vecindarios. parte 6.

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 26/07/2013, clasificado en Reflexiones
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Después de todo, recurrir a las palabras es el mejor camino para atraer nuevas o viejas compañías, tal vez porque las palabras sirven para conectar pieles, espacios y navegar en ellos.  Hablar de lo irreconocido, de esas cosas que sólo se dejan ver desde la ausencia, es todo un placer.  Las palabras pueden justificar las noches de sirenas y eclipses, los días estériles y fecundos; además ayudan a soportar la ausencia, el dolor y la desidia.  Las palabras se encuentran trepando muros, acariciando prados o subiendo volcanes.  Se esconden, se ensanchan según su condición y perversión.  Sirven para enmendar las promesas rotas, alivianar la carga, explorar y vencer.

 

A través de la palabra el alma se aligera

 

El frío de la mañana se deslizaba entre mis huesos, el sol se veía venir rompiendo los altos y disparejos bosques, el día transcurría entre conversaciones habituales, romances y sorpresivas tertulias en las esquinas acompañados por un café, la tarde ya se gestaba anunciando a veces el derrumbe de la montaña, los habitantes de siempre murmuraban y temían las arremetidas del volcán.

 

Todos en el pueblo sabíamos de la naturaleza y su lenguaje, pero también reconocíamos sus llamados y dolores. No era extraño encontrarnos atrapados en medio del fango cualquier noche antes de llegar a nuestro destino.

 

La lluvia caía, nuestros pies se clavaban en el barro, el pantano cubría nuestros vestidos, los precipicios se hacían cada vez más frecuentes, el lodo se pegaba de nuestros hombros. Al lado izquierdo nos saludaba un inmenso vacío que despertaba la angustia entre los caminantes y viajeros. Al lado derecho las rocas rodaban, el agua se internaba en nuestros cabellos y la oscuridad se abría paso para ennegrecer nuestros delirios.

 

Las chicharras danzaban a nuestro lado ofreciéndonos su canto sanador para salir ilesos aquella noche. Al fondo sólo se dibujaban grandes árboles ensombrecidos, casi invisibles ante la desgarradora oscuridad y en la cima, seguía colgando el pueblo, tan pequeño, tan lejano. Algunos viajeros prendían sus lámparas para indicarnos la ruta, otros encendían velas para dar un poco de calor a nuestras espaldas agobiadas por el frío.

 

Así renacían algunas tormentas, con la misma fuerza y seguridad de querer comunicar, con la misma necesidad que tiene la tierra de estremecerse ante el soplo del amor o la guerra.

 

De otro lado, era común encontrarse con pequeños hoyos cavados en las paredes de la montaña, donde descansaban velones encendidos que respondían al ardor popular. Se decía que La Virgen cuidaría a los conductores y a los hombres que se vieran presos de la noche. Estas creenciasanunciabanun mundo de adivinanzas, fuerzas tranquilizadoras para unos y símbolos celestiales en algún punto de la tierra, para otros.

 

Hay seres que tienen sus propios precipicios, abismos y tormentas.  Sólo basta con visitar sus moradas para advertirlo.  No hay que ir a otras tierras para ver como se derrumba la montaña y cae desgranada sobre los demás.

 

La vida seguía creciendo entre mis manos como hierba nueva, descubriendo tiempos, persistiendo tanto; intentando cada cosa, arriesgando cada abrazo, recordando quizás aquellas imágenes que regresan a nuestra mente cuando estamos ausentes y antes ni existían; Imágenes que son reencontradas cuando esculcamos en nuestro pasado sólo para habilitar nuestro presente. Los días de Marzo y Abril se derramaban uno por uno sobre nuestras almas.

 

Mis pies ya empezaban a reconocer las calles de aquel pequeño pueblo, cada acera era apta para el silencio, la cena siempre esperaba lista en casa, los hombres y las mujeres se reunían en torno a los cuentos, la danza y la fogata. La frescura del campo y la neblina bañaban el paisaje, rodando desde las praderas, era como ver un banco de nubes anclado en un espacio de la inalcanzable tierra.

 

Recuerdo Anselmo cuando la tardes rozaban la plaza y la caminata por la calle principal respondía al llamado cotidiano; una de aquellas veces me detuve, al lado izquierdo se dibujaba en el horizonte, una pincelada de color rojo fiesta, un color que se tendía sobre mis desaciertos mientras en el pensamiento quedaban restos de desolación. Te recordé mucho esta vez porque en muchas ocasiones también fuimos testigos de los arreboles, a cada rato el cielo se pintaba de miles de colores al mismo tiempo y esto nos sorprendía mucho. Estos cambios repentinos y forjados en el vientre de la naturaleza eran costumbre en este pueblo.

 

Al lado derecho el frío había inundando las calles, oscurecía tan rápido que no podía más que abrirme paso entre el humo blanco. Las nubes bajaban para regalarle un momento de soledad al cielo y refrescar como otras veces, el cemento y los acantilados. Y mientras observaba, degustaba sorbo a sorbo aquella bebida de hierbas aromáticas para calentar mi vientre. 

 

Eran días en que se tejían leyendas de amor y de olvido. Ni la llanura podía negarse a sentir los pasos de un corazón que necesitaba más abrazos que condenas y tú sí que sabes de qué te hablo.

 

Algunos lugares nos hacen más frágiles.  Otros en cambio, nos hacen fuertes y despiertan en nuestros músculos nuevas sensaciones y delirios

 


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