

—¡Ni idea! Vi cómo se echaba mano a la pistola en la calle antes de entrar al bar.

—¿¡Y ya está!? ¿¡Te abalanzas sobre él?!

—¡Ha sido un impulso! ¡Iba con ventaja!

—¡Si sobre todo por la pistola que…

—¡Cuidado! —Guille apartó de un empujón en plena carrera a su amigo para evitar que tirara a una anciana que doblaba la esquina. Luego siguió hablando— Es como si toda mi vida hubiera estado embotado o medio dormido. Solo veía lo que creía que tenía que ver. No me planteaba que todo podría ser diferente a como es en realidad. ¿No lo ves? —Abrió los brazos mientras corría y reía a carcajadas— todo está en movimiento, vivo, interactivo y tridimensional. Las texturas, los olores, los sonidos…

—¿Pero se puede saber dónde vamos?

—¡No estoy seguro! —Dijo Guille—.

—¿Qué?

—¡Que no lo sé!

—¡El qué… no sabes!

—¿No me has preguntado a dónde íbamos?

—¡No..! ¡Joder…! Si no puedo…ni respirar…

Fran estaba rojo como un tomate y corría dando bandazos. Guille sin embargo apretó más la marcha dejando a su amigo atrás.

—¡Guille..! ¡Jo…der! ¡No..puedo..res…pirar!

Cada vez corría más y más rápido. Las piernas parecían dos manchas borrosas bajo su torso. Echó la mirada hacia arriba. Se escuchó un grito a lo lejos. Extendió los brazos con las palmas hacia arriba y se lanzó para adelante como si más allá de lo que parecía una acera, en realidad hubiera una piscina o un abismo. Un bulto cayó sobre sus brazos y le hizo rodar por el suelo sobre sí mismo. Cuando a los pocos segundos Fran los alcanzó, no daba crédito a sus ojos. Tenía a un niño de pocos meses en su regazo llorando con fuerza, pero en perfecto estado. Al poco apareció la madre en estado de shock que se puso como una loca cuando vio a su hijo sano y salvo. La gente empezó a arremolinarse alrededor de Guille. Comentaban estupefactos lo que acababan de ver. Fran se abrió paso entre todos para acercarse. No lo veía entre las cabezas. Al llegar comprobó que seguía sentado en el suelo. Le dejaban algo de espacio esperando que estuviera aturdido. Pero su amigo de la infancia sabía que no lo estaba. Se sentó junto a él y le tocó el brazo con cuidado, para que el sonido de la tela con el roce de su mano no le molestara. Tenía muchas dudas sobre lo que estaba pasando. Se preguntaba cómo era posible que aquello hubiera ocurrido. Pero ya no se planteaba ni tener que usar la boca para que escuchara su pregunta. Se miraron.

—Le oí caer… —sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas—.

Fran también cedió a las lágrimas. Esa mañana fue testigo de cómo Guille aprendió a ver el mundo desde otra perspectiva y se convirtió en héroe.


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