Ventana Abierta

Por Laura Mir
Enviado el 22/07/2013, clasificado en Varios / otros
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Algo llegado de súbito desde lo más oculto de mi memoria, un que sé yo, viscoso y glutinoso me marchita, y oscurece el cielo en esta tarde de sol. Las lluvias torrenciales y los vientos de los últimos días han arrasado algunos matices de ti con arraigadas y profundas raíces de mí mismo; matices que me son imposibles de concretar por su lejanía; lanzo mis plegarias encendidas, las simples oraciones sumidas en locura de un hombre común; mientras la ventana, nuestra ventana, sigue como siempre orientada al mar.

La nostalgia de mi cielo y de mi tierra me encierra en un mutismo, dentro de mis silencios; aunque me enseñaste que la tierra de uno no es donde se nace, si no donde te dan de comer, no puedo evitarlo, sigo perdiéndome en las circunstancias, en la distancia y cómo no, en el tiempo; pero la ventana, nuestra ventana, sigue como siempre orientada al mar.

Es un dolor amargo que desvaría, espirales abrumadoras me cubren casi por completo, la estancia en penumbra y con infinita paciencia, espera que reaccione ante tu lugar vacío, que me alce ante tu ausencia, que me diga y me desdiga, que abrace tu cielo y bese arrodillado tu tierra en un impetuoso arrebato; pero es tal el abatimiento y la impotencia que terminan por anularme casi hasta hacerme desfallecer, con los ojos entreabiertos observo la ventana, esta ventana que sigue como siempre orientada al mar.

Y sobre la mesa una carta inacabada, un papel casi inmaculado, solitario, insolente y desafiante me invita a ser escrito, sólo una palabra mal garabateada en tinta azul, con un nombre, con todo un significado, sólo aquel nombre, tu nombre, único, perfecto, sólo… Maricel, parece que no lo dice todo, pero en cambio no oculta nada.

Pienso que el tiempo, la distancia y el viento barren todo el polvo que depositamos antaño por los caminos, que va desdibujando sin ninguna fornitura los lazos en las relaciones; efímeras existencias que llegan donde el destino les permite un posible e indeterminado amarre.

Resbalan por mis mejillas las lágrimas incontrolables, entre sollozos suspiro y miro con algún deje de esperanza por la ventana, nuestra ventana, esa que sigue como siempre, burlona y abierta, orientada al mar…  nuestro mar, mientras mis labios se mueven en compás de locura alzando con rabia al cielo una plegaria de hombre, la sencilla y humilde plegaria de un hombre común.  

 


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