El primero de muchos

Por Morsez
Enviado el 27/07/2013, clasificado en Intriga / suspense
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Lloraba, claro que lloraba. ¿Cómo no lo iba a hacer? Y él estaba ahí, mirando el cuerpo desnudo de su elegida. Era perfecta, como si todas las fantasías que había tenido en sueños se hubiesen encarnado en la piel blanca y suave de esa muchacha. Apenas tenía dieciséis años. Pero eso poco importaba, ya que tanta belleza se recordaría mucho más tiempo del que ella jamás podrá vivir.

No se atrevía a tocarla, era como si tuviese ante sus ojos un frágil pergamino de la biblioteca de Alejandría que se fuese a descomponer en trocitos con solo soplar.

A pesar de todo eso, sus deseos sexuales eran mucho más grandes que cualquier temor a dañar su obra. La notable erección se apreciaba a través del pantalón de chándal NIKE. Se levantó de la cama y avanzó con ritmo lento hacia la pared mirando esos ojos verdes colmados de lágrimas de temor y sufrimiento. Ella rezaba plegarias, fruto de la ideología inculcada por una familia puritana.

--No necesitas rezar, niña. Dios ya es testigo de esta maravillosa unión entre tú y yo.

De la parte de atrás de su pantalón apareció el reflejo de un cuchillo, que se deslizó con delicadeza por la piel de la chica, limpiando las lágrimas que brotaban sin cesar.

Él no pensaba dañarla, rajarla o cosas así. Todo eso no haría más que estropear el trabajo que tanto le costó conseguir después de muchos meses de desvelo nocturno. La cogió en brazos y la llevó a la cama.

Allí estaba, recostada. Una chica indefensa que se tapaba con las manos intentando que su agresor no admirase más su cuerpo. Pero eso a él le gustaba más todavía. Maica en cambio lo único que veía era un loco salido con ojos saltones que parecía perder la cabeza mirándola con desesperación.

El hombre se tendió encima de ella y apreció la mezcla de colonia y un suave toque a menta, que pudo saborear al fundirse sus labios en un beso húmedo. Era guapo, de unos veinticinco años más o menos, y su encanto bastante atrayente. Aunque hubiese preferido la compañía de Carlos, su nuevo novio de diecinueve con coche y un padre empresario. Un poco malote. Fruto también de la sobreprotección de su querida familia.

Esa noche había luna llena, e iluminaba la estancia a través de una pequeña ventana redonda del desván en donde se encontraban. Un rayo de luz pasaba a través el cristal y se paraba justo en el rostro de Maica. Que bella, pensó. Su piel se volvía más clara con la luz de la luna y sus mejillas brillaban con pequeños puntos que la hacían parecer una diosa griega salida de un cuadro. Nunca se le olvidó esa imagen, ni ninguna de las que vinieron después, con otras víctimas.

Pasaron los minutos, que para ella parecieron  horas, y horas que para él parecieron días. Maica seguía acostada, exhausta, sin poder hablar. Le dolía todo el cuerpo y tenía miedo de tocar ahí abajo porque con solo cerrar las piernas sentía un agudo escozor. Observó como su torturador sacaba una botella con un líquido trasparente que vertió en un pañuelo y de manera muy brusca tapó su nariz y su boca, no pudo resistir a cerrar los ojos poco a poco hasta dormirse, viendo la cara de aquel que la había tratado como una muñeca de trapo durante toda la noche. Nunca más volvió a despertar.

A la mañana siguiente el sol se levantaba radiante y lleno de energía para afrontar su jornada. Se escuchaban gallos cantando lejos del lugar, indicando la llegada del alba, y varios pájaros en las ramas de los árboles saliendo de sus nidos. El padre Andrés se disponía a abrir la puerta de la parroquia cuando vio a alguien sentado en la base de la cruz que adornaba el centro del patio. Se acercó a ver quién era, extrañado por tal visita a esas horas de la mañana.

--Perdone, la misa no comienza hasta las…

Entonces fue cuando apreció la figura. Una mujer vestida con una toga blanca portaba una tela azul que le cubría la cabeza. Miraba al cielo boquiabierta como si esperase la llegada de un ángel. Tenía las manos entrelazadas y apoyadas  en las piernas. Su rostro era tan pálido que deslumbraba, y sus facciones tan perfectas que no importaba quedarse ciego con tal de ver esa imagen. Todo sería muy bonito de no ser porque esta divina aparecida no respiraba.

Esta sólo fue una de las tantas obras maestras que elaboró, uno de los tantos crímenes que cometió, pero tan bellos… Él sabía que este excitante momento en el que su creación aparecía en todos los medios de comunicación sería corto, que no lo podría saborear toda la vida, pero siempre lo recordaría como “el primero de muchos”.

 


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