LUCERO DE LA NOCHE. SEGUNDA PARTE

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 23/07/2013, clasificado en Infantiles / Juveniles
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Sabemos que nuestro emperador gozaba de una vida llena de privilegios y bienaventuranzas y aunque en el reino entero se hablaba de su ausencia, la historia no alcanzaba aquella aldea lejana. Muchos pensaban que había sido devorado por la noche y sus peligros.

 

Había que ver la cara de este hombre, para comprender la felicidad que alcanzaba al lado de las aves, la lluvia refrescante, el olor del pino, la compañía de los niños y los demás aldeanos.

 

Aquella vez Lucero de la Noche llegó a la casa de la anciana y estuvo con ella un largo rato. Le proporcionó algunas plantas curativas e impuso sus manos en el vientre de la enferma, hasta aliviar su dolor.

 

La noticia recorrió toda la aldea y el joven, comenzó a curar las enfermedades de algunos ancianos que iban a pedir su sanación. Se convertía de pronto, en un hombre de poderes para los habitantes. Todos recurrían a él y en forma de pago y contra la voluntad de Lucero de la Noche, le daban túnicas, objetos curiosos, telas, frutos exóticos y joyas de gran valor.

 

Así, la noticia de un curandero corrió pronto por las demás aldeas, hasta que comenzó a llegar gente de todas partes, situación que le preocupó mucho al emperador, pues temía ser descubierto. Entonces mandó llamar a la anciana y le pidió ayuda.

 

—Necesito que me ocultes en tu casa. Todos deben pensar que soy preso de una terrible enfermedad y no puedo acudir al socorro de los enfermos que vienen a visitarme. —dijo un poco asustado.

—No comprendo buen hombre por qué quiere ocultarse, pero la gente de nuestra aldea y las aldeas vecinas, han depositado en usted, toda la confianza. —apuntó la anciana.

—Me ayudarás, mujer, me hablarás del dolor de los enfermos y yo te diré qué hacer. Tú estarás en mi lugar.

—Dígame, señor, qué pasa y lo ayudaré.

—No puedes saberlo todo, confía una vez más en mí. 

—suplicó de nuevo.

 

Por más que la anciana intentó conocer las razones del joven para ocultarse, no lo logró, de cualquier forma prometió ayudarle con una condición.

 

—Le ayudaré señor, porque creo en usted y algo me dice que debo enaltecer sus acciones, pero a cambio deberá casarse con mi hija Brisa. —dijo.

—¿Qué dices? ¿Casarme yo con tu hija? —preguntó asustado.

—Soy una mujer vieja y pronto moriré, no quiero que mi hija se vea desamparada y sola. —agregó la anciana.

 

Lucero de la Noche se inclinó y le besó los pies, estaba muy feliz, pues eso era lo que había deseado desde el momento mismo en que había conocido a la joven, nunca nadie lo había mirado a los ojos de tal manera y estaba profundamente enamorado.

 

La joven muchacha se sonrojó, estaba igualmente enamorada de Lucero de la Noche, aceptó las razones de su madre y por supuesto, las de su corazón.

 

Esa misma noche los dos jóvenes se casaron y el emperador, reveló por primera vez, su nombre. Después de la íntima ceremonia, el recién casado se tumbó en una estera, se pintó la cara y tomó unas hierbas que lo hicieron sudar. Así que los visitantes tenían que resignarse con las atenciones de la anciana después de escuchar la historia de la enfermedad que aquejaba al sanador o como algunos lo llamaban.

 

Muchos incrédulos quisieron ver al curandero y al verlo tan mal, lo contaron a todos los aldeanos y pronto, comenzó a recibir ofrendas, flores y regalos.

 

Pasados algunos días, un extraño que se paseaba por allí, tocó a la puerta y pidió a Brisa, que lo dejara pasar, pues quería conocer al hombre que curaba; según él ya la historia había tocado las puertas de su pueblo, y aseguraba que bastaría sólo una mirada para sentir alivio en su cuerpo, pero Brisa no lo pudo detener y entró hasta donde reposaba el emperador. Cuando éste lo vio, se tapó un poco la cara y se retorció en el piso, con el ánimo de ahuyentarlo. Lucero de la Noche había descubierto que el visitante era uno de sus ministros en el reino.

 


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