Efímera la Dicha

Por Beltrán R.
Enviado el 25/07/2013, clasificado en Fantasía
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Bajo el sol resplandeciente del inhóspito desierto caminaba un hombre a rastras doblegado por la penetrante insolación que se cernía sobre él al calor del mediodía. Su profundo deseo de alcanzar la perpetua riqueza lo había motivado a llegar más allá de lo que ningún otro hombre lo había hecho antes, no siendo impulsado únicamente más que por inconmensurable ambición y anhelo.

Sabía que si persistía lograría encontrar aquello de lo que constantemente se alardeaba en la aldea: el Oasis de la Bonanza, que aunque no podían atestiguarlo, afirmaban que allí se encontraría todo aquello con lo que alguna vez se había soñado poseer, sin importar lo que esto fuera. Cegado por su determinación, el hombre perseveró en su camino a pesar de haber sido advertido para no continuar su travesía. Le fue dicho que no todo podría ser tan sencillo como reclamar y recibir, y que si pretendía beneficiarse debería aprender también a desprenderse de ello. “Súbita la fortuna. Efímera la dicha”. Decidió ignorarlo.

Luciendo cada vez más desmejorado, recorrió inmensas llanuras, subiendo y bajando numerosas colinas siendo abrazado por el árido y estéril arenal que enterraba sus huellas tan pronto despegaba las plantas de sus pies; tratando de desistir del pensamiento que invadía su cabeza con más frecuencia y le decía que tal vez nunca lo encontraría, pues aún trataba de conservar la pequeña chispa de esperanza que le quedaba.

Después de lo que aparentó ser una eterna jornada, sediento y considerando lo absurda que cada vez más parecía la idea, distinguió a lo lejos un estanque de inmaculada y cristalina agua cuya superficie brillaba con los rayos del sol. Sin detenerse a pensarlo dos veces, se dirigió hacia él y se sumergió notando que era tan real como la arena sobre la que había caminado por horas, aunque era una sensación completamente diferente; lograba atravesarla sin perturbar el tranquilo vaivén que ondulaba al ritmo de las olas del viento.

Casi inmediatamente, en el interior del agua logró distinguir un recipiente que parecía contener una especie de humo denso color violeta. Entonces lo tomó para así levantarlo y destaparlo cuidadosamente. Segundos después, notó como al respirar el agradable humo liberado podía sentir una inmensa tranquilidad, mientras la más bella melodía que jamás haya escuchado llenaba el aire llevándose cada signo de extenuación y abatimiento como neblina en el viento. Tan pronto como sintió estar recuperado por completo, volvió a dejar la vasija en el fondo del estanque, percibiendo que el silencio dominaba de nuevo el entorno. De haberlo logrado, tal vez esa era una parte de su recompensa por haber conseguido llegar hasta allí. No obstante, el siguiente acontecimiento terminó con su momentáneo trance.

            Las palabras aparecían y se desvanecían, una tras otra sobre la superficie del agua, dejándolo aún más aturdido por el cúmulo de reacciones instantáneas.

 

“Forastero, sé prevenido.
Sé muy bien por qué has venido.
Tu profundo anhelo concebido
será sin cuestionar bien recibido.
Pero un tributo será ofrecido,
si consumado tu deseo es requerido”.

 

Supo entonces que se encontraba en el lugar correcto. “Si así debe ser”, pensó. Pero esto pareció ser suficiente para que el estanque reaccionara a la voluntad del hombre. Fue entonces cuando vio frente a sus propios ojos tres imágenes. Tres nítidas imágenes que presentaban lo que el prontamente reconoció como sus propios deseos. Tres aspectos de su vida realmente mostrándose como él siempre había anhelado y que en ese momento no eran más que simples utopías.

La primera ilusión lo presentaba como el hombre más afortunado. Como si cada grano de arena sobre el que había caminado anteriormente de pronto se hubiera transformado en oro. Parecía realmente tentador. ¿No era esa una de las razones por la que había llegado hasta allí en primer lugar?

La segunda imagen le mostraba una situación en la que su deseo de poder lo había situado como el jefe máximo de su nación; y a su lado, su prometida. Todo parecía ir mejorando. De elegir esta, gobernaría junto a la mujer con la que estaba a punto de contraer matrimonio y a la que tanto amaba, y de esta forma no necesitaría elegir la anterior pues de igual forma tendría tanto dinero como hubiera querido.

En la última visión, se manifestaba la familia que todo hombre deseaba formar algún día. Una gran casa en el valle y un inmenso jardín donde pequeños niños corrían de un lado a otro apremiando a su madre a jugar incansablemente junto a ellos. Pero, ¿qué pesaba más de entre todos? ¿Su deseo de riqueza, de poder o de felicidad?

Entonces, fue como súbitamente una revelación en su cabeza acabó de golpe con la fantasía de lo que pudo haber sido una maravillosa vida tras elegir cualquiera de aquellos escenarios. Cada uno le mostraba un presente en el que toda su vida se hallaría resumida con tan solo pedirlo, reparando en que lo que presenciaba era justamente lo que obtendría; no era el resultado de un pasado actualmente vivido y no tenía la facultad de modificarlo en un futuro. Este hecho lo llevó a considerarlos más detenidamente solo para encontrar que ninguno de ellos era realmente alentador a pesar de la gloria que suponían, puesto que ostentaban el sacrificio que debería hacer a cambio. Aquello de lo que ineludiblemente tenía que prescindir.

Ni si quiera toda la riqueza del mundo podría enmascarar el hecho de que se encontraría así mismo solo. Tarde o temprano notaría como cada gramo de oro pesaba mucho más en su corazón, pues no tendría nadie a su lado para compartir su fortuna. Una postura de autoridad eventualmente interferiría con su deseo afín de formar una gran familia. Y por último, la menos reconfortante imagen le había puesto los pies en la tierra por completo. La mujer, la dichosa madre que jugaba con sus hijos, no era aquella de la que se encontraba perdidamente enamorado; y siendo únicamente ellos en la imagen, su propia ausencia era notoria. Una familia de la que en un futuro no muy lejano no formaría parte. La razón era lo que menos le preocupaba entonces.

El hombre, sobre sus rodillas, y sin éxito alguno, golpeaba con cólera la superficie de la imperturbable agua. “Esto no es lo que quiero para mí”, se dijo así mismo en voz baja. Una voz quebrantada por la pena. Pero más allá de eso, aquellas palabras acarreaban consigo el significado real de lo que no pudo dejar salir su boca. “Esto no es lo que necesito”.

Al abrir los ojos, la única imagen que contemplaba sobre la superficie, era su propio reflejo. Y no era una ilusión. Era simplemente el hombre que precisaba ser. Si lo que deseaba era ver cada uno de sus sueños consumados sin perderse a él mismo, aquel no era el camino a seguir. Y después de todo, el oasis si le había traído bonanza a su vida, pero no de la manera que con tanta ansia esperaba.


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