Cuando veas una cascada (II)

Por François Lapierre
Enviado el 26/06/2013, clasificado en Infantiles / Juveniles
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- ¿Quién eres? - le preguntó el duende, y Juanito lo oyó claramente.

- Me llamo Juan, pero me dicen Juanito. Y tú, ¿quién eres?

- Soy Valfranen, y soy lo que vosotros llamáis un duende, aunque nosotros nos conocemos mejor por elfos.

- Tienes un nombre raro y también es raro eso de... ¿elfos?

- Es porque no sabéis nada de nosotros. Tenéis muchas historias, pero la mayoría son inventos. Algunas sí son ciertas, seguramente porque las habrá hecho alguien que, como tú, ha tenido la suerte de poder estar con uno de nosotros- mientras hablaba no dejaba de saltar de un lado a otro. Juanito se estaba poniendo nervioso de verlo así.

- ¿Puedes parar de saltar? Me gustaría hablar contigo sentado uno frente al otro como yo lo estoy haciendo contigo.

- De acuerdo. Pararé porque me lo pides. En realidad no me canso de saltar o correr.

- ¿Dónde vives? ¿Hay más como tú por aquí cerca? ¿Podrías llamarlos para que vinieran?

- Haces demasiadas preguntas. Vivo en toda la naturaleza, en cualquier sitio, o en todos. Nos sentimos bien donde sea. Y sí, vivo con otros como yo, hombres, mujeres, niños, ancianos... No se encuentran muy lejos de nosotros, pero creo que no hace falta que se les llame. Prefiero hablar contigo a solas. Contarte cosas, aclarar tus dudas. Has sido el afortunado que hoy puede hablar con un “duende”.

- ¿No tienes miedo de nosotros? ¿No os ocurre como al resto de los animales, que cuando nos ven acercarnos huyen lo más rápido que pueden?

- Eso es porque los humanos siempre habéis dañado a vuestros compañeros en la Tierra. No habéis sabido convivir con ellos, los habéis perseguido, incluso matado. Han aprendido a huir de vosotros. Nosotros no tenemos ningún temor, pero no queremos que nos veáis.

- Pero, tú lo estás haciendo ahora, te estás mostrando ante mí.

- Porque quiero que sepas que existimos y que vigilamos por el orden en la Naturaleza. Para eso hemos sido creados. Sabemos ante quien tenemos que ser vistos.

- ¿No temes que pueda verte mi padre que está por aquí?

- Tu padre no llegará a verme, porque desapareceré nada más sentir que se acerca. Sería peligroso que me viera ¿lo entiendes? - Juanito asintió con la cabeza.

- Cuéntame algo de cómo es vuestra vida – y seguía garabateando en su cuaderno. Su padre lo estaba observando mientras fumaba un cigarro y recreaba su vista por el bosque.

- No sé por dónde podría empezar. Bueno, debes saber que existimos antes que vosotros. Os vimos empezar a formaros como personas, y os ayudamos entonces, aunque no lo supierais. Había que proporcionaros herramientas, el fuego, tan necesario y que, a veces, no sabéis controlar, y otra serie de cosas que no terminaría de enumerar... - quedó pensativo…  - Algunos decidieron llamarlo milagros, otros simplemente suerte. Después hemos seguido cerca de vosotros, como guardianes del orden, procurando que no alteraseis la Naturaleza aunque, lamentablemente, en muchas ocasiones no hemos podido lograrlo.

- Pero, ¿de dónde venís?

- Alguien nos dejó en la Tierra para que pudierais salir adelante. Créeme, sin nuestra ayuda habríais dejado de existir hace mucho tiempo. Nosotros vivimos durante muchos años y somos muy fuertes. Somos capaces de conseguir grandes hazañas. Los animales y plantas son nuestros amigos, y nos ayudan bastante en esa tarea – y terminando de decir eso, desapareció porque el padre de Juanito se estaba acercando.

- ¿Qué estás dibujando, Juanito?, llevo rato mirándote.

- Estaba intentando dibujar la cascada, papá – le contestó enseñándole su cuaderno.

- Eso es bastante difícil, Juanito pero... veo que lo has hecho muy bien – dándole unas palmaditas en la espalda. - Vamos, se ha hecho tarde.

Y Juanito se levantó de la piedra donde había estado sentado. Miró por última vez el sitio donde había permanecido el duende durante un buen rato. Su padre se había adelantado y lo llamó. Él pretendía ver de nuevo a... ¿cómo dijo que se llamaba?, pero no lo consiguió. De todas formas tenía su recuerdo y, aunque solo Juanito podía verlo, en el dibujo que había hecho pintó muy escondidos unos ojos que miraban desde la cascada, los vigilantes ojos del duende.


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