VECINDARIOS. PARTE 5

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 26/07/2013, clasificado en Reflexiones
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La noche del veinte se abrió ante mis ojos un cielo inmensamente oscuro, multitudes de puntos plateados se prendían del infinito, se reunieron en un solo brillo para traspasar mi soledad. Reconocí que era un elemento más en un todo cósmico y no podía renunciar al juego de intercambios a los cuales estaba sujeta durante mi existencia.

 

También era común ver pequeños insectos luminosos prendiendo y apagando, formando grandes colonias, danzando sobre el llano, como si brotaran de la nada. Luces que tapizaban el prado hasta el fin. El cielo y la tierra se emparentaban y se confundían en un abrazo; esta vez eran uno solo.

 

Mientras me adentraba en las alturas, las chicharras asistían mi travesía nocturna, sus cantos eran cada vez más intensos y se mecían sobre mis oídos queriéndome habitar. Aquellos animalitos tenían esa vieja costumbre, en las afueras de mi pueblo también la tierra y el firmamento se besan cuando veranean las noches.

 

¿Sabes Anselmo? Con el tiempo se va descubriendo que La tierra en todas partes tiene la misma piel, aunque seamos presos de sentimientos que nos hacen enraizar en algunos lugares más que en otros.

 

Bañarme de otros tiempos era permitido, volver a mis calles a través de imágenes tan serenas era la fórmula simple para aclarar mis dudas y sentirme un ser espacial en mundo indefinido.

 

Allí tras los destellos de mi ayer y de mi posible futuro estaba embriagada, absorta y tan pequeña, cuando de pronto un olor a mar se detuvo frente a mi cara, cerré los ojos y pude ver cómo una ola se levantaba y refrescaba mi memoria.

 

 

En la mitad de la nueva montaña evocaba la brisa caribeña, la playa y la arena de mi infancia y de mi vejez:

 

 

 Como siempre el horizonte desaparece, el mar se junta con el cielo y en un solo azul, se nos va la vida.  Se siente pequeño en la altamar, tan indefensos pero tan dueños de todo.  El agua quiere devorarnos y nos hundiríamos con ella de no ser porque la tierra nos espera. Aguas oscuras, claras, verdes, azules, blancas y  a veces grises, colores más y menos intensos, todos en un mismo océano. 

 Sentada sobre las rocas también se ve a lo lejos cómo se esconde el sol, el cielo pincelado de hondos naranjas y el astro de todos los días cayendo, lentamente... cayendo.

 

Fue una noche de remembranzas, el perfume de aquel lugar hizo posible mi regreso al mar. El batir de altas ramas y su choque con las flores que se abrían, hacían que enmudeciera y que el llamado de las olas fuera más audible que en otros tiempos.

       

Pasaba los días sopesando ilusiones, rompiendo la neblina al caminar y viendo desde lejos cómo se explayaba sobre los altos picos. La geografía se veía poblada por la blanca nieve, las montañas se dejaban acariciar una a una por el frío que danzaba formando motas de algodón.

 

Todas las tardes recorría las calles sombreadas con el olor del estiércol, cruzaba charcos resolviendo acertijos y extendiendo mis brazos para ser encontrada.

 

¿Recuerdas Anselmo?, visitar la ciudad era parte del delirio; partir y regresar, regresar y partir. Al llegar de nuevo, mi antiguo parque se abría para que entrara con la seguridad de ser acogida, me estrechaba fuerte y a veces me hundía en su calor. Sus calles eran nuevas, podía reconocer aceras que no había caminado y muros en los que no había pintado una flor.

 

Había un tanto de destino en aquello ires y venires; el campo, la ciudad, el afán, las búsquedas, las pérdidas, los olvidos, la paz. Los dolores y las alegrías, la huida y el retorno, encontrarnos y beber algo que nos hiciera alivianar las cargas, hablar de poesía, cantar siguiendo los pasos de tantos trovadores. Todo aquello que suponía una partida y una llegada, se hacía cotidiano y así como la ciudad me abría paso, la nueva montaña se levantaba ante mis ojos para ser contemplada.

 

Siempre había algo de bullicio, polución, estruendo y prisa que se venían atascados en mis pantalones y aunque muchas personas se rehusaban a estar impregnados de ciudad, yo no podía olvidar los andenes y palacios de las que quedaban atrás. De todos modos sabía que habitar otras tierras era una pequeña manera de ser libre, libre para volar, caminar, libre para aferrarme a otro lecho, para regresar o para no sentirme lejos.

 

Anselmo, aquí hay tiempo para todo, para hablar de lo posible y de lo que aún no ha pasado por la memoria del hombre, tiempo para hablar de las carencias, las abundancias y las dejaciones, de los miedos y de las alegrías, de los mitos y las mil y una formas de amar y aproximarse al otro, a la piel vecina y a la de los objetos; tiempo para hablar de la lucha, el desprendimiento, la libertad y el territorio.

 

Quiero referirme a los objetos, a la forma como nos acercamos a la arcilla, a la arena con la que construimos castillos, al vidrio, a la cera y a la madera fina. Hay tiempo para hablar del aserrín, del carbón, de la leña fresca, de todo lo que se toca y nos toca, las cárceles que nos han tenido presos y los cielos que nos han visto libres.

 

Estoy aquí para tomar conciencia de esta historia, vengo para suspenderme y recrearme en las diferentes formas, desplazarme por curvas, rectas y superficies, puedo saborear cada cosa gracias a la fuerza de la imaginación y al poder del recuerdo.

                                                                                                              

Ahora más que nunca logro disfrutar de las texturas, los olores que habitan los espacios de mi casa, haciendo que disponga un lugar perfecto para cada uno de aquellos cuerpos finitos. He aquí una forma de reivindicarme con una gota de memoria material que se propaga a través del tiempo. Me reconozco en todos los elementos que me acompañaron un día aún sin verlos, porque la memoria me lo permite; con ellos vienen canciones, momentos, juegos y caminos de cada época. Así desde la ausencia puedo definirlos, bautizarlos según su naturaleza y depositar en ellos un respiro. 

 

 

Cuando esto ocurre, cuando logramos adentrarnos en los objetos, se abre la oportunidad de verter nuestras remembranzas en la redondez, calor, color, origen, fin, profundidad de loselementos que sedisponen para ser utilizados a lo largo y ancho de nuestra vida.

 

Es maravilloso poder trascender los objetos, ellos evocan pedazos de nuestras vidas, de nuestros pasados y predicen nuestras historias y encantamientos. Esto de encontrar el espíritu de las cosas tiene una razón de ser.

 

Asimismo, respirar diversos aires permite que el hombre reconozca un mundo de dimensiones y sabores, que se reafirme en su condición humana, que esté más dispuesto al disfrute que le proporciona lo tangible y se prepare para contemplar lo que se pone ante él, aceptar las emociones que estimulan su centro creativo y dar rienda suelta a la imaginación.

 

 

 


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