VECINDARIOS. PARTE 3

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 18/07/2013, clasificado en Reflexiones
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Es hoy la oportunidad precisa para desandar mis pasos, hablar un poco de este devenir plácido y ondeante que es depositado en nuestras almas desde el primer momento. Ires y venires, sentires y quereres a los que estamos dispuestos cuando asumimos esta difícil y maravillosa tarea de vivir.

 

Es muy poco lo que puedo decir, sólo puedo  abandonarme a la palabra una vez más, para que me salpique, me amarre y me libere según el mandato de mi piel, porque así es este acto sublime de recordar y amar.

 

 

 

 

 

Hoy recuerdo cuando el olor a concreto se escapaba de mis manos, el aroma de la ciudad quedaba adherido a sus edificios, las grandes calles se resistían a partir y se quedaban ancladas. Parecía difícil partir, en realidad era la primera vez que lo sentía con tanta fuerza. 

 

Algunos seres se escapan, se alejan, se distancian; huyendo sin saber de qué, como si tuvieran miedo.  Otros en cambio andan de aquí para allá, buscando espacios para la fascinación, dejando atrás viejos sueños.

 

La mirada fija, la respiración profunda, el ceño fruncido y las manos recogidas me insinuaban que un nuevo sendero se abriría ante mis ojos; un camino para dibujar en mi memoria y de repente el verde ausencia se dejaba descubrir poco a poco entre árboles y prados. A su vez, una sensación a olvido se apoderaba de mi garganta y se acomodaba en forma de puñal abriendo brecha en mi cuerpo.

 

Estaba atenta, ahora me hundiría en otras ilusiones y paisajes.

 

Mi morral iba cargado de un pasado lleno de dudas y bastaba abrirlo para comprender que era necesario renacer en cada lugar para no sentirse ajeno, era preciso abandonarse al mundo.

 

Ahora lo sé: el pasado crece en nosotros como un niño inquieto, lleno de resabios.

                       

Llegar a mi nueva morada era todo un ritual, atravesaba caminos angostos, algunos de herradura, saltaba sobre las piedras, me detenía a saborear los pequeños nacimientos de agua en la montaña, la brisa se internaba en mis poros, el viento jugaba a elevarlo todo, me sujetaba de las extensas ramas y la vegetación parecía inagotable. Las aves y sus cantos, los grillos, las chicharras, el sabor de la noche; todo era mágico.

 

Poco a poco la permanente comunión con la naturaleza permitía un sutil desprendimiento del artificio. Con los días se hizo más liviana mi presencia en la montaña, el miedo se diluía y comenzaba a recuperar ese aire apacible que creí haber perdido.

 

TOMADO DE: VECINDARIOS

 


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