EL ESCAPARATE DE SOLEDAD

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 01/08/2013, clasificado en Varios / otros
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Soledad decidió abrir su escaparte después de muchos meses, faltaban poco días para la Navidad.  Se dirigió al cuarto fantasma, ese que nunca se abre.  Tomó el viejo candado, metió una llave y después otra, el olvido visitaba de nuevo su memoria hasta que consiguió abrir y con un poco de temor empujó la puerta.  Estaba totalmente oscuro, levantó su lámpara conservando la mano izquierda en el centro del pecho y recorrió toda la habitación con sus ojos, buscando quién sabe qué.  Se dirigió a la ventana, corrió la cortina y descubrió con sorpresa que el jardín trasero había sido reemplazado por una casa de amplios balcones.  No pudo más que suspirar y mirar a la montaña donde permanecía clavada parte de la ciudad.

 

La luz entró de repente hasta quemar sus ojos y se posó en el centro de lahabitación, descargó la lámpara en la mesa de noche y con sus dedos rastreó el polvo que reposaba sobre la madera.

 

La cama conservaba el cobertor blanco que puso la última vez, la almohada seguía en el mismo lugar y junto a ella, tres libros roídos por el tiempo.

 

Se dirigió al tocador, soltó su cabello blanco y vio a través de él su escaparate. Soledad sonrió, volteó deprisa y se acercó abriéndolo afanosamente; no tenía reparos en escuchar la voz del pasado.

 

Tomó la chaqueta decolorada y descubrió que la polilla había dejado huella sobre la tela. El polvo se disparó por toda la habitación y auque trató de contenerse, un leve estornudo le recordó que había pasado mucho tiempo desde la última vez que acomodó las guirnaldas en el primer cajón.

 

Así que continuó desempolvando cada rincón, sintiendo de repente cómo le caía sobre la cabeza, el jarrón donde acomodaba las flores que llegaban a casa después de una noche de intensa pasión. Esta vez se rompió la vieja porcelana. Soledad alcanzó a ver dos golondrinas que se posaron en el marco de la inquieta ventana y miró fijamente buscando uno que otro recuerdo de su aparente estéril juventud.

 

Siguió buscando y encontró elementos que hacían gala de los lugares visitados, los momentos vividos, los disparates y las sensaciones jamás reveladas; tarjetas, postales, cartas, discos, dibujos, acuarelas, fotografías, un poco de aquello y de lo otro.

 

Soledad nunca pudo sentirse ajena ante las disertaciones sobre la muerte, los amores enfermizos, el más allá y el más acá. Conmovida por los eternos diálogos entre sus amigas mientras adornaban con clavos y semillas las bolas de icopor para la Navidad, muy en sus entrañas, ya iba elaborando pequeña teorías sobre la existencia; aún conservaba papeles y pergaminos de los días más atareados.

 

Como era usual para esta fecha, cada una en su casa abría los baúles y los escaparates, tal vez por eso siempre tenían algo nuevo de que hablar, sin importar que hubiera o no, un motivo.

 

Para Soledad hubo cosas realmente inquietantes: el arco iris, el horizonte, la profundidad del mar y todos sus secretos, las tierras lejanas, los eclipses, la voz humana, los transeúntes, el desamparo, la soledad, la niñez, los edificios, el tren, los barcos, el cine, los payasos, la forma de la tierra, la energía, los globos, los aviones, los cementerios, los lugares deshabitados, las ventanas y las puertas.

 

Todo esto hacía que se encerrara en su habitación días y noches enteras tratando de pintar tantos paisajes como seres, ambiciones y derrotas se arrinconaban en su memoria. Siempre la pintura era poca, por eso tenía que salir ocasionalmente a pedir sobras en las tiendas vecinas. Siempre había alguien que se compadeciera de la escasez en sus bolsillos.

 

Algunas tardes preparaba limonada, otras veces café o dulce de cidra; ahora todas ellas se incorporaban en el juego navideño de una forma poco natural y la emoción haría que no sintieran sed, hambre, sueño y cansancio.

 

Aquella temporada la pasarían en la que ahora dejaría de ser una fría habitación, así que Soledad tomó los pinceles, la tela roja, blanca y verde, la caja donde permanecían los adornos de otros encuentros. La Navidad era un pretexto anual para limpiar cada rincón de recuerdos.

 

Al caer la noche, todas estarían presas de la oscuridad sobre la mesa, entre cintas y encajes.

 

Soledad entre tanto, seguiría guardando imágenes para la posteridad y llenando su escaparate de cosas.                                                                   

TOMADO DE: sueños y otros ensueños


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