De Siluetas y Luz

Por Beltrán R.
Enviado el 26/07/2013, clasificado en Varios / otros
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Aún tengo la esperanza de que vuelva. Jamás le di motivos para pensar que había sido su culpa. Es cierto que con el paso de los años, los viejos como yo perdemos muchas de nuestras capacidades, es sólo que nunca quise ser del tipo de persona que necesita ser atendida día y noche cual bebé, para satisfacer hasta la más absurda de mis peticiones. No pretendía mantenerla atada a mi cada minuto de mi vida. Más bien, cada minuto de su vida. Porque Crista es joven, y no es lo que merece.

Siempre he sido consciente de mi característica voluntad impetuosa, lo que significa que yo, y sólo yo, soy responsable de mis actos. Pero lo que más lamento de aquel día, aún más que la fatal caída que me arrebató la vista en un fallido intento de sentirme más joven, es que a partir de ese momento, todo se vino abajo. No por la pérdida. Eso no importa. Se vino abajo para el corazón, quien es el que habla por mi justo ahora. Lo único que deseo en este momento es que vuelva, y no es que contradiga mis propios pensamientos, pero un padre también necesita de la compañía de su hija cuando es la única persona que le queda.

Después del accidente, y una vez en la habitación del hospital me fue diagnosticada ceguera por un evidente daño cerebral, entre vagos destellos de luces y difusas sombras en movimiento solo podía escuchar como mi hija se lamentaba y auto compadecía sintiéndose la persona más infeliz del mundo, anulando por completo mis intentos por hacerle ver que su presencia en ese momento fue lo mejor que me pudo haber pasado, o de otra forma tal vez ni si quiera estaría aquí aún. Pero era inútil, su sentimiento de culpa era mayor y era lo que más me preocupaba. Después de todo, ningún padre desea que un hijo soporte una carga como esa.

Cuando dejó la sala, supe que no estaba solo en la habitación. Otra paciente en una cama cercana ahora se dirigía a mí. Su voz fluía con algo de dificultad, pero era tan cálida y emitía tanta tranquilidad, y de alguna manera me hacía pensar que lo que acababa de presenciar le tocaba el corazón y que de verdad lamentaba mi situación. No podía verla, pero en tan poco tiempo que mantuvimos el contacto, sentí que podría haberla conocido de toda la vida. El día en que fui dado de alta, en consciencia de que nada más podía ser hecho por mí por ahora, fue nuestra despedida.

Una vez en casa, mi hija parecía aun no poder tolerar lo ocurrido, y fue así como con el paso de los días comencé a sentirla más gris, como una nueva versión de la pequeña niña que siempre estuvo junto a mí. Un día, después de lo que podría pensar que fue una larga discusión interna, su resolución para mantener mi bienestar fue el hecho de tomar la decisión de alejarse, puesto que la única responsabilidad realmente importante que tenía para conmigo era cuidarme en todo momento, y no lo había logrado. Y en realidad yo simplemente quería sentirla cerca, pero lo más difícil fue tratar de hacerle entenderlo, más sin lograrlo, me dijo adiós.

Es cierto que conozco esta casa como la palma de mi mano y no necesito que alguien me guíe a través de mis propios pasillos. Aún la recuerdo como el primer día que llegamos a vivir aquí los tres juntos; la única diferencia, es que ahora soy sólo yo. Siento que ha pasado una eternidad desde aquel día y la falta se siente cada vez más. Por ahora, este sofá es tan confortante, me hace sentir los párpados más pesados y a punto de cerrarse…

–¿Señor Servando? ¿Es que piensa dormir durante toda la semana? Es hora de despertar.

Esa voz. Solo podía distinguir una silueta frente a mí, y no sé cómo, pero la reconocí de inmediato. La paciente del hospital. Adela. Entonces, por alguna extraña razón, supe que mis días venideros no serían tan difíciles de llevar. Pero, ¿qué hacía aquí? Aún no lo sabía. Ni si quiera cómo había llegado, pero realmente me entusiasmaba. Realmente sentía que incluso esa figura difuminada en el espacio, colmada de buena voluntad, representaría un gran cambio. Era todo lo que mis ojos me ofrecían.

La versión oficial de su historia me convenció con gran facilidad. Mi querida hija, siendo aun incapaz de reunir el valor para volver, ha requerido de su ayuda, así de esa forma tendría una grata compañía de ser necesitada. Creo que ella de alguna forma ha logrado ver en Adela lo mismo que yo, irónicamente. ¿Cuántas veces en una vida se tiene la sensación de conocer tan profundamente a alguien en tan poco tiempo? Y aunque tenía la esperanza de que mi visión siguiera mejorando y pudiera recuperarla por completo, realmente no lo necesitaba, porque todo lo que necesitaba ver, ya estaba grabado en el corazón.

Mientras más pasan los días, más egoísta me siento. En otra situación, no permitiría que Adela dejara a un lado su vida por pasar la mayor parte del día conmigo, pero por algún motivo eso no era lo que quería en este momento. Solo trataba de devolver un poco de su amabilidad, puesto que ella también se encontraba tan solitaria como yo, y estaba seguro de que se hallaba realmente agradecida por ello.

Lentamente, dos semanas habían pasado. Justo ahora, a través de la ventana abierta se escucha el sonido de un auto estacionándose frente a la casa. No necesitaba saber quién era la persona recién llegada, porque  de alguna manera ya lo sabía. Llevaba esperando este momento por lo que pareció tanto tiempo, pero al fin había vuelto.

Allí estaba la silueta plasmada rodeada por el halo de luz que se filtraba por el umbral de la puerta. En ese momento fue donde las palabras resultaron sobrantes y el silencio que emitía mientras me abrazaba era más estridente que la lluvia de palabras cargadas de amargura que pudo haber dicho, y que en realidad prefiero no haber escuchado, porque así era mucho mejor.

Finalmente todo estaba bien, como tuvo que haber seguido desde el principio. Creo que Adela prefería mantener un poco la distancia mientras permanecía en el sofá, pensando que este era un momento únicamente de padre e hija, y con la conmoción del momento Crista también pudo haberla pasado desapercibida. Pero ya había tenido suficientes instantes de tristeza para una vida. Lo que quería es que nos reuniéramos los tres.

–¿Acaso te has olvidado de Adela, hija? Gracias a ella he mantenido la esperanza todos estos días; para aferrarme a ti y a tu regreso. Y tú has logrado traerla a mi vida –le dije.

–¿Adela?... Papá… –el silencio se sintió pesado.

–… sólo somos nosotros dos.

Su respuesta me extrañó. La claridad vuelve a mis ojos por completo. Ella tenía razón. Entonces lo entendí. Si permanecer en ese estado habría significado poder seguirla viendo cada día, no me habría importado. Supongo que aquella vez Adela también había dejado el hospital. Pero simplemente no de la forma en que yo lo hice. 


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