VECINDARIOS. PARTE 2

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 18/07/2013, clasificado en Reflexiones
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Entonces podríamos hablar del mundo laberíntico, del rompecabezas que tenemos que ajustar apoyados en los delirios, pasiones y menesteres de los hombres atados a la tierra y al lugar que correspondió al nacer, al cual llegamos por un soplo del destino o en el que nos queremos incorporar.

 

Es difícil definir cómo se vive en un mundo como este, ambivalente, complejo y maravilloso a la vez. Cómo vivir en un pueblo que se queda solo, donde las calles parecen morir y ya da miedo caminarlas, la desazón nos persigue y no quisiéramos despertar.

 

Es verdad que a veces nos quedamos buscando afanosamente una respuesta para nuestros actos, evadimos lo trivial porque parece perverso, nos negamos la posibilidad de aceptar que hemos fallado, porque nuestro orgullo es más grande y cómo vernos tan desvalidos ante el mundo, pero ahora estoy segura de que nunca es tarde, siempre habrá un ángel que nos sorprenda con su canto y nos haga vivir.

 

Desde hace algunos días vengo buscando cosas menos metódicas y más superfluas, encuentro mucho sentido en las cosas sencillas y cotidianas. Todo esto hace parte de esa incansable búsqueda, de lo que va quedando y lo que encontraremos a nuestro paso. A veces recobrar las cosas sencillas nos brinda descanso.

 

Vemos cómo algunos días los árboles entristecen los parajes en lugar de alegrarlos y la lluvia pasa de largo,  las esquinas oscuras empañan las caminatas al anochecer.  Si fuera otra época tal vez escribiría: “amo las noches de luna llena cuando voy a la montaña más cercana a leer una historia, un poema y hablar de esas cosas que pasan de ser un baño de auroras para convertirse en remolinos de angustias”.  Si fuera otra tarde escribiría: “la soledad es una forma de perderse en el principio y fin de todas las cosas”, pero no es esa época y aquí la memoria de la pluma quiere abrirse para que alguien la escriba y quiero hablar de esas cosas que parecen costumbre y que siempre tocan nuestros quereres.

 

Venimos acostumbrados al frenetismo de una ciudad caótica, condenados al desespero por culpa de nuestro inusitado entendimiento, abatidos por los rencores, las trampas de la razón y el desconcierto, seguimos ahí, de pie frente al despropósito de la existencia en el término de la muerte, no hacemos nada para auxiliar los lagos, los árboles condenados a la tala de sus entrañables días; pasamos contando en la camándula los minutos interminables de nuestros encierros y cesamos ante la risa y las conexiones con lo ilimitado, esta gran amante que es la naturaleza, este ser inconfundible y etéreo que es el cosmos, ignoramos al artista que vive en las cumbres de la nada y del todo, que ha dibujado en las planicies de la perfección mundos acogibles y dignos de toda alabanza y lo peor, a veces nos negamos el placer de ser mejores cada día y luchar incansablemente.

 

¿Qué ha pasado que el olvido nos visita y las palabras pierden su valor? Cuando hace tanta falta hablar, cantar y aún lamentarse por el frío o el sofoco, ya nada importa. Descubrimos seres que bailan al son de la desidia y los edificios se vienen abajo, las almas que se forjaban dentro y fuera de las columnas se han mudado, ahora los corredores se ven más desolados que antes, todos se están yendo, los de siempre y los que hasta hace poco llegaban; la patria se está quedando sola y no quiero pensar si hay o no hay remedio.

 

Nací en un valle inmenso, donde el cielo es posible como en otras tierras gracias a los sueños de muchos hombres que aún aman y persisten en su locura. Hombres almados, aliados a las tormentas y los aullidos de los perros salvajes, hombres que se embriagan con el olor del rocío, el eucalipto y el cidrón, hombres de piel eclipsada por las andanzas y cazadores de ilusiones; seres que recuperan el valor de la utopía.

 

Sólo me resta decir que a pesar de todo, el pasaje cotidiano y sencillo hace que se desborde mi adultez y sea profundamente niña, mi piel se eriza y me doblego ante el mundo y sus riquezas.

 

Acudo a la escritura ahora que no puedo cantar, porque escribir es una forma de adentrarse en el silencio y arrancarle la esencia, ahora mi esencia.  Escribo buscando aquel rayo de luz y el eslabón que falta a mi destino, la puerta que quiero abrir.


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